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En la última década del Siglo XX se dio un golpe al socialismo del cual no se ha podido recuperar, esto a pesar de que la necesidad del mismo sigue haciéndose cada vez más evidente. Con la desaparición de la Unión Soviética se impuso la idea de que había llegado el momento de realizar uno de los sistemas políticos más justos y deseables, la democracia. Se planteó que ahora, sin el obstáculo que representó el totalitarismo socialista, le tocaba a la sociedad de mercado materializar los valores democráticos.
¿Pero de qué democracia se hablaba? Evidentemente no de la que busca que el poder esté en manos de las mayorías, de la que busca la igualdad política y económica dentro de una sociedad. Cuando se hablaba de la defensa de la democracia se hacía referencia a cuestiones meramente electorales, que poco tienen que ver con la esencia de la democracia. Decía el historiador Josep Fontana, refiriéndose a otro momento en que la burguesía imponía sus intereses a la sociedad, el gran engaño consistía en hacernos pensar que la consolidación de las clases dominantes y el fortalecimiento del poder de las mismas se hacía en beneficio general de la sociedad. Y es que, para estas clases, la democracia no tiene nada que ver con la igualdad económica, para ellas es un mero procedimiento para la elección de los gobernantes en el que el papel de los ciudadanos se reduce a otorgar el voto.
Bajo estas premisas podemos explicarnos por qué a más de treinta años de haber desaparecido el bloque socialista no se ha implantado un sistema que asegure el bienestar de las mayorías, y esto no va a suceder mientras no se cambie el sistema económico que sostiene la desigualdad: el neoliberalismo. De todos lados escuchamos que el único sistema económico en el que puede existir la democracia es en el de libre mercado. Pero esto es una mentira tanto política como socialmente. En términos políticos, restringiéndonos a las cuestiones meramente electorales, que son las tomadas en cuenta, vemos que la posibilidad de elegir a quien gobierna ha sido monopolizada por las clases altas. En México, el sistema de partidos acapara el poder para elegir gobernantes, el electorado no es sino un mero ente pasivo que sólo tiene que escoger entre la oferta de partidos existentes. Una candidatura fuera de la órbita de los partidos es prácticamente imposible.
Por otro lado, en el aspecto social, el empobrecimiento de las clases populares y el aumento de la desigualdad es muy evidente. Los ricos se han hecho más ricos, incluso en tiempos de crisis como la del Covid-19; los únicos que han salido beneficiados son ellos. Cosa contraria pasa con las clases populares, que vieron cómo sus ingresos y patrimonio se reducían. Esto se debe principalmente a que las grandes empresas lucraron con la tragedia. Asimismo, en el resto de los años en los que no hubo crisis sanitaria, en otras crisis, como la de 2008 en Estados Unidos, los únicos que perdieron el patrimonio fueron las personas de bajos ingresos, mientras que el gobierno protegió a los grandes corporativos financieros.
Si bien es cierto que el bloque socialista padecía problemas económicos y sociales, éstos no fueron diferentes que los de la mayoría de los países, lo que sí fue diferente es el cuidado que el Estado mismo daba a su población, con altos niveles de educación, salud, etc. Esto sin contar que todo lo que logró la URSS lo hizo en un tiempo muy breve comparado con el resto de Occidente. Hoy, China ha logrado avances de gran importancia en materia de bienestar. Ha demostrado que es capaz de producir grandes cantidades de riqueza, más que cualquier otro país que se diga democrático, pero también demostró que al mercado hay que ponerle límites para hacer que esa riqueza se reparta de manera más equitativa. Entre otras grandes hazañas, los chinos lograron sacar de la pobreza a más de 100 millones de personas.
Aunque los medios y voceros del capitalismo digan lo contrario, hoy podemos decir que la realización de una democracia que vaya más allá de las limitaciones electorales sólo puede ser posible en una sociedad de orientación socialista.
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Escrito por Diego Martínez
Sociólogo por la UNAM.