Si ganan en 2027, la forma de administrar será la misma: gobernar con tarjetitas y comprar las conciencias de los mexicanos.
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Un fenómeno económico cobra relevancia en estos días: la venta de créditos. Un negocio con el que las grandes empresas de productos y servicios aumentan sus ganancias a costa de una población con ingresos muy bajos (debido a que pagan salarios miserables), a la inflación incontrolable y a otros ingredientes de la crisis económica. Por ello recurren a diversas tácticas de persuasión sugeridas por las estrategias de marketing o comercialización, entre las que desde hace cientos de años destacan el intenso bombardeo mediático para estimular a las personas al consumo exacerbado, convenciéndolas de que las buenas marcas traen felicidad. Las empresas se aprovechan también del actual contexto de insatisfacción de las masas que, con sus bajos ingresos, se ven imposibilitadas de consumir y para las que la oferta de créditos resulta una buena carnada para inducirlas a endeudarse.
La teoría económica afirma que este comportamiento se resume con el sacrificio del consumo futuro a cambio de la satisfacción presente y que las personas pueden organizar sus finanzas de tal forma que logran mantener un nivel de consumo decoroso aún en el futuro. No es cierto, porque cuando los trabajadores caen en este tipo de trampas, quedan a merced de una múltiple variedad de acreedores, a vivir para pagar sus deudas y no solo a sacrificar su bienestar futuro sino también su presente y el de sus hijos.
Veamos: las grandes empresas, bancos y tiendas departamentales son muy insistentes para que las personas contraten préstamos directos y mediante tarjetas de crédito, con las que brindan todo tipo de “facilidades” para enamorar así a los clientes con “beneficios y ventajas”, que únicamente existen en la imaginación de los vendedores.
Endeudarse es muy fácil, ya sea por necesidad o porque el “plan de pagos” no es complicado; aunque las empresas saben que no va a ser cumplido, al menos no por las buenas, ya que muchas personas recurren a los préstamos precisamente porque no tienen dinero y es lógico, por tanto, que no puedan pagarlos con los altos intereses que les imponen. A estas compañías poco les importa esto porque, en los contratos, han impuesto garantías que permiten a sus despachos jurídicos y a sus abogados efectuar el embargo de bienes muebles e inmuebles, según el tamaño de la deuda que, además, cada vez será más grande debido a los intereses; primero endeudan a los incautos y después se cobran por las buenas o por las malas. Es increíble, por ejemplo, que una persona que adquirió una mercancía con un crédito de ocho mil pesos para pagarla en “abonos chiquititos” tenga que cubrir un adeudo de 68 mil pesos por haberse retrasado en los pagos. ¡Qué robo de sinvergüenzas!
Frente a este tipo de abusos, las preguntas que surgen son: ¿quién defiende al consumidor? ¿Por qué permite estos abusos un gobierno que dice estar del lado de los pobres y asegura que acabó con el neoliberalismo? En este país, las empresas se enriquecen porque pagan salarios de hambre al trabajador y porque lo endeudan permanentemente.
Por ello, la educación de las masas y su organización política es una cuestión urgente para que puedan defender sus derechos, frenar su explotación laboral y los robos inmisericordes de los capitalistas. El problema se ha tornado hoy más peligroso con el arribo al poder de la llamada “Cuarta Transformación”, cuyos funcionarios pretenden que los pobres sigan cargando con su pobreza a cuestas, acepten el rol que les ha tocado vivir y se olviden de las aspiraciones por un mundo mejor.
Si ganan en 2027, la forma de administrar será la misma: gobernar con tarjetitas y comprar las conciencias de los mexicanos.
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Escrito por Capitán Nemo
COLUMNISTA