En alguna parte Marx escribió –citando a Hegel– que la historia se repite como si dijéramos dos veces.
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En México, los jóvenes representan el 30 por ciento de la población; pero en este sector, el desempleo abierto corresponde al 5.6 por ciento y el subempleo es de 7.6 por ciento. Estas cifras, por el hecho que resultan bajas con respecto a otros años, aparentan ser objeto de la manipulación gubernamental para sugerir que el programa Jóvenes Construyendo el Futuro es un éxito en el combate al desempleo y la precariedad laboral. Sin embargo, cuando se revisa minuciosamente su funcionamiento, enseguida destacan sus ínfimos resultados; y, sobre todo, que su opacidad es muy densa, porque los únicos beneficiados son los negocios que reciben mano de obra gratuita sin asumir el compromiso de brindar empleo formal a los jóvenes ni de comprobar el uso correcto de los apoyos monetarios.
El bajo nivel de escolaridad de la mayoría de los jóvenes mexicanos en edad para trabajar –cuyo promedio es apenas un poco mayor al de la secundaria completa– es un factor adverso a la hora de que éstos se deciden a buscar un buen empleo donde puedan percibir un salario decoroso que les permita vivir dignamente. A este problema se suma la existencia de un mercado laboral deprimido que corresponde al panorama económico adverso para la mayoría de los sectores sociales del país, incluidos los mini, pequeños y medianos empresarios.
Pero, ¿qué opinan los jóvenes sobre estas circunstancias? Nada. Los jóvenes en México, además de poca educación básica y profesional, padecen nula educación política y, por tal motivo, no pueden criticar, debatir y mucho menos exigir políticas económicas favorables. Muy al contrario, con frecuencia caen en la trampa de los innumerables distractores que los enajenan de su agobiante realidad: videojuegos, redes sociales, promiscuidad, futbol profesional, “cantantes”, películas y programas televisivos. Esta realidad aplica no solo para los jóvenes en general, sino incluso para los universitarios.
Una encuesta aplicada entre jóvenes serranos del estado de Puebla reveló que la mayoría no lee libros y únicamente algunos leen un libro al año; que las películas que ven y la música que escuchan, al margen de su contenido artístico, cuentan historias “basura” en las que predominan el sexo, la violencia y el consumo de drogas; que están alejados o desconocen totalmente las expresiones genuinas del arte y de las actividades deportivas sanas. Es decir, que están sometidos a la política de las clases dominantes que dominan a la juventud y cercenan su natural espíritu rebelde.
Las atrocidades que el sistema económico utiliza para destruir el espíritu de rebeldía, alterar el cuerpo y darles otra apariencia a los jóvenes son muchas y diferentes, y el resultado de esta manipulación se nota en la inmovilidad y la obediencia. Por ello la juventud solo vive el momento, no exige, no transforma, no participa en política, no aspira a cargos de elección porque “eso es para los viejos” y no vota en las elecciones. En los comicios de 2018, únicamente el 17 por ciento de los jóvenes ejercieron su derecho al voto.
El germen de la libertad humana emerge de la juventud y se expresa, según los poetas, como los “pajarillos libertarios e igual que los elementos”. Para que lo viejo y caduco termine de morir, las cosas cambien y se detenga la barbarie que los morenistas están cometiendo contra México, hoy como nunca se requiere la participación de una juventud estudiosa, inteligente, organizada y rebelde. Esta meta es alcanzable y las elecciones generales de 2024 darán a los jóvenes la mejor oportunidad para expresar su rebeldía y convertir ese discurso en un hecho. Que así sea.
En alguna parte Marx escribió –citando a Hegel– que la historia se repite como si dijéramos dos veces.
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Escrito por Capitán Nemo
COLUMNISTA