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Los grandes defensores y guías de los trabajadores, Marx, Engels y Lenin, vieron que para que la clase obrera concretaran los principios revolucionarios, era necesario instaurar lo que llamaron la “dictadura del proletariado”. Este concepto, mal entendido y distorsionado, fue utilizado por las clases poderosas y la burguesía mundial para lanzar una campaña mediática contra todo país u organización que se denominara socialista, y para afirmar que todos los Estados con este tipo de régimen coartaban las libertades de sus pueblos y les “lavaban el cerebro” a los ciudadanos, de manera que estos se convertían en “autómatas”, vivían manipulados y todos eran obligados a vestir de igual manera como si fueran militares.
Puede ser que en algunos de esos países se hayan cometido algunos abusos a la hora de instalar la “dictadura del proletariado” cuyo principio original, sin embargo, tiene un sentido distinto al que las clases poderosas le han querido endilgar. Es evidente que cuando los socialistas toman el poder político en un país, las clases pudientes que durante décadas se han beneficiado del statu quo se resisten a las condiciones socioeconómicas impuestas por el proletariado y que, a su vez, éste lleve hasta sus últimas consecuencias los principios del socialismo para que sus gobiernos sean verdaderamente obreros y defiendan los intereses de los trabajadores. Así se explica por qué fueron acusados de dictadores José Stalin, Mao Zedong, Fidel Castro, Hugo Chávez y otros más, quienes abrazaron los ideales que defienden los intereses de los más pobres en sus patrias y se atrevieron instalar los principios socialistas contra de los imperialistas.
Ahora bien, un análisis integral del concepto “dictadura” incluye necesariamente su práctica en manos del capitalismo y el imperialismo, cuya experiencia es aún mucho más sutil y perversa porque en un corto periodo histórico ha provocado a la humanidad muchas desgracias con costos de muerte, por vía de la violencia y el hambre, a decenas de millones de personas. Por citar algunos ejemplos: la invasión estadounidense a México entre 1846 y 1848, que obedeció a los ánimos expansionistas de la nación vecina del norte, que acabó quitándonos más de la mitad de nuestro territorio; las bombas atómicas que EE.UU. hizo estallar sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945, que causaron la muerte de miles de civiles y cuyo objetivo fue demostrar la supremacía criminal estadounidense y advertir que, a partir de entonces, asumiría el control del mundo; la guerra contra Vietnam, hecha con el propósito de que el promisorio futuro de Japón y China no se animara a contender con la hegemonía estadounidense; el soporte político que EE.UU. dio al golpe militar en Chile, con consecuencias fatales para miles de ciudadanos y un larga secuela dictatorial; la arbitraria guerra contra Irak en la supuesta búsqueda de armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas, pero que propició el saqueo de la cultura milenaria babilónica ,y produjo ríos de sangre en el pueblo iraquí por obra de las balas del ejército estadounidense. Y la lista puede seguir con un largo etcétera.
Pues bien: la diferencia entre la dictadura imperialista y la dictadura del proletariado está en su contenido. Mientras la primera busca adecuar las leyes para garantizar la supremacía del capital sobre el trabajo asalariado, la segunda pretende promover la supremacía del trabajo, creador de la riqueza, sobre el capital; es decir, la dictadura del proletariado plantea que el trabajo del hombre, el cual da vida al capital, no sufra al producir la riqueza y que los productores de esta disfruten de ella para que no suceda lo que ahora: los que disfrutan la riqueza no trabajan y los que trabajan no disfrutan la riqueza.
Pues bien: ¿Qué está sucediendo en México en los días que corren? ¿Estamos ante un modelo de producción y distribución socialista? ¿Se está instrumentando en México la dictadura del proletariado; es decir, un modelo en el que el hombre es hermano del hombre, éste trabaja y vive sin llorar? Lamento decir que no. En México el pueblo votó a favor de un grupo político llamado Morena -partido lleno de expriistas, de experredistas, expanistas y ex miembros de todos los demás partidos; es decir, una capirotada ansiosa de asumir el control político y económico del Gobierno Federal, las gubernaturas y los municipios- que está utilizando el voto popular como ariete o cheque en blanco para efectuar una política con la que dice estar defendiendo al proletariado, pero que en realidad lo está lastimando.
¿Cuál es la estrategia? Acotar y eliminar a los enemigos por la vía del cambio de leyes que “combatan la corrupción”; sin embargo, vemos una serie de leyes que atropellan a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Por ejemplo: ¿Qué dice el Presidente de la República “maderista” de la aprobación arbitraria del Congreso de Baja California de la prolongación del mandato de dos a cinco años del futuro gobernador morenista de esa entidad? ¿Qué dice el otrora defensor de los derechos de los mexicanos a la manifestación de la “ley garrote” aprobada en su estado natal para frenar las posibles movilizaciones populares contra la refinería Dos Bocas? ¿Se le olvidó al hoy mandatario la toma de los pozos petroleros en Tabasco; la incitación a no pagar la luz en su estado y el plantón del eje Madero-Juárez-Paseo de la Reforma, el cual duró varios días?
He escuchado al Presidente decir que los cambios por él propuestos van a fondo, pero puedo decir que no son los cambios que los mexicanos están esperando, ni los que requieren de una consulta nacional extensa y profunda o un análisis racional, científico, paciente y cabal antes de ser aplicados. No, no se trata de estos cambios, sino los del plan del Presidente. Es cierto que nadie puede estar sorprendido por lo que está sucediendo, pues en el Movimiento Antorchista desde hace tiempo, y con claridad científica, se afirmó que al país no le convenía un cambio de régimen, y menos hacia un raro tipo de gobierno que interpreta lo malo que hay en el país en un aspecto de la realidad que no es más que una consecuencia de algo mayor: la corrupción; un “mal de males” que, sin embargo, no es más que un efecto de un mal mucho más profundo: el modelo económico.
Entonces ¿ante qué estamos? Ante un modelo persecutorio que viola la Constitución, que rechaza los derechos humanos, que prohíbe las manifestaciones y las criminaliza; que eleva a rango constitucional delitos tan abstractos como la “corrupción” que ahora es delito grave. Pero ¿qué es la corrupción? ¿Quién dice si eres o no corrupto? No se sabe. Una ley como la de Extinción de dominio, con la que el Estado tendrá acceso a bienes cuya adquisición lícita no pueda comprobarse, no afectará sólo a los delincuentes del crimen organizado sino también a cualquier mexicano que, por una omisión de trámites o la comisión de un delito menor, puede ser investigado por el Ministerio Público y sancionado con la pérdida de sus bienes patrimoniales, como podría ocurrirle, por ejemplo, a los familiares que construyen sus casas o pequeños negocios con las remesas enviadas por los trabajadores migrantes enEE.UU. De este tamaño el nuevo modelo persecutor.
No. No estamos ante una dictadura del proletariado, pues todo lo que el gobierno actual está haciendo va a perjudicar al pueblo trabajador. Estamos ante un proyecto de Estado policiaco autoritario que usará el combate a la corrupción como ariete para llevar adelante sus propósitos. Cuidado.
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Escrito por Brasil Acosta Peña
Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.