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Soberbio arte prehispánico en los petrograbados de San Nicolás de la Joya
En Satevó existe un paraje en la rivera del río Conchos, en cuya caverna hay una piedra rojiza de donde “saltan” las figuras en bajorrelieve grabadas hace un milenio por los antepasados de las etnias prehispánicas más antiguas de Chihuahua.
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En San Nicolás de la Joya, municipio de Satevó, Chihuahua, existe un paraje situado en la rivera del río Conchos, en cuya caverna hay una piedra rojiza de donde “saltan” las figuras en bajorrelieve grabadas hace un milenio por los antepasados de las etnias prehispánicas más antiguas de Chihuahua.

Son siluetas que representan cabras monteses, tortugas, venados, aves, nutrias; hombres nadando o con lanzas, arcos y flechas, pescadores jalando redes; su estilo es naturalista primitivo, uniforme; y, a diferencia de los petrograbados de otros sitios –los de la Cueva de las Monas, por ejemplo– en sus trazos no hay representaciones abstractas ni simbólicas.

De acuerdo con quienes han tenido el privilegio de contemplar el mural, su autor o autores fueron individuos especializados en el tallado de piedra, porque sus figuras presentan un alto nivel de fidelidad artística, como es el caso de los “nadadores” cuyos brazos flexionan en arco hacia adelante y arriba, al igual que la cabeza, llevan la espalda inclinada, la curva de sus rodillas hacia abajo y las piernas arqueadas también hacia abajo.

 

 

Los petroglifos están grabados sobre la pared de roca que conforman una montaña de cantiles rojizos y se ocultan detrás de un bosquecillo de mezquites, granjeles y nogales cimarrones. El paraje es conocido como El Cajón por los lugareños y su acceso resulta difícil, porque hay que sortear las rocas y las arenas que las crecientes del río Conchos depositan en las riveras.

Muchas de las figuras han desaparecido porque el Sol, el viento y la lluvia desprenden las capas de pintura y desmoronan los dibujos en relieve. En tres puntos hay indicios de que los saqueadores intentaron llevarse algunas de las figuras con cincel y martillo, pero no lograron su cometido.

En el mural de Salevó fueron grabados gran parte de los animales y los componentes del medio ambiente lugareño de los artistas, así como las labores de caza y pesca de las otras aldeas. Las figuras que aún pueden distinguirse bien son cerca de 20, de las cuales la mitad corresponde a seres humanos en diversas acciones:

Hombres con lanzas; con arco, flechas, carcaj; cazando, nadando, pescando con redes y danzando; unos con figuras alargadas y con coronas de cuernos cortos; hay muchos venados, animales cornudos que pueden ser becerros y cabras monteses; tortugas, un caracol, una posible nutria, una ardilla voladora y planeando entre un árbol y otro; coatíes o cholugos, como los llaman en Chihuahua, tejones; y la única ave representada en el mural prehistórico es una garza, alta y soberbia, de perfil, con el pico abierto.

A pesar de que esta cultura primitiva habitó el río Conchos y que vivió de muchos de sus recursos, el tallador y pintor de la cueva El Cajón no dibujó un solo pez, quizás la especie animal de la que más se valió para sobrevivir en aquella área de San Nicolás de la Joya.

 

 

Entre los habitantes actuales del tramo del río Conchos que atraviesa San Nicolás de la Joya, donde la corriente que baja de la Sierra forma una herradura y el agua deja sedimentos valiosos para la agricultura, hay testimonios de que la especie de nutria descrita en el mural aún pesca en ese sitio, donde les disputa o roba las presas a los conchos. Suponen que son nutrias, porque estos animales pescan en las hondonadas formadas río abajo del pueblo, donde hay testimonios de la existencia de un animal misterioso que se les escurre entre las piernas, les arrastra las redes y los anzuelos que usan para sacar las carpas y truchas del alto río Conchos. Los nativos lo llaman “chan”, y desde hace muchas décadas tratan de evitar que les arrebate los peces ya capturados.

Se trata, casi sin duda alguna, de nutrias de río, parientas cercanas de las nutrias de mar. El único avistamiento de una nutria en este tramo del río Conchos data de 1980 y está documentado en una carta quelos pobladores dirigieron, hace 18 años, a la bióloga y conservacionista Jacky López, de la organización Biological Diversity, para que les confirmara que el “chan” es efectivamente una nutria.

 

El Kokopelli de El Cajón

Un arqueólogo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Enrique Chacón Soria, fue invitado por este reportero para que, en 2012, hiciera una inspección de El Cajón con el propósito de que el sitio fuera reconocido por las autoridades académicas, pues a la fecha no lo ubican ni visitan, y únicamente los lugareños y contados visitantes han disfrutado de estas obras de arte primitivo.

 

 

A decir de Chacón Soria, el mural grabado en piedra debió de ser pintado hace mil o mil 100 años de antigüedad. El especialista reveló también que se asemeja a otros pertenecientes al periodo medio de la cultura Paquimé. “No estoy diciendo que sea un sitio de dicha cultura, pero hay varios detalles que nos dan pistas de su antigüedad, comparándolo con otros yacimientos arqueológicos”, aclaró.

Destacó también que El nadador de El Cajón se parece mucho al Kokopelli, un personaje que está presente en La Ferrería, en Durango; y que la abundancia de figuras humanas y fauna local es un rasgo característico de cierta etapa artística de los conchos, una cultura perteneciente a un periodo anterior a la llegada de los europeos a América, hace más de 500 años.

El arqueólogo apuntó que en el mural hay por lo menos tres grandes detalles genéricos destacables a simple vista: los “nadadores” o Kokopellis son descritos en una misma secuencia; que las imágenes antropomorfas armonizan con la fauna y que no hay representaciones de cacería porque los hombres armados están de frente.

 

 

En referencia a los Kokopellis, que aparecen en el panel izquierdo del paredón, explicó el arqueólogo Chacón Soria: “estuve revisando mis datos; y el personaje antropomorfo encorvado es similar al Kokopelli que se conoce en las culturas del Suroeste de Estados Unidos (EE. UU.), pero presenta algunas variantes. Por ejemplo, este Kokopelli es un personaje tocando flauta y a veces lleva joroba y tiene el pene erecto; pero el que está en El Cajón no tiene flauta –aunque al parecer lleva otro artefacto en las manos– a veces lleva joroba y no se le representa con pene.

“El Kokopelli aparece en petrograbados, pinturas rupestres y decoraciones en cerámica, y se le ha datado entre el año 800 a 1,600 de nuestra era en el suroeste de EE. UU., pero también se le ha encontrado en Durango y el norte de Jalisco, lo que marca la importancia que debió tener el flautista en tiempo y espacio. Ahora bien, el nombre proviene de la pronunciación hopi de kookopóló (un danzante kachina) en el idioma hopi; pero no existe una estricta relación entre el Kokopelli arqueológico y el kachina etnográfico (de la cultura hopi), ya que el kachina etnográfico no está asociado con ningún instrumento musical. La única similitud es fonética.

“Desde mi punto de vista, el personaje encorvado del sitio El Cajón puede ser una variante del Kokopelli arqueológico y posiblemente sea tardío, es decir, cerca del mil 600 después de Cristo, como resultado de una difusión tardía y, por lo tanto, con variantes regionales (sin flauta y sin pene). En el caso del sitio en Satevó es evidente que este personaje domina la escena del primer panel y está acompañado de otros antropomorfos y fauna diversa; pero también es evidente que en el segundo panel está ausente y el lugar central está ocupado por otros antropomorfos, personajes que se elevan o se desprenden de entre la fauna ricamente representada”.

 

 

 

El experto concluyó que el Kokopelli flautista está relacionado con mitos de origen, fertilidad, lluvia, música, cacería, erotismo, etcétera. “Creo que debemos investigar más sobre este personaje y realizar mayores reconocimientos arqueológicos en busca de más datos que ayuden a reforzar la idea de que el ‘encorvado’ o ‘nadador’ del sitio El Cajón es una variante regional del Kokopelli mítico, o bien, que definitivamente se trata de otro personaje en posición similar”.

 

Un sitio singular y magnífico

Los habitantes de San Nicolás de la Joya están orgullosos de su pueblo porque, además de los grabados en piedra, múltiples prácticas de arte prehispánico y las nutrias de río Conchos, en su territorio aún se conservan algunas misiones jesuitas que proceden del periodo de la colonia española, pero que están a punto de derrumbarse debido a la negligencia de las autoridades.

Las comunidades del municipio están integradas por gente muy humilde, cuya pobreza contrasta con la tremenda belleza de un valle al que rodea una cordillera, que durante las tardes adquiere tonos azules y que es cruzado por el serpenteante río Conchos, en uno de cuyos meandros el agua deposita fértiles sedimentos que los lugareños llaman La Herradura.

 

 

Las tierras de este valle, conocidas como Los Veranos, se estrechan cuando terminan en un cañón de hermosas formaciones rocosas que “encajonan” al río Conchos. En sus aguas habita un pez al que los pobladores llaman choaca y que se parece a la especie de los pejelagartos, ya que su hocico es alargado y sus escamas tienen forma romboide, como la de algunos reptiles.

La memoria histórica de los pobladores de San Nicolás de la Joya se remonta a siglos antes de los conquistadores españoles; y se reivindican como descendientes de los conchos, la etnia indígena más extendida en el territorio de lo que hoy representa Chihuahua, y que está casi en riesgo de extinción.

 

 


Escrito por Froilán Meza

Colaborador


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