Promover la práctica masiva del deporte es una necesidad imperiosa para elevar el bienestar social.
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Las mayores atrocidades que ha padecido la humanidad se han vivido bajo el capitalismo. Hasta el día de hoy, gran parte de la historiografía ha pretendido explicar estas catástrofes sociales y humanitarias como efecto de una personalidad desquiciada, un hombre enfermo de poder o un lunático que aprovecha la desesperanza para engañar a toda una nación. En otros casos a partir de genios y mentes maestras cuya personalidad, muy por encima de la media, logró moldear la historia acorde a su grandeza. La realidad, sin embargo, es mucho más compleja que todo esto. Las guerras napoleónicas que pusieron de rodillas a Europa entera sólo parcialmente se explican por la imponente personalidad de Le Petit Caporal; Hitler no explica por sí mismo al nazismo, esta ideología tiene raíces mucho más profundas que la retórica supremacista. De la misma manera y en sentido inverso, la sola personalidad de Lenin no podría explicar la Revolución Rusa; ni la pura audacia de Mao la vigente Revolución China. Es cierto que los hombres hacen la historia, pero no es menos cierto que la historia hace a los hombres que habrán de darle forma.
El genocidio que hoy presenciamos en directo en el mundo entero y que se ha cobrado la vida de más de 70 mil palestinos, entre los que se cuentan decenas de miles de niños asesinados por francotiradores con balas dirigidas al corazón y la cabeza, no puede explicarse esencialmente sólo a partir de la figura de Netanyahu. La inhumanidad, la perfidia, el odio y la maldad de un hombre no son nunca suficientes para imponerse a la lógica económica y política de la que forma parte. Lo mismo puede decirse de Hitler quien, antes de tomar el poder en Alemania, estuvo en estrecho contacto con los poderes realmente operantes de Estados Unidos e Inglaterra (Pacto de Münich). El discurso de Trump no es una distracción, tampoco un delirio. Representa a un sector específico de la sociedad que tiene puestos sus alfiles en cada uno de los sectores decisivos de la geopolítica mundial y, por lo que se observa hasta hoy, están complacidos y satisfechos con la actuación del presidente norteamericano. Esto hay que decirlo claramente, sobre todo por aquellos que siguen pensando que los demócratas habrían hecho algo diferente. Es más probable que la situación fuera más hórrida de lo que es hasta ahora.
¿Pero quién es este poder? ¿Qué fuerza es capaz de mover hombres, pueblos y naciones a su antojo? ¿Qué perversa potencia tiene la capacidad de declarar guerras, arrasar con miles de vidas y manipular el destino de la humanidad entera? La fuerza del capital y del dinero. Desde la consolidación del capitalismo a finales del Siglo XIX, a la sociedad la mueve el interés, la ganancia y el afán de acumulación. Hoy, en la fase degenerativa del capital, ese afán es más destructivo e inhumano que nunca. No es el tema y no podemos extendernos más. Pero vale la pena, para reforzar este argumento, revelar la procedencia y la representación de los líderes occidentales que, pretendiendo dirigir el destino de la humanidad, no hacen más que obedecer órdenes de los grandes dueños del dinero, que hoy es representado por dos o tres fondos de inversión y una o dos familias que a nivel mundial acumulan más riqueza que más de la mitad de la humanidad.
Emmanuel Macron, presidente de Francia, es uno de los empleados de confianza de la histórica familia de acaparadores, los Rothschild; Keir Starmer, Primer Ministro del Reino Unido, ha recibido adulaciones repetidas del CEO de Black Rock, el fondo de inversiones cuyo poder financiero es sólo superado por el de China y Estados Unidos; Rachel Reeves, Ministra de Economía en el Reino Unido, mantiene estrechas relaciones con Larry Fink, el citado CEO de Black Rock; Friedrich Merz, canciller de Alemania, fue presidente de la filial alemana de Black Rock; Giorgia Meloni, presidenta de Italia, aprobó la inversión de este mismo fondo buitre en la fabricación de armas. A esta lista debemos agregar un largo etcétera (incluido México).
Pero no sólo eso. Todas las guerras de los siglos XX y XXI encuentran a sus artífices en los mismos hombres, ese microscópico sector de la población que acumula miles de millones a costa de la miseria de más de la mitad del planeta. Todas las invasiones perpetradas por la OTAN en Medio Oriente, que dejaron tras de sí una estela de miseria y sangre, surgieron de la misma necesidad de acumular riqueza a costa de las naciones más débiles. Los golpes de Estado en Latinoamérica fueron patrocinados por las mismas potencias. Las primaveras árabes lo fueron sólo para los acaudalados dueños del planeta. Ahora la guerra en Ucrania, que todavía un sector de la opinión pública atribuye a la estulticia de un payaso como Zelenski, no es más que otro de los frentes abiertos de la Guerra Total emprendida por el capital financiero. Pero el último caso de estas “revoluciones de colores” puede resultar más esclarecedor por su actualidad. Esa pretendida revolución en Nepal, que los medios de comunicación (también en manos de los fondos buitre) atribuyen a la “generación Z”, concepto también inventado para desplazar la lucha de clases, fue en realidad un ataque indirecto a la resistencia encabezada por Rusia y China a través de los BRICS. “Cuatro de cada cinco nuevos ministros nepalíes –apunta A. Piqueras–, provienen de órganos financiados por el gobierno de EE. UU. Así, por ejemplo, el gobierno “interino” de Nepal tiene por ministro del interior a Om Prakash Aryal, quien proviene de… la Soros Open Society y The Asia Fundation (CIA)”.
Todo el caos que ahora presenciamos no es producto de una personalidad, insisto. Tampoco es consecuencia de un proceso histórico que se repite eternamente. Es el síntoma innegable del hundimiento del capitalismo. Pero el capitalismo, como hemos atestiguado, no se irá sin llevarse a la humanidad como rehén. Todas las distopías que ahora aparecen por doquier y que nos muestran un mundo dantesco, parten de una premisa falsa, o, al menos, no necesaria: que el capitalismo es eterno. Pero ¿Y si no? Las orwelladas hoy tan de moda se repiten sin saber que esa oscura realidad que pintó Orwell la pensó para el comunismo, mientras que el capitalismo superó con creces el terror imaginado por el nada apolítico escritor británico. Lo mismo puede decirse de Huxley y su Mundo feliz. Todo lo que se difunde en la literatura, la prensa y las redes parte de que el capitalismo es inalterable; de que su dinámica es natural, eterna. Se cree que la lógica de la acumulación y el interés es innata al hombre y estamos condenados a sufrir sus más horribles efectos. Por ello se soporta al fascismo, es más, se le necesita.
El fascismo no es una ideología en sí misma, un simple producto cultural, una forma más de degeneración mental. El fascismo es una necesidad del capitalismo. Es su expresión más pura y perfecta. Para combatirlo, la lucha ideológica es sólo uno de sus frentes. Es realmente la lucha política que busca un rompimiento sistémico la única que puede hacerle frente al supuesto callejón sin salida que el imperialismo ha creado. Así como el fascismo, el trumpismo y el sionismo nazi son sólo efectos del capitalismo en su fase final; habrá que pensar en una política que busque no reformar ni mejorar el sistema de explotación vigente, sino desaparecerlo de manera radical, definitiva. La respuesta a la descomposición del sistema, a la política de la muerte y a la degeneración social, se encuentra en el mismo lugar que hace dos siglos: en el comunismo. De éste hablaremos en otra ocasión.
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Escrito por Abentofail Pérez Orona
Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).