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La situación de los jóvenes en México es cruda evidencia de los males económico-sociales que aquejan a nuestro país. También constituye un golpe de realidad contra la retórica política del sexenio que termina y su proclamación de triunfo contra la pobreza. La pobreza, el desempleo, la precariedad laboral y la violencia persisten e impactan con especial dureza a la juventud mexicana. Así lo demuestran algunos indicadores clave.
El Método de Medición Integrada de la Pobreza (MMIP) define la pobreza en función del nivel de satisfacción de necesidades ligadas a los derechos humanos fundamentales, tales como el derecho a la educación y a la cultura, al descanso, a una alimentación nutritiva y suficiente, al acceso a agua potable, a una vivienda digna, a la seguridad social, la asistencia médica, entre otros, finalmente, el derecho a un nivel de ingresos suficiente para vivir mínimamente bien. Los resultados de esta medición revelan que, a nivel nacional, en 2022, habían 32.4 millones de personas entre cero y 17 años, de un total de 37.2 millones de habitantes en ese rango de edad, viviendo en situación de pobreza. En otras palabras, el 86.7 por ciento de los menores de edad enfrentan, desde su nacimiento, las duras condiciones de la miseria.
¿Qué tipo de sociedad es ésta que, en medio de la abundancia, es incapaz de brindar un mínimo de protección social a quienes inician su vida? Esta descarnada realidad refleja no solamente la falta de atención del Estado hacia la infancia y la adolescencia, sino también la pobreza generalizada de sus padres y de la inmensa mayoría de las familias mexicanas.
Las dificultades continúan cuando los jóvenes comienzan su vida productiva. Los rasgos característicos del mercado laboral mexicano, esto es, subocupación, informalidad y bajos salarios, se expresan con mayor agudeza en los jóvenes. La tasa de desempleo entre los jóvenes, en los últimos 10 años ha estado por arriba de la tasa de desempleo general. En 2023, la tasa de desempleo entre la población de 15 a 29 años fue de cinco por ciento, mientas que la tasa general cerró en 2.7 por ciento. Asimismo, el subempleo en la población joven se mantiene en prácticamente los mismos niveles de 2018, alrededor del seis por ciento. Por otro lado, entre la población ocupada de 15 a 29 años, siete de cada 10 vive con un ingreso laboral menor o igual a dos salarios mínimos, esto es, con menos de 15 mil pesos mensuales para este año. No obstante, muchos de ellos no son considerados laboralmente pobres porque su ingreso está por arriba de la línea de pobreza convenientemente fijada en un monto muy bajo de cuatro mil 500 pesos al mes.
Para los jóvenes, la informalidad es su principal fuente de trabajo, de aquí que seis de cada diez trabajadores en este rango de edad no tengan acceso a ninguna institución de salud pública. La viral expresión de que los jóvenes de hoy viven peor que sus padres se hace especialmente patente en la cuestión de la vivienda. Sus magros ingresos, la falta de ahorros, el limitado acceso al crédito, aunado a precios inalcanzables de la vivienda, impiden a los jóvenes la posibilidad de forjar un patrimonio que les dé estabilidad y seguridad en su vida adulta. Ante este panorama, no resulta increíble la estimación de que el 74 por ciento de la población de 18 a 29 años se encuentre en condiciones de pobreza, según el método de medición integrada de la pobreza que se mencionó al inicio.
Derivado de esta podredumbre económica, los jóvenes son también las principales víctimas de otros padecimientos sociales como la violencia. En México, los homicidios son la principal causa de muerte de la población de 15 a 34 años, y no en pocos casos, la delincuencia es la alternativa de vida para los jóvenes.
¿Qué perspectivas de futuro hay, pues, para la juventud? Su situación actual revela una profunda verdad: el sistema económico vigente no tiene nada que ofrecer más que la reproducción de la pobreza. No hay ninguna razón para esperar otros seis años a que las promesas de “transformación” se materialicen. La única vía que nos queda es asumir un papel activo, organizarnos y unirnos, en la construcción de una sociedad viable, justa y próspera.
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Escrito por Tania Rojas
Maestra en Economía por El Colegio de México. Estudia un doctorado en Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, en EE.UU.