El avance tecnológico no es malo ni bueno en sí mismo.
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En los tiempos que corren, nadie duda de que el desarrollo de la tecnología llegó para quedarse y del importante papel que juega en la sociedad moderna; sin embargo, al igual que la maquinaria, cuando nació en el desarrollo del capitalismo, en el Siglo XIX, en vez de convertirse en un elemento que atenuara y simplificara el trabajo del hombre, lo que hizo fue, primero, quitarle las herramientas de la mano a los trabajadores con lo cual simplificó los procesos, convirtiendo a los obreros en simples apéndices de la máquina. Con ello, el capital logró reducir los salarios por dos razones: primero, porque las actividades debido a la máquina se simplificaron y ameritaban, por lo tanto, una menor capacitación y, segundo, porque los trabajadores desplazados por la maquinaria, se convirtieron en desempleados, pero, al propio tiempo, en un elemento para presionar a quienes tenían trabajo, pues, con tal de no perder el puesto que tienen, estaban dispuestos a todo: a los peores maltratos e, incluso, a recibir un salario miserable, con tal de no perder su puesto de trabajo.
La maquinaria, a su vez, requería de trabajadores que la alimentaran, que la vigilaran, que le auxiliaran y es así como los trabajadores se convierten en un apéndice de la máquina y, dada su velocidad de funcionamiento, someten a los obreros a un incremento de la intensidad del trabajo, que se ve reflejado en el excelente filme Tiempos modernos, de Charles Chaplin. En conclusión, la maquinaria, que debió ser un gran alivio para los trabajadores del mundo, como lo señala Marx en su gran obra El Capital, resulta que en manos de los capitalistas se convirtió en su contrario, es decir, en un factor para empeorar las condiciones de vida, de explotación y de trabajo de los obreros.
De la misma manera, el descubrimiento y, sobre todo, el empleo de la energía nuclear es un arma de doble filo, pues puede ser aprovechada en positivo para la generación de energías limpias; pero puede ser mal utilizada, como energía destructiva, tal como la usó Estados Unidos para matar a las poblaciones inocentes de Hiroshima y Nagasaki. Así, la telefonía celular y los llamados “teléfonos inteligentes” pueden ser benéficos para el desarrollo de la sociedad, pero también pueden convertirse en un problema de enajenación, control y vigilancia de la sociedad.
Creemos que esto último es lo que ha pasado. Los teléfonos celulares, que fueron creados en un inicio como un mecanismo para generar una comunicación efectiva entre los seres humanos, se han convertido en un factor de manipulación y de control de la sociedad con la introducción y desarrollo de los “teléfonos inteligentes” y las redes sociales. Veamos.
Según el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) en 2013 había 23 líneas móviles por cada 100 habitantes; para 2022, por cada 100 habitantes, existían 93 líneas, es decir, un incremento del 304 por ciento. El IFT señala que: “Las líneas del servicio móvil de acceso a Internet llegaron a 119.9 millones en diciembre de 2022, lo que implica un aumento anual de 9.5 por ciento. (IFT Comunicado 72/2023. 17 julio)”. En la página de internet Statista se señala que: “según datos de 22, más del 79 por ciento de la población mexicana mayor a seis años de edad son usuarios de un teléfono celular o smartphone. En comparación con 2015, la tasa de penetración de los teléfonos móviles se ha incrementado 7.7 puntos porcentuales en la población mexicana”.
Pues bien, estos datos revelan que los mexicanos, entre ellos los niños y jóvenes, tienen acceso a esos teléfonos celulares. La misma página nos dice que: “En 2022, aproximadamente 98 millones de personas eran usuarios de redes sociales en México. Se prevé que esta cifra supere los 120 millones en 2027. A principios de 2021, el porcentaje de la población mexicana con acceso a redes sociales alcanzó el 77 por ciento”. Como se ve, se tiene acceso a las redes y se tiene el aparato para lograrlo.
Ahora bien, como dijimos, las redes sociales pueden ser útiles, pero también pueden ser un motivo de manipulación; pero ¿cómo se alcanza el control de las mentes juveniles? Por poner un ejemplo, escuché una entrevista de una sicóloga española que le fue a visitar un abogado que le dijo que antes leía mucho al llegar a su casa del trabajo; sin embargo, de pronto se dio cuenta que había sustituido la lectura por el uso del TikTok. La doctora hacía hincapié en que las empresas proveedoras de servicios de las redes sociales deberían dejar, entre video y video de TikTok unos cinco segundos, para permitirle al cerebro prepararse, de lo contrario, dijo la doctora, el cerebro generará dopaminas y no tendrá tiempo de distinguir si se trata de una realidad real, perdón por la repetición, o una realidad virtual. Por ello, el uso excesivo de las redes sociales genera dopamina y, por tanto, nos hace adictos, con todas las consecuencias derivadas de una adicción similar a sustancias como la cocaína, la heroína, etc.
“El sistema dopaminérgico desempeña un papel fundamental en nuestra experiencia al utilizar las redes sociales. La liberación de dopamina en respuesta a las interacciones y recompensas sociales en estas plataformas puede generar una sensación de placer y satisfacción. Sin embargo, es importante tener en cuenta que el uso excesivo de las redes sociales y la búsqueda constante de validación pueden tener consecuencias negativas para nuestra salud mental, como la ansiedad, la depresión y la soledad”.
Los datos revelan condiciones alarmantes. El Inegi publica que “En México, las muertes por suicidio han aumentado. En 2017, la tasa de suicidio fue de 5.3 por cada 100 mil habitantes (seis mil 494); para 2022, de 6.3 (ocho mil 123). Esto equivale a mil 629 suicidios más en 2022 con respecto a los ocurridos en 2017… Los datos anteriores se traducen en que ocho de cada 10 fallecimientos por suicidios (81.3 por ciento) ocurren en hombres y dos de cada 10, en mujeres (18.7 por ciento)”.
¿Cómo controlan hoy día a las juventudes? Manteniendo a los jóvenes el mayor tiempo posible en las redes sociales y ello lo logran generando algoritmos que aportan información que a los jóvenes les agrada y repitiéndola de forma personalizada, en función de las búsquedas de cada joven. También, mediante el desarrollo de videojuegos para el teléfono móvil. De esta manera, entre más tiempo esté el joven pegado al teléfono, en esa medida se generará una mayor cantidad de “químicos de la felicidad”, entre ellos la dopamina, y se alcanzará la adicción. Además, los contenidos que les mandan a los jóvenes no son, por lo regular, contenidos de carácter educativo, sino contenidos que tienden a llevarlo a no pensar, a no razonar, a no discernir entre lo bueno y lo malo. Es así como hoy en día los jóvenes no saben a ciencia cierta qué quieren ser en el futuro, pero sí dicen querer ser influencers, en otras palabras, ganar mucho con poco esfuerzo; eso representa una ilusión más, pues la realidad no opera así.
La construcción de una sociedad mejor y más justa amerita grandes esfuerzos para convencer a los jóvenes para que cambien sus hábitos y dejen poco a poco la enajenación de las redes sociales, abrazando el estudio, la preocupación y ocupación de los problemas sociales, la lucha por una sociedad más justa y mejor, en vez de estar horas metidos en los videojuegos, en los TikTok enajenantes, en las redes sociales manipuladoras. La tarea no es sencilla, pero tampoco tenemos alternativa si queremos rescatar a las generaciones futuras y construir una patria más justa y mejor para todos.
El avance tecnológico no es malo ni bueno en sí mismo.
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Escrito por Brasil Acosta Peña
Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.