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Omar Carreón Abud
Estados Unidos: ciudades en zona de guerra
El sistema capitalista se sustenta en el robo constante y cada vez más amplio y despiadado de tiempo de trabajo no pagado.


Para empezar, eso no lo digo yo, lo dice Donald Trump, el presidente de Estados Unidos (EE. UU.) y, hasta ahora, de la primera potencia económica y militar del mundo. Muy sorprendente ¿no? Pero si aceptamos y tomamos en cuenta la gigantesca verdad que alguna vez se atrevió a pronunciar Georg Wilhelm Friedrich Hegel cuando dijo que todo lo que nace merece perecer, entenderemos que ese gran descubrimiento filosófico no sólo se aplica a los indefensos animalitos del campo o a los grandes dinosaurios hoy extintos, sino a la Tierra, al Sistema Solar y, por supuesto, a los modos sociales de producción, entre los cuales se cuenta el capitalismo hoy en boga e, incluso, al propio hombre.

Así de que contra todo lo que desean sus grandes beneficiarios, el capitalismo, como todo lo que existe, un día llegará a su fin. Y, por todo lo que estamos atestiguando y que muchos no acaban –o no acabamos– de entender a cabalidad, el proceso terminal ya ha iniciado. Es pronto todavía para precisar cuándo y con cuáles acontecimientos empezó, habrá que esperar todavía un dictamen definitivo de la historia, pero llegará a su fin. No hay duda. El sistema capitalista se sustenta en el robo constante y cada vez más amplio y despiadado de tiempo de trabajo no pagado. Al obrero se le paga para que sobreviva, o sea, el valor de su fuerza de trabajo, pero nunca, en ninguna parte, se le paga un equivalente al valor de lo que produce; la diferencia, cada vez más grande, es a la vez el oxígeno para la sobrevivencia del capital y la condición obligada de su crecimiento y acumulación, su nombre, que de sólo oírlo causa convulsiones a los que de ella se benefician, es plusvalía y sale del proceso productivo siempre adherida a una mercancía, un objeto útil que satisface necesidades humanas, sean del cuerpo o para la subsistencia o de la imaginación. En fin, para no alargarnos, debe decirse que para hacer realidad la plusvalía, el capitalista está obligado a vender la mercancía, en muchos casos, urgentemente.

Como puede verse, este proceso requiere de fuerza de trabajo, materias primas, medios de producción y, finalmente, compradores, todos ellos a la disposición del capitalista, de donde se deduce necesariamente que el capital, siempre en busca de la máxima ganancia, está también, siempre y obsesivamente, en la búsqueda y apropiación de fuerza de trabajo, materias primas, medios de producción y compradores. En el último cuarto del siglo pasado, cuando las alertas de su potencia productora y vendedora empezaron a sonar más fuerte, el capitalismo norteamericano, ya de lleno en su fase imperialista, decidió que el modelo proteccionista que había venido imponiendo al mundo dificultaba el libre movimiento de sus propios capitales y mercancías y procedió a convencer al mundo entero de que el progreso estaba íntimamente ligado con la libertad de comercio. A partir de entonces se le impuso al mundo el libre movimiento de los capitales y las mercancías pensando que ello abriría posibilidades gigantescas e insospechadas al movimiento y penetración de los capitales y las mercancías estadounidenses.

En unos cuantos años (en la dimensión histórica), empezó a ser evidente que otros países, señaladamente China, estaban aprovechando ventajosamente la libertad de vender sus mercancías por el mundo entero. Las producían de buena calidad y, sobre todo, más baratas, porque la mano de obra china era también más barata como consecuencia directa de la activa y decisiva participación del Estado chino para proveer servicios sociales suficientes y de calidad entre la población. El tiempo pasaba y las mercancías norteamericanas no lograban conquistar compradores por el mundo, la mano de obra de EE. UU. no competía ni en precio ni en calidad. Los capitales salieron en masa del imperio, EE. UU. se desindustrializó dramáticamente.

El país más poderoso de la Tierra pasó de ser el vendedor a ser el comprador del mundo; EE. UU. tiene ahora una balanza comercial deficitaria en más de cien países. Para enfrentar la situación, entre otras medidas que tienen impactado al mundo, Donald Trump empezó a imponer aranceles a la entrada de mercancías a EE. UU. para aumentar artificialmente su precio al consumidor e impulsar la producción interna, con base tanto en los capitales que permanecían en el país, como en los capitales que se lograra que regresaran a EE. UU. Se emprendió un proceso de reindustrialización.

Pero impulsar la producción (y venta) de mercancías con un aparato productivo muy postrado, no ha sido sencillo. Además de la desindustrialización, EE. UU. carga ya otros graves problemas relacionados con su decadencia que nadie se atreve a asegurar que puedan ser resueltos, y menos en el corto plazo. EE. UU. tiene una deuda pública que supera con creces el tamaño de su PIB anual, misma que se sitúa en un 123 por ciento, un nivel monstruoso que ya ha ocasionado jaloneos públicos entre la élite para aprobar los gastos anuales de su Estado (precisamente, en estos momentos, el gobierno norteamericano se encuentra en paro por falta de aprobación del presupuesto para el año 2026).

Consecuentemente, EE. UU. tiene dificultades para seguir comprando armas al complejo militar-industrial, lo cual ha impedido que esa medida se consolide como una de las herramientas favoritas para mantener funcionando la economía y, entre otros problemas más, EE. UU. no ha podido impedir la ya mencionada entrada de gran cantidad de mercancías baratas del extranjero, principalmente de China y, en menor medida de México, lo cual lo ha empujado a la aplicación de aranceles a las importaciones que las empresas afectadas ya están trasladando a los consumidores aumentando los precios.

Hay más. No puede despreciarse que el que fuera el gran importador de mano de obra del mundo (empezando con esclavos de África) y que proporcionaba más y mejores empleos, se haya convertido en uno de los centros con mayor población desocupada y subocupada que no encuentra ni encontrará empleo en los próximos años, lo que implicará, para un Estado que ya está en apuros, un aumento de los llamados beneficios sociales para mantener a esa fuerza de trabajo en los límites de la subsistencia, un aumento de la delincuencia, así como de las masacres en la calle, en las escuelas y en las iglesias (pues existen millones de armas en poder de particulares) y hasta grandes explosiones populares de descontento.

Por todo ello, y más, que seguramente está previendo la clase dominante de EE. UU., es de vida o muerte para el sistema, reducir esa población desocupada y empobrecida empezando por su sector más vulnerable: los migrantes indocumentados que, según algunos cálculos serios, ya son 10 millones y medio de personas. Por eso las aprehensiones, las redadas, la policía especial, la Guardia Nacional, los abusos, la violencia y, como culminación, las expulsiones fulminantes. Por eso la resistencia, aunque sea débil, de quienes saben que perderán muchos años de vida y de sacrificios y regresarán a sus países sin nada y hasta con hijitos que no dominan la lengua de los países de origen de sus padres. El capital sólo tiene intereses.

Puede ser que a algunos observadores les llame la atención la actitud de ciertos políticos y gobernantes de ciudades que se han manifestado muy enérgicos en contra de esta política de Donald Trump, su gobierno y sus partidarios, incluso, que les sorprenda que haya jueces que otorgan amparos que impiden al presidente mover tropas de una ciudad a otra y lanzarlas contra la gente. Entre los adversarios de las redadas, como ciertos alcaldes demócratas que gobiernan “ciudades santuario”, puede haber personas inspiradas en el humanismo y la compasión, pero es más realista y apegado a la verdad sostener que se trata de intereses –otra vez los mentados intereses–, se trata de empresarios y miembros de la élite que resultan afectados porque emplean o se benefician de los que emplean mano de obra indocumentada y, además, están seguros que sin los indocumentados que aspiren a emplearse, la fuerza de trabajo nativa o con documentos de residencia legal resultará más cara. La oposición a las redadas y a las expulsiones es la defensa de la plusvalía. Por si no fueran ya suficientes dificultades, la clase explotadora norteamericana está gravemente dividida y ya hasta tiene, según dijo Donald Trump, aunque parezca increíble, “ciudades en zona de guerra”. 

 

 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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