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En 1913, después de haberse convertido, por votación democrática, en el comandante militar de la División del Norte, Francisco Villa fue, durante unas breves semanas, gobernador del Estado de Chihuahua a pesar de las reservas e inconformidades del Jefe Máximo de la Revolución Mexicana, Venustiano Carranza.
Durante esas pocas semanas que fue gobernador de Chihuahua, la popularidad de Villa se elevó a nuevas alturas. De hecho, ningún otro dirigente de la Revolución tuvo el prestigio y el carisma que él logró en ese tiempo. Más que ningún otro líder, para 1914, después de haber combatido a Díaz y a Huerta se había convertido en una leyenda viva. Esto en ningún modo era el simple resultado de una respuesta racional a las disposiciones que dictaba. Es decir, Villa sí tuvo, más que cualquier otro revolucionario del norte, plena conciencia de que la demanda fundamental de los mexicanos era el reparto agrario. Pero su popularidad no se explica únicamente porque Villa siempre habló, inequívocamente, de despojar de sus bienes a la oligarquía, de distribuir la riqueza social o de repartir la tierra entre los chihuahuenses. Su popularidad, según su máximo biógrafo, Friedrich Katz, se explica porque Villa se identificó, más que ningún otro líder revolucionario, a excepción, claro está, de Emiliano Zapata, con el pueblo.
En el pensamiento popular, Villa se adecuaba a una serie de tradiciones e imágenes profundamente arraigadas, algunas de ellas características generalizadas de todo el país, otras propias de la clase baja, del pueblo. Pancho Villa fue la encarnación de la imagen tradicional del mexicano: tenía todas las cualidades combativas que se exigía a los hombres en ese tiempo: era valiente, un luchador de primera, tenía una puntería proverbial y su habilidad como jinete era tan grande que los músicos y los poetas populares escribían corridos sobre sus caballos.
Pero también encarnaba otra imagen, quizá lo que explica a mayor detalle la popularidad de que gozaba entre la gente de a pie. Francisco Villa era el vengador de los pobres, era un bandido social como Robin Hood, que le quitaba dinero a los ricos y lo distribuía entre los pobres. Durante su periodo como gobernador de Chihuahua, realizó una serie de confiscaciones y expropiaciones que afectaron profundamente a la oligarquía y, de hecho, tanto las clases bajas como las clases medias fueron grandes beneficiarias de la redistribución de la riqueza que llevó a cabo en Chihuahua.
El siete de enero de 1914, cuatro semanas después, Villa renunció a su cargo por órdenes expresas –animadversión de por medio– de Carranza. Cuando dejó la gubernatura, la mayoría de los observadores nacionales y extranjeros coincidieron en que el impacto de las medidas que había tomado Villa era enorme: había sacado más de los ricos que ningún otro dirigente revolucionario había logrado, a excepción de Zapata. Ése fue el momento en que Villa finalmente se volvió un líder popular reconocido, a pesar de los desmanes y tropiezos posteriores.
Aunque los objetivos agraristas eran más limitados que los de Zapata, Villa tuvo muy presente, recurrentemente, un claro objetivo agrario: la devolución de las tierras despojadas a los pueblos, mientras que, por ejemplo, Carranza estaba comprometido, siendo el Jefe Máximo de la Revolución Mexicana, a devolver las haciendas a sus antiguos propietarios, que habían sido despojados por la Revolución Mexicana.
Incluso cuando Zapata habló de la repartición de la tierra, durante las pocas semanas que Villa tuvo poder real como gobernador, un sentimiento de euforia se apoderó de amplios sectores de la población. Villa siempre había odiado a la oligarquía y había defendido la idea de proceder contra ella.
Sin embargo, la situación de los habitantes de Chihuahua y los campesinos zapatistas en Morelos era profundamente diferente. Como explica Katz, “Zapata libraba una guerra de guerrillas esencialmente defensiva. Sus soldados campesinos seguían viviendo cerca de sus pueblos y podían, por tanto, participar en el reparto de tierras. De hecho, percibirlas acrecentaba la determinación de combatir, ya que muchos tenían por qué pelear. En cambio, los villistas libraban una guerra ofensiva lejos de sus pueblos. Villa no tuvo que pagar un alto coste político por demorar la reforma. Era parte de la conciencia histórica de los habitantes de las antiguas colonias militares que la tierra se ganara peleando. Sus ancestros la habían recibido a cambio de combatir contra los apaches y ahora ellos la merecerían combatiendo a la contrarrevolución.” (Katz, 2004)
A pesar de todos sus tropiezos, uno de los grandes aciertos de Villa fue su vinculación con el pueblo. Cuando tuvo algo de poder, Villa no lo usó para contentarse con la oligarquía, ni para enriquecerse personalmente. Como lo mencionó en alguna carta: muchas veces seguí luchando porque no me dejaron otra opción.
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Escrito por Aquiles Celis
Maestro en Historia por la UNAM. Especialista en movimientos estudiantiles y populares y en la historia del comunismo en el México contemporáneo.