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Hablemos de la necesidad de que los trabajadores y todas las personas de los sectores populares se vuelvan intelectuales.
En sus Cuadernos de la Cárcel, el comunista italiano Antonio Gramsci sostiene que, en principio y en potencia, todas las personas podemos llegar a ser intelectuales, es decir, que todos podemos desarrollar nuestra capacidad para reflexionar crítica y sistemáticamente.
Pero la idea de Gramsci no se queda aquí. Para él, es necesario que los trabajadores y subalternos desarrollen esta capacidad. Porque quien no aprende a dudar y a ordenar su pensamiento está condenado a repetir las ideas de otros y a ser un agente pasivo del desarrollo histórico. En cambio, quien eleva su pensamiento y su conciencia se vuelve capaz de participar activamente en la transformación del mundo.
Emanciparse intelectualmente y aprender a pensar por nosotros mismos. Ésta es la consigna de Gramsci. Pero esto no es sólo algo deseable, sino necesario. Porque son precisamente los trabajadores, los explotados y los oprimidos de la sociedad quienes más necesitan hacer valer su voz y sus intereses en la transformación de la sociedad. Nadie lo hará por ellos.
Pero esta idea de Gramsci no es nueva, sino que ha estado presente en el movimiento socialista desde hace muchísimos años.
En su libro Historia del movimiento obrero, Édouard Dolléans señala que esta idea estaba muy presente entre los trabajadores franceses durante la década de 1840. Así, nos cuenta la historia de Adolphe Boyer, un obrero tipógrafo que trabajaba en las imprentas y que, probablemente acosado por las deudas y la miseria, decidió gastar sus últimos ahorros en imprimir un libro de su autoría antes de quitarse la vida. “Por imperfecta que sea nuestra educación intelectual, nos dice Adolphe Boyer, pongámonos a la tarea, dejemos por un instante la lima, el martillo y tomemos la pluma; digamos nuestras necesidades, proclamemos nuestros derechos y pidamos justicia…”.
Esta misma idea está en el pensamiento de Marx cada vez que llama a los proletarios del mundo a educarse, organizarse y a ser ellos mismos los que, en la medida de sus posibilidades, dirijan los procesos revolucionarios. Por eso Marx nunca se contentó con la socialdemocracia reformista, que se limitaba a pedir concesiones al Estado. Marx también quería la independencia ideológica y organizativa de los trabajadores, su emancipación política.
Ésta es la razón por la que Marx, en su Crítica al Programa de Gotha, señala con toda precisión que “de ningún modo es propósito de los obreros, que se han liberado de la estrecha mentalidad del humilde súbdito, hacer libre al Estado (…) La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella”.
Para que los trabajadores y oprimidos se liberen es necesario que eleven su conciencia y se organicen activamente para superar todas las formas de enajenación, es decir, todas las formas de organización social que, habiendo sido creadas por las personas, ahora las someten y controlan. Marx no sólo quiere superar el capitalismo como organización económica, también quiere superar la subordinación política e ideológica de las masas.
Esta misma idea sobre la emancipación ideológica de las clases oprimidas está presente en muchos otros pensadores como Lenin, Rosa Luxemburgo, Mao o Revueltas –en México–. Y la cuestión no es menor. Por supuesto, para lograr la liberación completa de la sociedad se necesitan grandes y profundas transformaciones económicas, pero también enormes esfuerzos de educación y organización popular.
Como dijo El Ché, además del desarrollo técnico de la economía, hay que considerar también que “el comunismo es un fenómeno de conciencia, no se llega a él mediante un salto en el vacío, un cambio de calidad productiva, o el choque simple entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. El comunismo es un fenómeno de conciencia y hay que desarrollar esa conciencia en (las personas), de donde la educación individual y colectiva para el comunismo es una parte consustancial a él”.
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Escrito por Pablo Bernardo Hernández
Licenciado en psicología por la UNAM. Maestro y doctor en ciencia social con especialidad en Sociología por el Colegio de México.