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El tren de los niños
El tren de los niños (2024), de la realizadora italiana Cristina Comencini, se ambientada en los primeros años, después de haber concluido la Segunda Guerra Mundial.


Desafortunadamente, en las plataformas streaming, la inmensa mayoría de los filmes, series, documentales, eventos deportivos, diversos espectáculos, etc., tienen un marcado sello mercantil. Es difícil encontrar materiales con un contenido cultural, artístico, que tengan una orientación progresista. Más bien, los materiales que inundan esas plataformas abordan historias insulsas o son del género de “terror” (que fomenta la irracionalidad y la visión anticientífica y retrógrada de la realidad), comedias “románticas”, películas de “acción”, de “intriga”, de “suspenso”, etc., Sin embargo, de vez en cuando, nos presentan alguna cinta que aborda alguna problemática social trascendente; abordan la vida de personajes históricos, cuyas acciones rebasaron lo anecdótico e influyeron en el curso del devenir histórico y social.

Una cinta recientemente estrenada en una de estas plataformas es la película italiana El tren de los niños (2024), de la realizadora italiana Cristina Comencini. Ambientada en los primeros años, después de haber concluido la Segunda Guerra Mundial, nos cuenta la vida de un niño nacido y criado en sus primeros años en Nápoles. Este niño es Amerigo Speranza (Christian Cervone), huérfano de padre y cuya madre, Antonietta Speranza (Serena Rossi) se esfuerza por mantenerlo. Son tiempos de extrema penuria económica, dadas las secuelas de la Segunda Guerra Mundial; el sur de Italia es mucho más pobre que el norte de la península.

El tren de los niños se basa en la novela homónima de Viola Ardone. A iniciativa del Partido Comunista italiano, de 1945 a 1952, más de 70 mil niños fueron trasladados del sur al norte de Italia para evitar que la pobreza los hundiera en la desnutrición, el hambre y otras penurias (a esta iniciativa se le conoció como El tren de la felicidad, dado que los niños tenían que ser trasladados en tren). Amerigo viaja a Módena y es adoptado temporalmente por una familia de clase media baja que puede brindarle una mejor alimentación y educación. Amerigo también es protegido, desde su llegada a Módena, por una activista comunista llamada Derna (Barbara Ronchi). Entre Derna y Amerigo se establece un fuerte lazo de amistad y afecto. Al principio de su estancia en Módena, Amerigo tiene problemas de adaptación a su nueva vida (incluso tiene pleitos con uno de los hijos de sus padres adoptivos); sin embargo, pronto se va ganando la confianza del jefe de la familia (Iván Zerbinati), quien percibe la diferencia entre sus hijos biológicos y Amerigo, quien se interesa por la música y por aprender a tocar el violín; lo impulsa en este deseo y le regala un violín.

Al terminar del ciclo escolar, Amerigo debe volver a Nápoles para ver a su madre, Antonietta, quien a pesar de su belleza, es analfabeta; cuando Amerigo le muestra su violín, ella le dice que en su situación económica él no debe perder el tiempo con ese instrumento y lleva el violín a la casa de empeños; cuando Amerigo descubre la falta del violín y que le han ocultado las cartas de su familia adoptiva, decide regresar a Módena.

Las escenas finales son conmovedoras, pues Amerigo ya adulto, va visitar la casa que perteneció a su madre; al hurgar debajo de la cama donde él durmió cuando niño, descubre que ahí está su violín; entonces llora al recordar a su madre y su infancia. La realizadora de esta película hace un homenaje a los cineastas italianos, maestros del neorrealismo, con secuencias que presentan imágenes de un cine coral; además, su contenido tiene un sello humanista que reivindica a aquellos hombres y mujeres comunistas que a pesar de que sus enemigos los acusaban de ser “come niños”, la encarnación de la maldad y “capaces de llevar a los hornos a los niños”, hicieron grandes esfuerzos por ayudar al pueblo trabajador a buscar y encontrar salidas benéficas a su situación de miseria. 


Escrito por Cousteau

COLUMNISTA


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