El deporte se vende como un espacio neutral, de fraternidad y reglas universales. Pero cuando los intereses de las potencias occidentales se ven amenazados, el campo de competencia cambia.
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Desde la aparición de los primeros homínidos sobre la Tierra se tienen indicios del trabajo colectivo, tanto en el cuidado de los infantes, la recolección de alimentos y la cacería de animales, como en la defensa física de la comunidad frente a los depredadores. Estas tareas de “colaboración recíproca” o cooperativa fueron las que crearon las comunidades primitivas, el primer tipo de sociedad humana moderna. Por ello puede afirmarse que el colectivismo es inherente al ser humano y decisivo para su evolución.
Michael Tomasello, psicólogo y antropólogo evolutivo alemán, propuso entre 1999 y 2000 la teoría del “ojo cooperativo”, en la que plantea que la esclerótica ocular humana fue consecuencia del trabajo colectivo porque éste facilitó la comunicación no verbal a través del intercambio de miradas. La existencia del trabajo colectivo puede comprobarse con el estudio de fósiles. Un estudio famoso es el de Shanidar 1, esqueleto de un homo neandertal en el que se detectaron lesiones que fueron objeto de una atención muy cuidadosa que le permitió sobrevivir más tiempo.
El comportamiento social o comunitario evoluciona sobre la base de las relaciones de cooperación que, a su vez, son el sustento de la construcción del modo de producción y la creación de la infraestructura. Esta verdad histórica, sin embargo, ha sido tergiversada u ocultada a las grandes mayorías por los beneficiarios del modo de producción dominante para tener mayor éxito en la producción de mercancías, como hoy ocurre en las sociedades capitalistas.
En el sistema capitalista la superestructura está conformada por aparatos ideológicos e instituciones como la familia, la escuela, la religión, los medios de comunicación, el sistema político y jurídico, la cultura y el deporte, cuya mayor prioridad es preservar las relaciones de producción y el orden establecido vigente. Los grupos dominantes impregnan con esta ideología a los individuos de las clases sociales.
Por ello, en el deporte capitalista predomina la ideología individualista del logro, del atleta que se hizo a sí mismo y que, igual que el empresario que triunfa en el mundo de los negocios, sirve de modelo de quienes aspiran a trepar los escalones sociales. Es por ello que al deporte se le define como “válvula de escape”, sin invocar o aclarar que éste se realiza con respecto a las condiciones materiales de desigualdad y la lucha de clases.
En los deportes profesionales, individuales o de conjunto, el deportista cree incluso que sus compañeros juegan para él y llega a mercantilizarse a tal grado que se enajena y somete al consumo de bienes y medios de vida que dañan su integridad física. Cree, además, que lo más importante está en el mérito, no en el esfuerzo que hace acceder al logro.
Pero esto es un engaño, porque el deportista no es más que el resultado de sus condiciones materiales de vida, de sus circunstancias sociales y, aunque muchas veces no sea consciente de ello, de la colectividad. La comprensión del desarrollo social y evolutivo de la humanidad es crucial para combatir la ideología individualista entre los deportistas.
El deporte se vende como un espacio neutral, de fraternidad y reglas universales. Pero cuando los intereses de las potencias occidentales se ven amenazados, el campo de competencia cambia.
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Escrito por Juan Pablo Morgado Cano
Entrenador en la Escuela Nacional del Deporte