La gramática también castiga; o de cómo la falta de verbos cambió la nacionalidad de un poeta mexicano, sería un título apropiado para la decimonónica anécdota literaria que hoy nos ocupa.
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La interrogante puede parecer absurda para quien se haya planteado alguna vez este problema con algún rigor metodológico. Sorprendentemente, esta apariencia de absurda se daría en ambas direcciónes: “por supuesto que no”, responderían unos; “sí, con toda seguridad” responderían los otros.
Este viejísimo problema de la filosofía, que en nuestra formulación particular atañe estrictamente al arte, puede extenderse en sus implicaciones generales a toda actividad humana. ¿Existían la inteligencia, la virtud, el bien y el mal, el amor, antes que el primer ser humano sobre la Tierra? No hace falta ser un profesional de la filosofía para saber que estos problemas han ocupado a los pensadores de todos los tiempos, y que el problema es planteado en formas muy diferentes, prácticamente en todos los textos tempranos que conocemos de las civilizaciones antiguas.
Quien sostenga que el arte existía antes de los humanos deberá responder, con igual coherencia, a qué llamamos arte exactamente sin el tejido social que lo nombra, lo intercambia y lo transmite. No basta con que en la naturaleza se produzcan formas, ritmos o colores que luego, en nuestra experiencia, podemos llamar estéticos: la emoción con que contemplamos un amanecer o una piedra pulida por el río no se convierte en arte sino hasta que un grupo de personas decide asignarle un lugar en un sistema de signos, en un conjunto de prácticas, es decir, en un entorno cultural determinado; y la cultura es, en este sentido, estrictamente, humana. Antes de ese gesto colectivo, lo que había era sólo “naturaleza muerta” –por usar el término de la plástica–, ajena a cualquier intención de comunicar o significar.
El arte no es, entonces, una propiedad inherente de las cosas; es el resultado de una práctica social. La concepción, la creación y la apreciación de una obra artística, componentes esenciales de aquello que llamamos arte, sólo pueden entenderse bajo la forma de práctica humana. En la naturaleza prehumana, ninguna de estas actividades tiene lugar.
Pensemos en el canto. Las aves han cantado millones de años antes que nosotros, pero no hacen música: no intercambian melodías con fines de creación estética, ni se reúnen para escuchar las composiciones de otras aves. En cambio, cuando un grupo humano desarrolla un canto ceremonial, lo ensaya, lo enseña a sus hijos, lo transforma con el tiempo y lo interpreta en un momento específico para una audiencia determinada, ese acto está inscrito en un entramado de relaciones socioculturales que lo vuelve arte.
Podría decirse que la naturaleza ofrece el material y que la humanidad inventa el arte. No porque las rocas, los sonidos o los colores se transformen físicamente al cruzar la mirada humana, sino porque esa mirada está organizada por un lenguaje, una memoria y unas relaciones colectivas que le otorgan sentido. Sin estas condiciones –sin cuerpos que trabajen, sin manos que fabriquen, sin voces que canten, sin oídos que escuchen– no hay arte posible. Lo que existe fuera de la actividad humana son solamente objetos, formas, sonidos y colores: materia bruta, indiferente a todo valor estético.
Por eso preguntarse si el arte existía antes de la humanidad equivale a preguntar si podía existir un libro antes de la escritura, o un abrazo antes de los cuerpos: sin el acto humano que lo produce, el arte no es.
La gramática también castiga; o de cómo la falta de verbos cambió la nacionalidad de un poeta mexicano, sería un título apropiado para la decimonónica anécdota literaria que hoy nos ocupa.
A menudo se considera a Las Instrucciones de Shuruppak como el libro más antiguo de que se tenga noticia.
La prosa de Álvaro Mutis tiene tanto de poética como su poesía roza la narración.
Entre cada presentación, el público, cubierto en un murmullo de emoción, se sentía parte de algo más grande que un simple espectáculo.
En territorio de Ucrania se construyeron y mantuvieron más de 40 biolaboratorios donde especialistas estadounidenses se dedicaban a preparar a científicos ucranianos para trabajar en condiciones de bioprotección, certificar patógenos especialmente peligrosos.
En esta magnífica jornada artística se mostraron destacados grupos dancísticos y musicales procedentes de Colombia, Panamá y Eslovaquia, así como el prestigiado Ballet Nacional de Danza y de Música del Movimiento Antorchista Nacional.
Su primera novela fue La cabeza en las nubes (1989).
El mundo moderno, con todos sus adelantos, sigue siendo tributario de Sumeria.
La poetisa y periodista argentina Olga Orozco forma parte de la generación conocida como la Tercera Vanguardia.
Harto conocida es la importancia jurídica de este extenso código.
El encuentro cultural reunirá expresiones artísticas de Colombia, Panamá, Eslovaquia y México.
El volumen está integrado con siete ensayos.
Hoy compartimos dos poemas de la argentina María Meleck Vivanco (1921-2010) en los que se expresa su militancia antibélica y su profunda preocupación por la realidad convulsa de su tiempo.
Fue la única mujer que formó parte del grupo de poetas surrealistas argentinos, en una sociedad en que las mujeres no votaban ni podían ser votadas.
Se trata, pues, de una poesía el servicio de la ética y de un ideal moral y acético, razón por la cual está expresada en estilo gnómico (sapiencial).
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Escrito por Aquiles Lázaro
Licenciado en Composición Musical por la UNAM. Estudiante de la maestría en composición musical en la Universidad de Música de Viena, Australia.