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Reportaje Especial
Estados vasallos cimientan la Era Trump 2.0
Las agresiones del imperialismo estadounidense en Norcorea, Cuba, Vietnam, Chile, Libia y ahora en Venezuela no habrían sido posibles sin la colaboración servil de sus vasallos locales.


Las agresiones del imperialismo estadounidense en Norcorea, Cuba, Vietnam, Chile, Libia y ahora en Venezuela no habrían sido posibles sin la colaboración servil de sus vasallos locales.

Para salir de la estupefacción y el estado de alarma provocados por la agresión neomonroísta de Washington, Donald Trump exige el desenmascaramiento de quienes fueron y son cómplices de la oligarquía corporativa trasnacional estadounidense en estos estados.

Ningún conflicto prospera sin ayuda de terceros. Por esa colaboración abyecta se dieron asonadas en América Latina, África y Medio Oriente, bombardeos en Yugoslavia por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y ataques en Irak, Libia, Gaza, Rusia e Irán.

La actual Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (EE. UU.) cuenta con el apoyo de cómplices, cuya prioridad es “lo más cerca importa más que lo lejano, que debe ser ocupado y dominado físicamente”.

Por ello, Trump recurrió nuevamente a la Doctrina Monroe a la que, en su grotesca megalomanía, bautizó Doctrina Donroe (apócope de Donald y Monroe); y en sólo unos meses “lanzó” las fuerzas del rebautizado Departamento de Guerra contra Siria, Irán, Líbano, Yemen, Nigeria, Somalia y Venezuela.

Ésta es la actitud propia de un Estado militar que no obedece la Constitución de su país y decide acciones bélicas con acuerdos ejecutivos, acusó Jeffrey Sachs. Es así como Trump ha fracturado los cimientos de la convivencia internacional que rige al mundo desde 1945.

Pero, además, lo efectuó con aliados, cómplices y vasallos, esos rogué tate que, en el ámbito de las relaciones internacionales, sirven para “apuntalar” al neocolonialismo y que son una amenaza grave para la paz. Son potencias medias como Surcorea, Japón, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania y otras naciones europeas pertenecientes a la poderosa OTAN.

Por ello, tras el punto de inflexión marcado por el ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente el tres de enero, es una tarea obligada analizar el impacto de tales acciones y coaliciones en la nueva era del expansionismo imperial estadounidense.

En política, el comportamiento canalla para favorecer intereses individuales auspicia crímenes de lesa humanidad. No es el mismo sentido del calificativo que, en los años 80, el expresidente gringo Ronald Reagan aplicó a las 15 naciones de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; tampoco cuando, décadas después, el Departamento de Estado reeditó ese vocablo para denigrar a otros países considerados adversarios por la Casa Blanca.

El colaboracionismo con el enemigo representa un estigma porque quienes se benefician al pactar con el extranjero poderoso violentan la independencia y soberanía de su país. Esa traición no les mereció ni el perdón ni la piedad de los que, entre 1940 y 1941, pactaron con el nazi-fascismo, explica el historiador David Alegre.

Vasallos “de primera”

Los neofascistas aliados de EE. UU. consolidan las tácticas coercitivas (sanciones comercialesy financieras, expulsiones migratorias, campañas de odio, presiones diplomáticas y operaciones bélicas) sobre Estados donde se busca usufructuar sus recursos naturales, industriales o monetarios.

A cambio, el poderoso impone su fuerza. Hoy, EE. UU. despliega sus tropas en unas mil bases y complejos militares en el mundo. Según Global Firepower, el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo y el propio Departamento de Guerra de EE. UU., Italia sería el país que aloja a más militares estadounidenses (12 mil 535 elementos); lo siguen el Reino Unido, con nueve mil 515; la colonia estadounidense de Guam (seis mil 161), Bahrein, con cuatro mil ocho; España, con tres mil 256 e Irak, con dos mil 500.

Además de albergar tropas y armas, los Estados vasallos también respaldan bloqueos comerciales como el de Cuba; sanciones a Irán, Rusia y China; y medidas coercitivas a Venezuela. Esos vasallos se rinden al dominio de la fuerza imperial, a la impunidad de sus violaciones al derecho internacional y, peor aún, a su ideología de superioridad racial.

EE. UU. es el “ejemplo estelar” del Estado canallapues su gobierno demostró que “hay que ser muy canalla para hablar de preocupación por el pueblo cubano mientras se prolonga de manera indefinida el tenaz bloqueo”, refiere el analista Noam Chomsky.

La sumisión impide que los aliados de EE. UU. condenen las violentas acciones del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) para expulsar a inmigrantes únicamente por su perfil étnico y cierren los ojos ante la ideología de superioridad racial de los anglosajones.

En el Congreso de EE. UU., demócratas y republicanos evaden por igual criticar la radicalización supremacista en Alemania, cuyos jóvenes organizados en bandas ostentan suásticas cuando perpetran delitos graves contra personas de piel no-blanca.

Esta situación empeora con el triunfo del hipersegregacionista partido Alternativa para Alemania, advirtió el jefe de la Oficina de Investigación Criminal, Holger Münch, en una declaración a la agencia DW.

Por su vasallaje ante EE. UU., países de mayor desarrollo y bienestar como Canadá, Reino Unido y toda la Unión Europea (UE) perdieron su condición privilegiada, según el Instituto Global de Bienestar; la causa fue sumarse a Ucrania en su aventura de guerra contra Rusia y hoy ese bloque es incapaz de sufragar el alto sistema de vida y jubilaciones de sus ciudadanos.

En Asia, la relación de vasallaje de varias naciones con EE. UU. se centra en la “protección” en defensa y el aliento económico que les brinda. A cambio, Surcorea y Japón, por ejemplo, aceptan la onerosa y molesta presencia de miles de tropas estadounidenses.

Este sometimiento se debe a la contención del desarrollo económico-tecnológico de China, mientras EE. UU. profundiza su dependencia mediante el control de producción y exportación de bienes, más ahora con el hito tecnológico propiciado por la Inteligencia Artificial (IA) a través de microprocesadores y semiconductores.

Vasallos “de segunda”

Desde 2017, el entonces vicepresidente Mike Pence reiteró que América Latina es el “patio trasero” de EE. UU. y que sus gobiernos deben realinearse con Washington. “Lo que hagamos, lo haremos unidos”, sentenció a su paso por Colombia, Argentina y Chile.

Tal estrategia de reconfiguración geopolítica se ha activado en estos países, Centroamérica y la cuenca del Caribe mediante el uso de sus políticas de “paz a través de la fuerza” y la lucha “antidrogas” sin necesidad de ocupaciones militares directas.

El Caribe cuenta con unas 700 islas, islotes, arrecifes y cayos que van desde México (Quintana Roo), Belice, Colombia, las Guyanas (Surinam, la Guayana francesa y Amapá en Brasil).

La subregión depende del turismo y de la agricultura, la mayoría de su población vive bajo la línea de pobreza y con gobiernos muy dependientes. En esas paradisiacas islas hay bases militares, lavado de dinero, narcotráfico, tráfico de personas y turismo sexual.

Para Donald Trump, esos Estados vasallos son plataformas logísticas para sus operativos, como el perpetrado contra Venezuela, con el que busca adueñarse de sus preciados bienes geoestratégicos. Con la Iniciativa de Seguridad de la Cuenca del Caribe, EE. UU. busca doblegar a China en el ámbito económico mundial.

En Trinidad y Tobago, República Dominicana, Puerto Rico, Islas Vírgenes y Granada; así como en los territorios de ultramar de los Países Bajos (Curazao, Aruba y Bonaire), EE. UU. tiene una base de operaciones avanzadas y dos menores.

Trinidad y Tobago a sólo 11 kilómetros de Venezuela, es otro actor caribeño alineado con EE. UU. del que espera defensa, financiamiento y seguridad energética. El 15 de diciembre pasado, anunció que permitiría el tránsito y reabastecimiento de aviones y rotación de personal militar.

Esta isla redefinió su rol en el Caribe al proyectar su fortaleza industrial y pactar con EE. UU. la explotación del yacimiento Dragón, que alberga miles de millones de pies cúbicos de gas natural. A cambio, desempeña tareas de vigilancia de la seguridad marítima para combatir el narcotráfico.

Desde el 23 de agosto, la primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar –quien asumió en mayo por su posición pro-Washington– declaró, según la CNN: “Las únicas personas que debían preocuparse por la actividad militar de EE. UU. son las que participan en, o facilitan, actividades delictivas. Los que respetan la ley no tienen nada que temer”.

Persad-Bissessar se reunió con el jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, para estrechar la cooperación en inteligencia; y marines de EE. UU. modernizaron pistas, un radar y caminos del aeropuerto ANR Robinson; mientras sus Fuerzas Especiales entrenan en la alta mar de la isla. En octubre pasado Trinidad y Tobago recibió al petrolero venezolano que EE. UU. incautó ilegalmente, por lo que Caracas denunció que su primera ministra “transformó a su país en el portaaviones de EE. UU para atacar a Venezuela”

Ante esta agenda hostil y su alineamiento al plan guerrerista de Trump, Venezuela anunció el fin del Acuerdo Marco de Cooperación Energética para interrumpir el suministro de gas natural hacia esa isla.

República Dominicana, a 951 kilómetros de Venezuela, es otro Estado vasallo que busca cooperar con EE. UU. para contener la inmigración haitiana, porque comparte su territorio con ese Estado en plena ingobernabilidad. Sobre esa isla pesa la amenaza de delincuencia trasnacional (narcotráfico y tráfico de personas), aunque se beneficia del mercado estadounidense y su turismo por el tratado comercial.

El gobierno de Luis Abinaer convirtió a Dominicana en el país que ofreció mayor apoyo logístico durante la operación Lanza del Sur de EE. UU. contra Venezuela. Firmó acuerdos con el Secretario de Guerra Pete Hegseth que autorizan el uso del aeropuerto Las Américas y la base aérea San Isidro para trasladar tropas y equipo, confirmaron fuentes militares de la agencia AP.

Si en la década de los 80, EE. UU. bombardeó Granada para amilanar a la Revolución Sandinista, hoy esa pequeña isla mantiene tratados de cooperación policial e intercambio de información y capacitación con su anterior victimario.

Granada, a 145 kilómetros de Venezuela, permitió a la Casa Blanca instalar un radar en el aeropuerto Maurice Bishop para detectar vuelos con carga ilegal. Sin embargo, también de ahí han despegado aeronaves de alto fuselaje con personal técnico que participa en ejercicios militares conjuntos bajo mandato estadounidense.

Islas Vírgenes de los EE. UU., excolonia de Dinamarca hasta 1917, es un territorio no autónomo que depende del turismo, la producción textil, el ensamblaje de relojes y la refinación de crudo de su planta en Saint Croix. Pese a este potencial, su deuda preocupa al Banco Mundial.

Hace años, su pueblo intenta poseer su propia Constitución; en 2010, el expresidente Barack Obama obstaculizó el borrador porque “excedía” su estatus de enclave. El 80 por ciento de su población es afroamericana y es discriminado por el 15 por ciento de blancos que domina la política.

Puerto Rico es colonia de EE. UU. a pesar de ser “Estado asociado”. Pese a distar unos 800 kilómetros de Venezuela, históricamente ha dado apoyo a las incursiones bélicas de la potencia contra América Latina, ofreció el apoyo logístico y albergó aeronaves, como el Boeing C-17 Globemaster de transporte de tropas y suministros, que atacaron el Palacio de Miraflores.

Aunque no está en el Caribe, para el Comando Sur Panamá es una extensión del territorio bajo su custodia por el uso de su vía interoceánica. Desde ahí, el personal de esa autoridad espía socava e impone pactos militares a otros países de la región, que dan cobertura en su campaña Lanza del Sur.

Desde 1991, todos estos Estados han votado en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) contra el proyecto para levantar el genocida bloqueo comercial estadounidense contra Cuba. Israel se ha opuesto a este reclamo desde hace 35 años; otros Estados serviles votan por esa política inhumana de forma esporádica, como Rumania, Islas Marshall, Colombia, Ucrania, Brasil, Macedonia Norte, Paraguay y Hungría.

Críticas desde América

Un inesperado reclamo al rol servil ante EE. UU. provino el seis de enero desde Santiago de Chile, cuando el aún presidente Gabriel Boric reveló que, por ganarse su favor, “sólo se humillan los líderes que le rinden pleitesía y se muestran serviles al mandatario” estadounidense.

Boric, cuya gestión resultó polémica por incumplir promesas y expectativas de sus electores, aludía al comunicado del Departamento de Estado de EE. UU. que proclamó: “Éste es nuestro hemisferio y el presidente Trump no permitirá que nuestra seguridad sea amenazada”.

Una de las definiciones más contundentes de las actitudes políticas mezquinas fue aportada por el periodista Randy Alonso: “De canallas es ignorar el pedido de Cuba de comprar materiales para reconstruir los daños del huracán Ian. Canallada es tuitear que se apoya la emigración legal de Cuba cuando se mantiene la Ley de Ajuste Cubano”.

A ello se suma la denuncia de Chomsky en su ensayo El imperio de la fuerza en los Asuntos Mundiales. “Es de canallas negarle a Cuba la venta de oxígeno en el pico de la pandemia por Covid-19 mientras fallecían personas en los hospitales. De canallas es perseguir a los buques que le llevan combustible, impedir que lleguen a La Isla jeringas, medicamentos contra el cáncer o quitar la visa a extranjeros que cometieron el pecado de visitar Cuba”.

Como colofón, hay que agregar que solamente los canallas se asocian con sus iguales para cometer canalladas. Ésa no es política, sino maldad. 

 


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


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