El discurso meritocrático tiene una gran fuerza en la población.
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Una de las consecuencias del egoísmo social o del individualismo burgués, es ver la catástrofe sólo cuando se presenta en su forma burda y grosera, más impactante a los ojos de la opinión pública. Son los desastres naturales normalmente los que se catalogan como tales: terremotos, huracanes, deslaves, etc. Cuando suceden, la empatía adormecida se despierta, reacciona y se dispara como un resorte; es a veces instintiva y hace renacer por un instante ese germen de colectividad, de humanismo y hermandad propio de la especie humana, pero desvirtuado por las relaciones de producción que nos hacen ver en el otro a un potencial enemigo, a un competidor en esa búsqueda hobbessiana permanente por la sobrevivencia. Sin embargo, el pozo de humanismo y de empatía por el prójimo se agota fácilmente ante este tipo de catástrofes. Por algún tiempo la atención se desborda y crea los grandes gestos de unidad que, lamentablemente, son apenas fuegos fatuos. La realidad se impone y nos obliga a seguir con nuestra “propia” vida y a hacer un axioma del pensamiento de Luis XV: “Después de mí, el diluvio”.
Pero no es esto una crítica moral, mucho menos un estudio sobre la naturaleza humana. Al hacer referencia a esta reacción, por lo demás objetiva y evidente, se pretende ahondar en la causa de las cosas, no sólo en los efectos que suscitan en el ser individual. Las catástrofes naturales son innegablemente trágicas y funestas. Habrá que haber perdido todo resto de humanidad para no exclamar como hiciera Voltaire ante el terremoto de Lisboa: «¡Oh infelices mortales! ¡Oh tierra deplorable! ¡Oh espantosa reunión de todos los mortales! ¡De inútiles dolores la eterna conversación! Filósofos engañados que gritan: “Todo está bien”, ¡vengan y contemplen estas ruinas espantosas!». Sin embargo, y a pesar de que pudiera a simple vista parecer inaudito, existen catástrofes mayores que vemos y presenciamos diariamente y que no suscitan en el ser social reacción alguna. La opinión pública poco o nada se conmueve frente a las tragedias cotidianas de la gran mayoría de los hombres y mujeres de nuestro país. Estas catástrofes, que hacen de la existencia un martirio y que han hecho proclamar la vida humana en la tierra como un valle de lágrimas, no son naturales, producto de la fatalidad o del hado inevitable. Son creaciones sociales. Producto de las relaciones de producción existentes. De poderes con apariencia de imperturbables pero históricos y finitos. Nuestra crítica es precisamente contra esa fuerza social que provoca catástrofes más ominosas y siniestras que las de un huracán y que, sobre todo, a diferencia de la fuerza de la naturaleza contra la que clamaba Voltaire, pueden y deben abatirse.
No fue sólo el huracán “Otis” el que destruyó Acapulco. En todo caso, con su implacable poder natural y su arrolladora fuerza, lo que dejó al descubierto fue el fracaso de la política nacional y la continuidad discursivamente negada de la práctica del neoliberalismo en nuestro país. Al llegar al poder, el presidente de México proclamaba que su objetivo era acabar con el neoliberalismo, no podemos negar que parecía haber reconocido el problema. Sus discursos se centraban en atacar la política económica vigente y con justa razón: desde su implantación en México el neoliberalismo ha tenido como saldo un incremento de la desigualdad y la pobreza como ninguna otra época de nuestra historia. Sin embargo, ya en el ocaso de su gobierno, el enemigo público del presidente no sólo ha incrementado su poder, sino que, al ser proclamado oficialmente extinto ha podido moverse sin jurisdicción alguna. Al ver el ataúd y tras él un festivo cortejo de políticos, periodistas y “teóricos”, la opinión pública se revela burlada y queda impedida para ver la verdad sobre “el fin del neoliberalismo” proclamado por el presidente. Sin embargo y lamentablemente «Los muertos que vos matáis gozan de cabal salud».
Qué irresponsable sería caer en las tentaciones ante las que sucumben “investigadores” como Edwin F. Ackerman, por sólo mencionar al último de los apologetas de este presunto fin de la política neoliberal, de lanzar la piedra y esconder la mano o, en otras palabras, de aseverar y dar por hecho fenómenos que no se pueden justificar. Falsear la verdad, para ser claros. Contrariamente a lo que la “oposición oficial” hace con el gobierno en turno, con el que tiene mucho más en común de lo que se imagina, empezando por su adhesión al neoliberalismo, el objetivo de este análisis es descubrir el velo que el discurso y la retórica han echado sobre una realidad en la que esta doctrina económica no sólo continúa tan viva como antes, sino que ha hecho muchos más estragos amparada por el populismo del partido en el poder.
La catástrofe cotidiana de nuestro pueblo es innegable si observamos estos hechos: 1) Detrás de la retórica oficial de “primero los pobres”, entre 2018 y 2022, las personas en pobreza extrema pasaron de 8.7 a 9.1 millones, mientras que 98 millones de personas padecen alguna condición de pobreza. 2) 50.4 millones de mexicanos carecen de servicios de salud. El pueblo más atrasado de Dinamarca no envidiaría nunca nuestra suerte. 3) Los programas sociales, tan alardeados por el gobierno, resultaron ser nada más que un programa electoral: «En el 5 por ciento más pobre de la población mexicana, la proporción beneficiada de algún programa social bajó de 68 por ciento a 49 por ciento entre 2016 y 2022, mientras que en el 5 por ciento más rico la cobertura aumentó de 6 por ciento a 20 por ciento.» (rebelión.org) En otras palabras, los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres. 4) No sólo no hemos roto con la política colonial frente a los Estados Unidos, hoy hacemos el trabajo sucio del gobierno norteamericano. Más de 10,000 soldados en las fronteras con Guatemala y Estados Unidos están consagrados a repeler el flujo migratorio hacia el vecino del norte. ¿Cómo justificar las muestras de simpatía del imperialismo norteamericano si no es por la sumisión absoluta a sus intereses? No olvidemos que el principal beneficiado, y en gran medida artífice de la política neoliberal en México es el capital norteamericano.
La catástrofe que vive México está más allá de Otis. Más allá incluso de la contradicción aparente entre el morenismo y la oposición oficial que parece no haber tocado fondo aún, y cuya política, incluso en su retórica, no hace más que desencantar aceleradamente a sus pocos partidarios. México necesita un nuevo partido, un partido que abandere una verdadera política popular, que destierre al populismo neoliberal y ponga en su lugar a genuinos representantes de la clase trabajadora. Ha sonado ya la hora de la emancipación, la alternativa social, antineoliberal, no está en ninguno de los dos partidos contendientes, debe ser creada y sólo puede emerger de las entrañas mismas del pueblo. Un nuevo partido, de características antagónicas a los existentes, es hoy en México una necesidad ineludible.
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Escrito por Abentofail Pérez Orona
Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).