La falta de vigilancia en áreas de alto riesgo y la limitada capacidad hospitalaria dificultan dimensionar el alcance real del brote.
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Grupos del M23 patrullan las calles de la ciudad de Goma, en la provincia de Kivu del Norte (FOTO / France 24).
El 27 de enero pasado, el grupo rebelde M23 tomó la ciudad de Goma, la más grande e importante en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Desde ese día, los enfrentamientos entre los grupos rebeldes y los miembros del Ejército de la RDC han generado inestabilidad e inseguridad en la zona, lo que ha obligado al desplazamiento de miles de congoleses.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) reportó hoy que, en tres días de enfrentamientos, se han registrado 2 mil 29 heridos en centros de salud y otros puntos de atención, y 45 muertos en tres zonas sanitarias”, además de que los hospitales de Goma se encuentran saturados por la afluencia de heridos.
“Estos avances (de M23) representan una grave violación del alto el fuego, exacerban la grave crisis humanitaria y de desplazamiento en la zona oriental de la República Democrática del Congo y socavan los esfuerzos por alcanzar una solución pacífica y política duradera al conflicto mediante el proceso de Luanda”, señaló en un comunicado el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU).
En Goma viven cerca de un millón de personas. Es la capital de la provincia de Kivu del Norte, situada al noreste del país, cerca de la frontera con Ruanda, y es una zona muy rica en minerales. Goma desempeña un papel esencial en la economía y la administración del país africano, pues desde aquí se controlan las minas de coltán, oro, estaño y cobalto esenciales para la fabricación de teléfonos móviles y baterías para vehículos eléctricos. Este factor es relevante tomando en cuenta que RDC cuenta con la mayor reserva de cobalto del mundo, el 74 por ciento, y el 80 por ciento de todo el coltán.
Minas de cobalto, mineral imprescindible para la producción de pilas de celulares y equipos electrónicos. (FOTO / El Pais)
La respuesta mundial ante este conflicto ha sido tibia y se ha dejado las naciones africanas a su suerte. Ante el aumento de la violencia, las organizaciones humanitarias, entre ellas Amnistía Internacional, han advertido que la violencia podría provocar hambrunas, brotes de enfermedades y nuevos desplazamientos masivos.
Hasta ahora, el único organismo internacional que se ha pronunciado sobre el conflicto es la ONU, que “condenó las violaciones persistentes del derecho internacional humanitario y los abusos de los derechos humanos en la zona, incluida la violencia sexual y de género, el reclutamiento y la utilización de niños soldados y las ejecuciones sumarias por parte de grupos armados, pidiendo rendición de cuentas por estas atrocidades”.
Conflicto antiquísimo
Pero, ¿qué detonó este enfrentamiento? El conflicto es viejo, un legado del colonialismo belga en Ruanda (1916-1962) que desarrolló pugnas étnicas e inestabilidad política en toda esa zona de África central, misma que perdura hasta nuestros días.
Pero el acontecimiento que marcó un hito en este conflicto es el registrado en 1994. En abril de ese año, grupos extremista de la etnia hutu asesinaron a cerca de 800 mil personas de la etnia tutsi, un grupo poblacional minoritario en Ruanda (país vecino a la RDC). Se calcula que cerca del 70 por ciento de la población tutsi fue asesinada en aquel genocidio.
El Frente Patriótico Ruandés (FPR), un grupo militar tutsi respaldado por el ejército del vecino Uganda, logró vencer a los extremista hutus, varios de ellos fueron asesinados, pero otros miles pudieron huir a la República Democrática del Congo, que en aquel entonces se llamada Zaire.
Desde entonces, el gobierno de Ruanda, que comparte antecedentes con el FPR, acusa a la RDC de proteger a esos grupos extremistas hutus. Por su parte, la RDC ha señalado a Ruanda de proteger y administrar armamento a grupos que luchan tanto contra las milicias hutus como contra el ejército congoleño, entre ellos el M23. Los líderes ruandeses han negado este señalamiento.
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Por su parte, el M23 ha acusado al Gobierno congoleño de no cumplir con el acuerdo de paz firmado en Nairobi en 2013, pues no ha integrado plenamente a los tutsis congoleños al Ejército del país y a su Administración, como sí lo ha hecho con la población hutu congoleña.
Los líderes de la RDC, afirman que el M23 no es más que un instrumento de los países fronterizos de Ruanda y Uganda, que intentan de hacerse del control de esa zona rica en recursos minerales.
No está claro que el conflicto se vaya a resolver rápido ni de manera pacífica, como sucedió en el último asalto de M23 a Goma, en 2013. Para Darren Davids, analista de la Economist Intelligence Unit, “anteriormente, ellos (M23) tenían demandas claras de ser integrados al Ejército de la República Democrática del Congo y tener una mayor participación en el proceso político del país”, pero ahora “parece que el M23, con la ayuda de Ruanda, tiene la intención de mantener el control de Goma y, más específicamente, las rutas de la cadena de suministro en Kivu del Norte”. Así lo aseguró en una entrevista a la agencia de noticias AP.
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Escrito por Adamina Márquez
Directora editorial de buzos web. Egresada de la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación por la UNAM.