“Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener”: Miguel de Cervantes.
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Los medios de comunicación han concentrado su mayor atención y alarma en la terrible devastación que el huracán Otis de categoría cinco provocó el miércoles 25 de octubre sobre las zonas residencial y hotelera de la franja costera de Acapulco, uno de los principales centros turísticos del país pero, como siempre sucede en estos casos, ha ocultado la gran destrucción que el meteoro causó en las colonias y los pueblos pobres del mismo puerto y otros municipios de Guerrero, entre ellos Coyuca de Benítez. La prensa tampoco ha difundido que en México, como en el cuento de nunca acabar, los protocolos de protección civil no fueron aplicados por ninguna de las autoridades de gobierno para prevenir a la población sobre el enorme peligro, incluido entre aquéllos el Presidente de la República quien pudo y debió advertirlo desde una conferencia de prensa mañanera o nocturna en Palacio Nacional.
Ésta fue la razón por la que los titulares de los gobiernos Federal, estatal y municipal de Acapulco –todos afiliados a Morena– sólo han acudido a la zona de desastre a retratarse para aparentar frente a los mexicanos que están cumpliendo con su deber; aunque durante su primera incursión en aquella región, el Presidente terminara atascado en un lodazal del tamaño de los múltiples desastres que su gobierno ha provocado a México. Pero lo peor está por venir, como lo ha escrito Luis Quintana, columnista del diario El Financiero, porque tanto las víctimas mortales y los desaparecidos, así como los daños patrimoniales y materiales son inmensos y el gobierno morenista no cuenta con los recursos financieros indispensables para resarcirlos, siquiera en el mediano plazo.
Las televisoras se han escandalizado por los saqueos a las tiendas comerciales de Acapulco, pero ¿qué puede esperarse de una población abandonada a su suerte; que es pobre, marginada, con pérdida de familiares, casas, enseres domésticos y empleos formales e informales?; a esto se suma su desesperanza de que el Fondo de Desastres Naturales (Fonden) no podrá destinarle algún dinero para sobrevivir y reconstruir sus viviendas porque los morenistas lo desaparecieron. ¿Qué apoyos pueden esperarse de un Presidente que monopoliza la entrega de despensas porque anda en campaña electoral para 2024, y con éstas quiere comprar votos para los candidatos de Morena?
Los guerrerenses humildes poco pueden esperar del Gobierno Federal morenista, a pesar de la reciente aplicación de un censo por pérdidas materiales; y no pueden ser optimistas, porque seguramente recuerdan que, en 2020, los pueblos rurales de la Chontalpa en Tabasco perdieron hogares y por el desbordamiento del río Grijalva; y al final se quedaron sin apoyo. Saben también que seguirán hundidos en el hambre y la desolación porque la principal preocupación de las autoridades será rescatar la zona turística acapulqueña, porque es ahí donde las grandes trasnacionales pesan económica y políticamente.
Vienen días negros para la gente más humilde de Guerrero; y en el caso de los 800 mil de Acapulco, la mayoría de los cuales dependen de las actividades turísticas, deberán esperar meses o quizás años para trabajar nuevamente. Un grave problema que fortalecerá a las bandas del narcotráfico que han sentado sus reales en Guerrero; y que con la posible complicidad de las autoridades estatales –según los expertos– han aumentado el grado de violencia criminal que asuela a muchos municipios de la entidad.
No fue el huracán Otis el causante de la desgracia de Guerrero, sino un conjunto de factores. El principal es el alto número de pobres, que lo ubica entre los estados con mayor pobreza en la República. Para muchos de sus habitantes, las opciones de trabajo son muy pocas: contratarse como jornalero en el norte del país o en Estados Unidos, en un hotel a cambio de un salario de hambre, vender baratijas a los turistas en las playas o coaligarse con el crimen organizado y el narcotráfico, que cuenta con la venia de las autoridades.
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Escrito por Capitán Nemo
COLUMNISTA