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A medida que la Vieja Europa se desliza hacia una grave recesión económica y aumentan las protestas, la Unión Europea (UE) puede tener poca o ninguna influencia en el resultado final. O bien lo determinará Moscú, o bien lo acordarán Moscú y Washington, todo porque la UE ha permitido que los fanáticos rusófobos les guíen en su política.
Oriente Próximo pronto se enfrentará a una Europa fracturada, lo que impondrá nuevos dilemas a la región, además de tener que sortear a los grupos de política exterior que se disputan en Washington la primacía sobre la política rusa.
En Estados Unidos, la pugna es a tres bandas: Los “halcones” extremos, como el senador Graham, frente al bando realista, con el Dr. Kissinger en algún punto intermedio. En Europa también hay fracturas. Pero son estructuralmente diferentes.
Para entender la fractura europea, tenemos que volver a la Conferencia de la OTAN de Bucarest de 2008. Éste fue el infame evento en el que se abrió la puerta de la OTAN a la adhesión de Ucrania y Georgia.
La cuestión aquí es que fue el momento en el que la “UE occidental” abdicó del control de la política exterior de la UE sobre Eurasia en favor de la “UE oriental” (permitiendo a los “rusófobos” orientales “manejar todo el cotarro de la UE”). La estructura de poder de la UE cambió, en primer lugar bajo la presión del “centroeuropeísmo” de Madeleine Albright y posteriormente de forma gradual con la manipulación del Departamento de Estado del bloque rusófobo de la UE y sus aliados en el Partido Verde alemán y la Comisión.
Hay pocos indicios de que el bloque occidental pueda recuperar pronto su liderazgo frente a los “maximalistas” de la guerra de Ucrania, por varias razones: en primer lugar, los líderes occidentales de la UE han dicho retrospectivamente (por ejemplo, Merkel en la entrevista de Zeit) que se oponían a la Declaración de Bucarest. Sin embargo, se mantuvieron silenciosos en su oposición, ante el creciente radicalismo que emanaba de los “maximalistas” ucranianos. El público occidental comprende cada vez mejor este error estratégico.
En otras palabras, los grandes actores de la UE “se cruzaron de brazos” primero cuando se hizo la Declaración de Bucarest y de nuevo cuando el presidente Poroshenko y los maximalistas de la UE presionaron para que el Acuerdo de Minsk fuera tratado como un engaño, en el que sus disposiciones serían explícitamente ignoradas, a favor de la sigilosa “OTANización” y el entrenamiento y reequipamiento de los militares ucranianos por parte de la OTAN, con la intención explícita de fortalecer a Ucrania antes de la próxima ronda de confrontación militar en Donbás.
Esta laguna silenciosa se volvió tóxica para el “bloque” occidental porque convirtió a la UE en rehén de la mentira de que Ucrania es un Estado unitario, cuya ambición natural de soberanía (como convertirse en miembro de la UE o de la OTAN) está siendo cruelmente reprimida por Rusia. Seguir con esta “línea” de Washington, simplemente borró la realidad del conflicto de Ucrania, lo eliminó de cualquier consideración y lo sustituyó por una fantasía.
Ucrania es un hervidero de pueblos que se han formado en distintas épocas y a lo largo de diferentes extensiones de tierra y que desprecian mutuamente su propia versión de la historia. Las partes se niegan a tolerar la visión de futuro de la otra y tienen raíces lingüísticas, culturales y étnicas diferentes. Los “ucranianos” llevan en guerra civil “caliente” al menos desde 1941.
En este sentido, Ucrania es tan complicada como Irlanda y, por experiencia propia, afirmo que no existe una solución “milagrosa” para Irlanda como tampoco la hay para Ucrania. Dicho claramente, el bloque occidental de la UE una vez más “se quedó de brazos cruzados” mientras la narrativa de Victoria Neuland se extendía, dejando que “líderes” como Macron y Scholz soltaran perogrulladas sobre el alto al fuego y permanecieran en silencio sobre la realidad de que algo tan serio como los acuerdos de Minsk era precisamente la forma de abordar una cuestión compleja de bloques adversarios incrustados dentro del Estado.
En su lugar, el “bloque” occidental optó por declaraciones superficiales sobre la retirada total de Rusia. ¿Acaso estos líderes de la UE no comprenden (aunque solo sea por la experiencia de Irlanda) el odio visceral y las represalias que se derivarían de su ingenuidad en el alto el fuego? (a los occidentales que viven en sociedades estables y razonablemente prósperas a menudo les cuesta asimilar los odios profundamente arraigados que pululan en sociedades tan conflictivas. En Irlanda, los recuerdos de injusticias de hace cientos de años se sienten como si hubieran ocurrido, pero ayer).
¿Por qué fracturará esto a la UE? Bueno, la UE ya tiene graves fisuras, la mayor de las cuales es la “construcción” de la moneda euro, que estableció un “campo de juego” infravalorado para los “frugales” norteños (fanáticos de la economía austera) y otro “campo de juego” sobrevalorado para los “despilfarradores” sureños, lo que provocó que sus industrias fueran robadas por el norte.
Ambas narrativas son simplistas, pero subyacen a la división económica norte-sur y, hasta cierto punto, coinciden con la línea divisoria entre la “cocina” tradicionalista y la posmoderna.
Pero esta nueva línea divisoria –los “maximalistas” radicales ucranianos frente a la Vieja Europa– eclipsará y desplazará a estas viejas divisiones.
En pocas palabras, los radicales ucranianos (alentados por Blinken y otros) han atado a la UE a una política de constante escalada militar, una escalada que durará “lo que haga falta” y que, según las perspectivas actuales, puede ser más de lo que la Vieja Europa y sus dirigentes puedan soportar políticamente en la próxima recesión. No es de extrañar que se agiten impotentes.
Esa “línea” política se traduce en “sanciones eternas” a Rusia; una guerra en Europa con la latencia de ampliarse peligrosamente; y las subsiguientes contribuciones financieras mastodónticas de la UE para Ucrania, que se extienden hacia un futuro indefinido.
Aquí está la clave: los Estados del Este pueden deleitarse en su radicalismo hacia Rusia, mientras que la Vieja Europa “se va al infierno en una carretilla de mano” económicamente. Con su solvencia financiera cada vez más cuestionada y su sistema crediticio sometido a un escrutinio como nunca antes, la Vieja Europa se está convirtiendo en el “enfermo de Europa”, en lugar de en su “papaíto” del cheque azul.
La visión optimista en Bruselas es que, “a pesar de su falta de enviados legítimos y de su debilidad militar, la UE tendrá un peso considerable en cualquier negociación porque es la potencia económica que pagará la reconstrucción de Ucrania y será el árbitro de cualquier proceso por el que Ucrania se incorpore al mercado único de la UE, a la unión aduanera o incluso a la propia UE”.
¿Está justificado este optimismo? No. Para empezar, está supeditado a predicados que distan mucho de estar asegurados. ¿Habrá un resultado claro? El sistema eléctrico ucraniano se tambalea al borde del colapso estructural. La economía ucraniana está al límite y la capacidad de Kiev para enviar más fuerzas militares ucranianas a Bajmut y mantener allí sus posiciones también está “al límite”.
Todo lo relacionado con el conflicto está al límite. Tal vez Rusia decida dejar que Ucrania se “cueza” en el límite durante un tiempo hasta que, posiblemente, su maquinaria de guerra se detenga y los volantes dejen de girar y se silencien.
¿Pagar? Sin duda, la UE… ¡y mucho! Sin embargo, a medida que la Vieja Europa se desliza hacia una grave recesión económica y aumentan las protestas, la UE puede tener poca o ninguna influencia en el resultado final. Lo determinará Moscú o lo acordarán Moscú y Washington. No existe absolutamente ningún líder europeo con el peso suficiente para impresionar tanto a Moscú como a Washington, conjuntamente.
Sin embargo, la clase dirigente de la UE vive su fantasía panglossiana sobre su propia importancia en los asuntos. Dmitri Medvédev escribió el domingo que, para Rusia, no habrá restablecimiento de relaciones normales con Occidente durante años o incluso décadas: “a partir de ahora prescindiremos de ellos hasta que una nueva generación de políticos sensatos llegue al poder allí”.
¿Hasta qué punto es grave esta división? Pongámoslo así: un influyente número de miembros de la UE –respaldados por Washington– quiere hacer polvo al ejército ruso. Este sector de la UE es arrogante y disfruta ejerciendo una primacía dentro de Bruselas, que lleva el imprimátur de Washington.
Por el contrario, una Vieja Europa desesperada ve que no puede cambiar radicalmente de rumbo sin que se produzca un estallido en la Unión que amenace su integridad. Pero si siguiera “cruzada de brazos” en silencio, se sentaría a contemplar cómo el corazón industrial de la Vieja Europa se convierte en un desierto y observaría que son sus futuros políticos los que están siendo “reducidos a polvo” por los fanáticos ucranianos. La UE también está al borde del abismo.
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Escrito por El Viejo Topo
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