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La causa palestina
Hablar sobre la situación de Palestina requiere sumo cuidado para intentar acercarnos a la verdad del asunto y entender y denunciar las causas del conflicto y las desastrosas consecuencias sobre millones de personas. Veamos.
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Hablar sobre la situación de Palestina, es decir, de la desigual y permanente guerra que ocurre en Medio Oriente, es peligroso y puede llegar a ser sumamente irresponsable cuando el objetivo no es intentar dilucidar y esclarecer las causas políticas, sociales, económicas y religiosas que han alimentado la escalada de violencia existente en aquel territorio. El tema levanta pasiones e incentiva la descalificación, por lo que cada palabra, cada afirmación que se haga, tendrá que hacerse con sumo cuidado para intentar acercarnos a la verdad del asunto y entender y denunciar las causas del conflicto y las desastrosas consecuencias que han tenido en la vida de cientos de miles o millones de personas.

En primer lugar, no somos la voz de los sin voz ni queremos restituir ni suplantar el discurso y la visión de los vencidos, simplemente queremos contribuir a la denuncia de las atrocidades que el pueblo palestino lleva padeciendo desde al menos 1848 por parte del régimen de Apartheid impuesto por Israel.

Y es lo primero que tenemos que decir, efectivamente, el Estado de Israel es un Estado de Apartheidde segregación y exclusión racial que ha despojado y movilizado forzosamente al pueblo palestino. ¿Cómo se llegó a este punto? Históricamente, Theodore Herzl y Max Nordau, sobre la base de la existencia de un antisemitismo objetivo en la sociedad occidental, elaboraron un proyecto de establecimiento del pueblo judío y la fundación de un Estado para los judíos que se encontraban dispersos en el mundo. Este proyecto, denominado como sionismo, según Edward Said, consideraba que lo que se tenía que hacer era reclamar un territorio prometido originalmente por Dios al pueblo judío. 

Esta idea trascendental de que en el territorio palestino existía un vínculo espiritual entre Dios y el pueblo judío, eludió que este territorio, para su mala suerte, ya estaba poblado por un pueblo que se autodenominaba Palestina y que, durante cientos de años, había habitado la región, un pueblo que cultural, económica, social y políticamente se identificaba con la tierra que labraba, hablaba árabe y, en su mayoría, profesaba el Islam. Prácticamente desde el Siglo VII, Palestina fue un territorio con una abrumadora mayoría árabe e islamista y, pese a la recepción de migración judía, hasta 1948 la realidad es que en ese territorio siguió viviendo esa abrumadora mayoría árabe e islamista.

La tarea del sionismo entonces fue la de convertir el territorio de Palestina en un Estado judío sin considerar los deseos, las aspiraciones y la vida de la mayoría árabe-palestina que habitaba la zona. Esto implicó, desde luego, la negación de la existencia de un pueblo autóctono, su destrucción, su bloqueo y su confinamiento. Y sorprendentemente contó con un gran apoyo de la mayoría de las potencias imperialistas que veían con muy buenos ojos la imposición de un Estado occidental en el peligroso y rebelde Medio Oriente.

Lo paradójico es que el proyecto sionista no tuvo como su escenario principal el territorio palestino, pues prácticamente todos los foros en donde se dieron las discusiones sobre el establecimiento del Estado judío estaban en Europa y en Estados Unidos (EE. UU.). Oponerse a esta idea, en mitad del siglo, justamente después de que el holocausto hubiera generado una de las mayores atrocidades contra la comunidad judía, era más o menos, alinearse con el antisemitismo y con el proceso nazi de limpieza racial.

Una de las estrategias ideológicas que el sionismo utilizó para que la comunidad internacional aceptara silenciosamente el proyecto de colonización del territorio palestino fue difundir la idea de que Palestina era un territorio semipoblado, en el que habitaban personas, intermitentemente, pero que era sencillo y poco problemático ignorarlas o movilizarlas. Además, construyeron su proyecto sobre la terrible idea de que los pobladores eran árabes y que, en ese contexto, para ellos, representaban junto al Islam, la maldad, la venalidad, el vicio degenerado, la lascivia. Para ellos, según Said, “los árabes eran orientales, por lo tanto, menos valiosos y menos humanos que los europeos y los norteamericanos.

La difusión de este discurso encontró una plena identificación de la consideración del mundo árabe y el Islam, con el discurso hegemónico europeo y estadounidense. El occidentalismo dio por válidas estas interpretaciones y se sumó alegremente a la colonización del territorio, mediante el envío de recursos y el silencio atronador en la prensa sobre el proyecto de anexión y genocidio impulsado por los colonos judíos.

De alguna manera, interpretaron que los palestinos se diluirían en el mundo árabe o se conformarían con un servilismo cómodo hasta declararse nulos. Pero eso no ha sucedido así. El deseo de autonomía y de retorno del conjunto de palestinos cuya experiencia común fue la desposesión y el exilio demuestra que el pueblo palestino no se ha conformado con su actual destino. Se han rebelado históricamente de muchas maneras y han expresado su deseo de retorno y su deseo de ejercer su autodeterminación.

La violencia actual de grupos como Hamás, que ha derivado en acciones de guerra y en el seguramente más terrible acto de hacinamiento forzoso de la comunidad palestina, es fruto del proyecto sionista y del Estado de Apartheid que construyó Israel desde 1948. Por eso, el antisionismo no es antisemitismo y para nosotros es una necesidad sumarse a la denuncia del sionismo y entenderlo como lo que realmente ha sido: el colonialismo y la limpieza étnica de la población autóctona palestina y, como apuntan Sumaya Awad y Daphne Thier, hacer que el Estado de Israel rinda cuenta sobre la limpieza étnica y los crímenes de guerra contra los palestinos.

Porque la voluntad palestina, a pesar de que se nos intente hacer creer lo contrario, ha sido históricamente la de construir un futurocomún en donde puedan convivir los árabes y los judíos. Si existen grupos radicales son marginales y no expresan la voluntad ni del pueblo palestino, ni del pueblo israelí. La escalada de violencia beneficia únicamente al proyecto sionista de las clases poderosas a escala internacional y sirve para recrudecer la represión del gobierno genocida de Benjamín Netanyahu. Un último apunte: como ha afirmado el historiador israelí Shlomo Sand: Israel no puede ser descrito como un Estado democrático mientras se considere a sí mismo como el Estado del pueblo judío, en lugar del Estado que representa a todos los ciudadanos dentro de sus fronteras conocidas.

 

Tony Judt, El país que no quería crecer

El Estado de Israel sigue siendo inmaduro. Las transformaciones sociales del país no le han dado la prudencia política que acompaña a la edad. Israel, consumido por una frágil confianza en su singularidad; seguro de que nadie le “entiende”, que todo el mundo está en su “contra”; lleno de amor propio herido, rápido en ofenderse y en ofender. Israel está convencido de que puede hacer lo que quiere; que sus actos no tienen consecuencias y que es inmortal.

La mayoría de los admiradores de Israel (judíos y no judíos) sabían muy poco de la catástrofe palestina de 1948.

En la política y en los círculos políticos de las universidades, sólo los arabistas anticuados estaban en contra del sionismo, para 1967.

Desprovisto de cualquier otra justificación para su conducta, Israel y sus partidarios recurren cada vez con más estridencia al argumento más antiguo de todos: Israel es un Estado judío, por eso lo critican. Ésta –que criticar a Israel es implícitamente antisemita–, es una baza que se usa en Israel y en EE. UU.. Si en los últimos años se ha utilizado con más frecuencia y agresividad es porque es la única carta que queda.

La costumbre de tachar de antisistema cualquier crítica extranjera está profundamente grabada en el instinto político israelí. Esta táctica contribuye a que los demás veamos a los judíos como colaboradores de facto del Estado de Israel.

Israel y EE. UU. aparecen cada vez más unidos en un abrazo simbiótico en el que los actos de cada uno exacerban su impopularidad común en el exterior.

Desmantelar los principales asentamientos, iniciar negociaciones incondicionales con los palestinos, destapar el farol de Hamás ofreciendo a sus líderes algo serio a cambio del reconocimiento de Israel y el alto al fuego podría tener unos efectos muy favorables.


Escrito por Aquiles Celis

Historiador por la UNAM y analista del CMEES


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