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En la actualidad es común pensar que las sociedades están compuestas por individuos, y esto es parcialmente cierto. Pero, ¿qué entendemos cuando hablamos de individuos?
En las modernas sociedades capitalistas es común pensar al individuo como una unidad autónoma e independiente. Cada persona sería una de estas unidades y se encontraría, de algún modo, separada de las demás, en igualdad de condiciones con ellas y, además, contaría con la libertad de decidir y actuar en su beneficio o en beneficio de sus amigos o familiares.
Esta noción es frecuente en el sentido común, y de ella se derivan ciertas virtudes, pero también errores importantes. Del lado de las virtudes, por ejemplo, está la idea de que ninguna persona tiene, en principio, el derecho de agredir a otra, pues todos merecen el mismo respeto. Por el lado de los errores, sin embargo, aparecen nociones muy intuitivas, pero perniciosas, como que cada persona es por completo responsable de su situación personal y resultados de vida. De aquí que ideas como la de que “el pobre es pobre porque quiere” estén tan difundidas.
Si llevamos al extremo esta idea de individuo, tendríamos que concluir, como Margaret Thatcher, que la sociedad no existe. La supuesta “sociedad” sería solamente grupos de personas coexistiendo. El individuo sería la base y el principio de todo.
No obstante, esta idea de individuo es falsa; y esta falsedad puede demostrarse de manera relativamente sencilla si nos preguntamos ¿de dónde provienen los individuos?, ¿qué nos determina?, ¿por qué tenemos ciertas creencias, gustos, costumbres o hábitos?, ¿por qué no somos iguales a las personas de hace cientos o miles de años?, ¿por qué nuestras sociedades son diferentes a las de otras épocas?, e, incluso, ¿por qué las sociedades contemporáneas son tan distintas entre sí?
Quizá un par de ejemplos ayuden a ilustrar la cuestión. Para comunicarnos, las personas recurrimos a diversos tipos de lenguaje, pero ninguno de nosotros los ha inventado por completo. Lo que hacemos, en realidad, es participar en el uso de un idioma que ha sido construido, a lo largo del tiempo, por muchas otras personas. En esa medida, la lengua es un fenómeno social y no puede ser atribuida a individuos aislados. Incluso podríamos afirmar lo contrario: los individuos han sido, al menos en parte, formados por la lengua que aprendieron y por las maneras en que la usan.
Esta cuestión, que parece ser poco relevante, en realidad es mucho más importante de lo que pudiéramos pensar. Como han descubierto diversos psicólogos, como Lev Vygotski, la adquisición de un idioma es un momento clave de nuestro propio desarrollo cognitivo. El pensamiento humano, que pareciera tan personal e individual, en gran medida está condicionado por la lengua que adquirimos en sociedad. Funciones aparentemente tan básicas como la memoria y la atención también se modifican con esta adquisición. En esa medida, nuestra individualidad está atravesada por la cultura y la sociedad.
Pensemos en otro ejemplo. Las cosas que nos gustan, nuestras aspiraciones e intereses, también están socialmente condicionados. Por lo general, tenemos la noción de que nuestros gustos y sentires son algo sumamente personal e individual. Muchas veces, incluso, no sabemos explicarlos; hasta nos llega a parecer absurdo querer explicar por qué nos gusta lo que nos gusta. Sin embargo, los gustos no surgen como algo puramente interno y personal.
Es verdad que hay cosas que nos gustan porque las experimentamos personalmente. Alguien podría decirnos que le gusta nadar, cantar o practicar las matemáticas porque alguna vez lo hizo y simplemente le gustó, que nadie le dijo que debía hacerlo; y seguramente esa persona estará diciendo la verdad. Sin embargo, para que a esa persona le pudiera gustar la natación, el canto, las matemáticas o cualquier otra cosa, esa actividad antes tuvo que ser desarrollada por otras personas.
Todo lo que nos gusta comer o beber, la forma en que lo hacemos; las prendas que nos gusta vestir, incluso la manera en que aspiramos a amar y ser amados, prácticamente todo lo que puede llegar a ser de nuestro interés, es algo que ha sido tocado y transformado previamente por otras personas y cuya existencia ya no puede reducirse a los individuos.
La manera en que nosotros encontramos el mundo y la forma en que este mundo nos constituye hasta en los aspectos más íntimos es algo que en su mayor parte no decidimos ni controlamos, al menos no en un principio. Hago esta última aclaración porque las personas, una vez que han sido determinadas por el mundo, también son capaces de transformarlo. No somos autómatas que no piensan ni deciden. Pero todo lo que pensamos y decidimos ocurre sobre la base de una herencia social que otras personas nos han legado.
Como decía el sociólogo Karl Mannheim: “bien miradas las cosas, es un error decir que el individuo aislado piensa. Habría que decir más bien que participa en el pensamiento de otros hombres que han pensado antes que él. Encuentra una situación heredada, con modos de pensamiento que se adaptan a dicha situación y con tentativas de mejorar las respuestas heredadas o de sustituirlas con otras que permitan enfrentarse mejor con las alteraciones y los cambios de esa situación”.
Aquí surge una cuestión curiosa, porque, ¿si estamos tan determinados por la sociedad, por qué está tan difundida la noción del individuo aislado? De acuerdo con Marx y Durkheim, esto tiene una explicación clara: las modernas sociedades capitalistas han traído una gran división del trabajo que está coordinada a través del mercado. ¿A qué se refieren? Cuando la división del trabajo era menor y había menos oficios y profesiones, para todos era más evidente que las personas dependíamos de los demás. Esto es muy claro, por ejemplo, si pensamos en una pequeña comunidad antigua. Sin embargo, con la gran división del trabajo, nuestra dependencia de los demás se vuelve menos obvia.
No es que dejemos de depender de las otras personas. Seguimos necesitando de los otros, para comer, vestir, calzar, curarnos, educarnos, etcétera. Sin embargo, esa dependencia ahora es menos evidente; y como el mercado se coloca en el medio, se interpone en nuestras relaciones, pareciera entonces que no necesitamos de los demás. Pareciera que lo único que necesitamos es tener dinero para ir a comprar; y de algún modo es cierto, porque una persona con mucho dinero puede adquirir todo lo que necesita y sentir que no depende de los “favores” de nadie. El problema es que esto es sólo una apariencia. Detrás de esta supuesta independencia se esconde el trabajo de mucha gente.
Según lo que hemos analizado hasta aquí, los individuos no son unidades separadas e independientes. Pero entonces, ¿tampoco son iguales ni libres? Tratemos de responder cada una de estas preguntas de manera breve.
En primer lugar, los individuos somos tan diversos como diversas son las circunstancias sociales. Cuestiones como la lengua que hablamos, nuestras preferencias e identidad sexo-genérica, color de piel, país y región de pertenencia, nivel educativo, hábitos culinarios, oficio, clase social de origen, entre muchas otras, contribuyen a generar una amplia variedad de individualidades.
El problema aquí no son las diferencias en sí mismas. De hecho, todo lo contrario, la gran diversidad humana constituye su riqueza. El problema es que algunas de estas diferencias se erigen como verdaderas desigualdades; es decir, generan ventajas y desventajas de vida. Esto es muy claro con las desigualdades económicas, pues el simple hecho de pertenecer a un estrato social más alto le permitirá a la persona acceder a una mejor vivienda, alimentación, educación e, incluso, a consumos culturales más diversos. Por el contrario, una persona pobre no podrá acceder a estas ventajas, lo que afectará su bienestar y desarrollo humanos. En una sociedad desigual, entonces, los individuos tampoco somos iguales.
Con esta primera respuesta podemos ayudarnos a formular la segunda, pues la libertad individual, como la mayoría de los atributos de los individuos, es también un producto social. Grosso modo, podemos decir que la libertad es la capacidad de decidir con conocimiento de causa y actuar para realizar nuestros objetivos. Esa libertad, por lo tanto, depende en buena medida de nuestras necesidades, conocimientos, recursos y capacidades. Una persona que se ve afectada por las desigualdades sociales será, también, una persona con mayores desventajas para ejercer su libertad, mientras que una persona que se beneficia de la desigualdad tendrá más facilidades. Por lo tanto, si queremos ser más libres individualmente, es necesario construir una sociedad más justa y equitativa.
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Escrito por Pablo Bernardo Hernández
Licenciado en psicología por la UNAM. Maestro y doctor en ciencia social con especialidad en Sociología por el Colegio de México.