El avance tecnológico no es malo ni bueno en sí mismo.
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Me enteré de que el CEO de Spotify, Daniel Ek, ha invertido desde 2021 miles de millones de euros en Helsing, una industria alemana que desarrolla software para usos militares y se ha convertido en una de las empresas tecnológicas privadas más grandes en Europa. Según su autopresentación, “utiliza inteligencia (Artificial) para proteger democracias” y hoy en día, sus drones (HF-1) son ocupados en la guerra de Medio Oriente impulsada por Estados Unidos e Israel. Eso, como es natural, me estremeció, porque al consumir la plataforma “de música”, uno escucha la brutalidad de la muerte, la oyes comerse a los niños hambrientos y sientes cómo cubre al mundo. Sin embargo, en esta noticia que enfoca al personaje principal, no miramos los detalles, como la dimensión de los grilletes que nos ha fabricado la burguesía.
Como pobre soy (quienes me conocen, saben), este mes no pude pagar el Spotify y decidí cancelar mi suscripción, entonces me di cuenta de cómo funcionan estas drogas del sistema y cómo nos enganchan a ellas.
Científicamente, es decir, a través del conocimiento de la realidad material, el sistema fabrica mecanismos para mantener controlada a la sociedad entera. En la comunicación se ha logrado implantar, por gracia del estudio biológico del cerebro, un psicotrópico que no es evidente porque no es tangible: quiero decir que no se inyecta, inhala, traga, bebe o mastica y ni si quiera se una; digamos que es más bien un detonador de sustancias segregadas por nuestro cuerpo: una droga virtual. Ese opioide se introduce a través de la glándula occipital y el lóbulo temporal; la primera es un área del cerebro que procesa las imágenes recibidas por nuestros ojos, el segundo está encargado de detectar y procesar ondas sonoras. Tener ese lóbulo y esa glándula funcionando nos convierte en perfectos candidatos a las drogas que fabrican.
Los científicos del sistema descubrieron que con estos opioides nuestro cerebro segrega dopamina y serotonina, la primera es un neurotransmisor que se asocia con el sentimiento de placer o éxtasis, en cuanto a la serotonina, es un neurotransmisor que se relaciona con la tranquilidad y el buen humor. Bueno, resulta que todas las drogas actúan sobre esos neurotransmisores, alterando y perturbando el correcto funcionamiento físico y emocional del ser humano; su abuso genera dependencia física y/o psicológica; ¡por eso ya no puedes cancelar tu suscripción!, me repite mi corteza prefrontal, mientras escucho otro comercial de los beneficios que ofrece Spotify Premium.
Esta plataforma “de música”, como muchas otras, pensadas para el control social, nos genera segregaciones abundantes de dopamina en periodos pequeños de tiempo; luego, cuando nos quitamos los audífonos, esos niveles de dopamina bajan y en un abrir y cerrar de ojos ya somos dependientes… ¡adictos! Necesitamos de esos pequeños impulsos de dopamina que nos proporciona el celular (vehículo del placer sensorial) para no sentirnos mal.
…Ya no me deja regresar la canción, ni seleccionar artistas, mucho menos álbumes y si algo de mi ligero agrado (ya no mi selección) se reproduce, lo terminaré escuchando, porque mi cerebro necesita aunque sea un poco más de dopamina; si no la obtengo andaré molesto y con ansiedad; en mi cerebro habrá un déficit de GABA –un neurotransmisor inhibitorio que ayuda a regular la actividad neuronal y mantener el equilibrio químico cerebral–, o mis glándulas suprarrenales liberarán cortisol, sepa Dios… lo cierto es que si no pago, la música se reproduce de forma aleatoria y por cada dos canciones, dos cucharadas de comerciales para pobre que me hacen sentir fatal. Todo eso lo saben las grandes industrias de la comunicación y el entretenimiento (Netflix, Amazon, Facebook, Tik-Tok, etc.), déjame hacer una analogía sobre su papel como camellos (distribuidores) del opioide.
Para que esto funcione hay un factor material indispensable y es el perfeccionamiento de la industria; las fuerzas productivas se remodelan, se reconstruyen, se perfeccionan, (una y otra vez… una y otra vez), con ello logran brindarnos mayor calidad en productos estratégicos, (quiero insistir en que esto también depende del conocimiento de la realidad material del dueño de los medios de producción) y por eso se dan el lujo de subir los precios a su mercancía, algunos le llaman “valor agregado”, esas nuevas comodidades son golpecitos en la espalda al pueblo para hacerle sentir que mejora su calidad de vida (pantallas planas, mejor resolución de audio, mayor refresco de pantalla, mejores cámaras fotográficas…) y al mismo tiempo, patadas en el cráneo (la violencia del opioide que genera más adicción, adormece el cerebro, mantiene adictos a sus clientes).
“Si quieres escuchar contenido sin comerciales, contrata el paquete premium por $129 pesos al mes”. La buena burguesía, que es la peor, a veces cumple sus promesas para enganchar al público a su droga; si hay mejoras de calidad en determinado producto, la sociedad entera lo querrá y las personas se matarán entre sí por obtener el psicotrópico creado; al mismo tiempo, las empresas más competentes se van apoderando del mercado, aciertan golpes fatales a las empresas que no han podido desarrollar sus fuerzas productivas y le hacen creer al consumidor que nadie lo obliga a comprar dicha mercancía. No sólo eso. El negocio funciona porque el consumidor es al mismo tiempo el creador del opioide, lo elabora en cantidades inimaginables (directa o indirectamente) y luego lo consume en baja calidad.
Los siguientes datos puede servir para esclarecer el asunto:
De acuerdo con el New York Times, Apple le compra muchas de las partes del iPhone a más de 200 proveedores en todo el mundo, es decir, hay varios miles de trabajadores construyendo uno de los vehículos por donde viaja la droga.
Sólo en la sede de Foxconn en Zhengzhou, China, se producen alrededor de medio millón de unidades de iPhone ¡al día! y se pueden emplear hasta 350 mil trabajadores.
Según The Competitive Intelligence Unit, en México se venden alrededor de 30 millones de dispositivos nuevos al año (no sólo iPhone, sino otras marcas de celulares), lo que significa aproximadamente 125 mil millones de pesos que se embolsa el dealer (el capitalista) sólo con el dispositivo que contiene una inmensa variedad de sustancias psicotrópicas para el cerebro y que dejan enormes ganancias a otras industrias del capital.
Una de esas drogas es Spotify y, de acuerdo con Statista, en el primer trimestre de 2025, 268 millones de personas se suscribieron a dicha plataforma.
-Y ahí me ves regresando al “punto”, que también es virtual, bien ansioso, pagando mis 129 pesitos al mes para seguir consumiendo mi psicotrópico favorito…
Hace tiempo que entregaste tu alma al diablo y para qué, Fercho, para que nos toque el puro cochambre, los cocos, las ramas; nosotros fabricamos la droga y luego la compramos de vuelta en bolsitas de un gramo, y en la total legalidad.
Yo nada más digo, por si alguien se pregunta por el mejor dealer del planeta. El negocio es redondo, adictos se dejan media vida elaborando la droga que les quita la otra mitad de su vida; mientras tanto, el capitalista obtiene ganancias inimaginables.
… tampoco te deja regresar a la canción anterior, ni regresar al principio de la canción que estas escuchando, ¡estoy harto!, pero no hay manera de escapar, todo me sugiere que consuma el producto; la publicidad está en todas partes, en espectaculares, en la parada del autobús, en la ropa de la gente, y ya que todos consumen la droga, todos te invitan; no hay escapatoria; a veces tu familia es la más junky, te invitan todos y te invitan a diario, y si no la consumes te enfrentarás a la presión social, al castigo de la opinión pública, aunque ése será tema de otro artículo.
Por lo pronto basta decir que la única forma para combatir esas nuevas adicciones es ser capaces de conocer, como el propio capitalista, la realidad material que mueve a la sociedad, eso nos puede permitir romper las cadenas virtuales, usarlas a nuestro favor y acercarnos a la libertad. De lo contrario, aceptaremos vivir en el sufrimiento, quietos, mansos, drogados y sin alma.
Esto me hace pensar en la novela Pedro Paramo, cuando el padre Rentería va con el Cura y éste le aconseja: … “No hay que entregar nuestro servicio a unos cuantos, que te darán un poco a cambio de tu alma, y con tu alma en manos de ellos, ¿qué podrás hacer para ser mejor que aquellos que son mejores que tú?”.
El avance tecnológico no es malo ni bueno en sí mismo.
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Escrito por Fernando Landeros
Periodista