Este extenso poema escrito en sánscrito y que consta de casi ocho mil versos repartidos en ocho libros o secciones es a la vez una epopeya y un documento de gran valor sobre el pasado.
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La realidad, el mundo en que vivimos, es una suma de cosas diversas. Para poder conocerlo, hay que explorar las distintas partes que lo componen. Esto no se limita a lo sensorial, a lo que podemos conocer por medio de los sentidos, aunque éstos sean la base de lo que conocemos. El hecho es que, a lo largo de toda la experiencia humana, nos hemos determinado como seres que experimentamos nuestro entorno y reflexionamos con él y a partir de él. Dicha reflexión no es pasiva; es decir, no nos limitamos a reflejar en nuestra conciencia lo que percibimos con nuestros sentidos. Para poder conocer científicamente las cosas, es fundamental dar un paso más allá y comprender aspectos que no podemos apreciar a simple vista.
La historia de la filosofía ha sido prolífica en este debate. En su desarrollo, ha mostrado que los unilateralismos, es decir, poner excesivo énfasis en una de las partes del problema, regularmente obvian otras partes que también conforman lo real. En el problema del conocimiento científico, por ejemplo, si solamente tomamos en cuenta la experiencia sensorial, dejamos de lado el análisis de las fuerzas internas que hacen que las cosas se manifiesten tal y como son.
Hay que agregar a lo anterior que el ser humano tiene una historia complejísima, pues son muchas las cosas que lo han ido determinando y que ha creado en su paso por el mundo. Ha creado formas de producir los bienes necesarios para poder sobrevivir, pero, aunado a esto, ha desarrollado ideas políticas para sustentar el aparato estatal bajo el cual realiza su vida social. Ha creado múltiples formas de expresión artística, que son muestra de lo que es capaz de alcanzar la humanidad cuando se despliegan sus capacidades creativas. Ha sido capaz de crear sistemas de pensamiento que intentan dar cuenta de la experiencia de la conciencia en la historia humana, etcétera.
Para poder conocer lo que el ser humano es, no podemos conformarnos con conocer sólo una de sus partes, pues lo que lo conforma y lo explica es ya un conglomerado de experiencias que no se pueden olvidar, a riesgo de obtener una explicación muy parcial de lo que somos y de hacia dónde vamos.
Si es verdad que, para poder transformar el mundo, hay que conocerlo, esto significa conocerlo en toda su complejidad, de la manera más detallada posible, estudiando todas las determinaciones que hacen que una cosa sea lo que es. Por eso, aquellos que luchan por cambiarlo todo no pueden sino convertirse en verdaderos teóricos proletarios. También es cierto que la realidad de nuestros días está atravesada por intereses económicos que tergiversan la realidad con el fin de impedir que se difunda lo que realmente ocurre en determinados países, manipulando la información en beneficio de los poseedores del gran capital. Pero, para contrarrestar esto, es necesario acelerar la educación de la gente, elevar su capacidad para comprender y desentrañar la esencia de los fenómenos, y desarrollar su conciencia crítica, de modo que todo lo que llegue a sus manos deba pasar necesariamente por el criterio racional de cada quien. Ampliar el conocimiento de lo que somos, estudiar las distintas formas del pensamiento que nos determinan, experimentar y aprender a sentir las diversas formas de expresión artística con las que se manifiesta la humanidad deben ser, y han sido, la clave para llevar al éxito los distintos proyectos de transformación social.
Este extenso poema escrito en sánscrito y que consta de casi ocho mil versos repartidos en ocho libros o secciones es a la vez una epopeya y un documento de gran valor sobre el pasado.
La unidad entre práctica y teoría remite, en suma, a la tesis según la cual “el conocimiento es acción” y “el hombre no conoce bien más que lo que sabe hacer”, idea cuyo descubrimiento se atribuye a Sócrates.
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Escrito por Alan Luna
Maestro en Filosofía por la UAM.