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Omar Carreón Abud
Calles y carreteras, horror y muerte
Las calles de muchas ciudades de nuestro país padecen constantemente de congestionamientos que retrasan los tiempos de recorrido, ¿qué autoridad reconoce esto como un grave problema social? Ninguna. Estamos en tiempos de precampañas, ¿quién propone un proyecto viable?


Un buen número de mexicanos ha empezado sus vacaciones por la navidad y el año nuevo; una buena cantidad, tendrá la oportunidad de salir de viaje en vehículo particular o en transporte público a algún punto turístico o a visitar a familiares. Muchos otros, por supuesto, tendrán que seguir trabajando durante toda esta temporada y seguirán transportándose diariamente a sus empleos. No es, por tanto, muy difícil de prever que las calles, avenidas o como se les conozca a las vías urbanas, así como las carreteras, libramientos y autopistas, estarán, si se puede, mucho más concurridos y habrá muchos más trastornos y accidentes fatales. Desgraciadamente.

Habrá personas que, en estas ocasiones (y en otras también), circularán en vehículos particulares que no están en buenas condiciones y aprovecharán para demostrar a sus acompañantes su pretendida gran habilidad como pilotos, excediendo con mucho los límites de una velocidad segura y, por tanto, provocarán desgracias de varias intensidades. No obstante, estoy plenamente convencido de que estos lamentables casos son y seguirán siendo excepcionales. La mayor parte de los accidentes viales se explican tanto por las condiciones pésimas de calles y carreteras como por una saturación extrema de las vías que ya existe en tiempos, digamos, normales, pero que crecerá hasta altísimos niveles en la temporada vacacional que ya empezó. Me adelanto y les deseo muy sinceramente a todos los que salen de viaje, llenos de ilusiones por unos días de descanso o por estar al lado de sus seres más queridos, que regresen a casa con bien.

Las calles de muchas ciudades de nuestro país padecen constantemente de tapones, congestionamientos, asentamientos o como se les quiera llamar, que retrasan enormemente los tiempos de recorrido y ¿quién?, ¿qué autoridad reconoce que se trata de un grave problema social que necesita urgentemente ser resuelto? En serio, ninguna. Ya estamos en tiempos de precampañas, es decir, de promesas encendidas de un mejor país, y ¿quién ofrece siquiera mejorar la fluidez del tráfico de las ciudades? ¿Quién propone un proyecto viable? La verdad, nadie. Todos están muy ocupados urdiendo trucos publicitarios para conmover al electorado.

Eso, para los que tienen automóvil, pero, ¿y los que se mueven en transporte público, en metro, camión, rutera o algún otro? Es bien sabido que el tiempo de transporte añade tres, cuatro y hasta más horas a la jornada de trabajo, por ejemplo, en la Ciudad de México. ¿Quién paga esas horas? Nadie, por supuesto, corren por cuenta del trabajador. ¿Quién, en campaña, dice que se trata de un bárbaro incremento al desgaste diario de las clases trabajadoras, que se trata de miles de millones de horas-hombre u horas-mujer que nadie se preocupa por resolver y, menos aún, por pagar? Otra vez, nadie.

¿Y las carreteras?, sobre todo las del centro del país. Están imposibles. Saturadísimas de enormes vehículos de carga que ahora, ya casi por regla general, arrastran dos remolques. Los poderosos empresarios del transporte privilegian sus ahorros y, por tanto, sus ganancias. Son cada vez más los camiones de carga que tienen exceso de dimensiones. Con un solo operador, exhausto casi siempre, transportan el doble de mercancías. El ahorro sube todavía más si se amplían los plazos de mantenimiento del vehículo y se reducen al mínimo indispensable. Los accidentes por fallas en los frenos están demostrando que los mecanismos de frenado no resisten los grandes esfuerzos por detener constantemente a las moles que arrastran, y cada vez más se proyectan contra otros vehículos causando grandes pérdidas de vehículos y vidas.

No sólo eso. Las cargas excesivas están dañando las carreteras que se construyen con los impuestos de todos los mexicanos; están llenas de huecos y baches y, por lo que se puede observar, están obligando a darles mantenimiento más constante a puentes y pasos elevados que no resisten el exceso de peso el tiempo que se había planeado cuando se construyeron. Gastos sociales, ganancias privadas. Hay muchas carreteras en las que apenas hay espacio para un gran camión y un auto, ya no se diga, para dos camiones que se encuentran en una curva. ¿Y el mortífero “tercer carril”? Es decir, la invasión criminal del carril en contraflujo por parte de grandes camiones que se proyectan a toda velocidad obligando a los vehículos amenazados a apartarse o a refugiarse en los estrechos acotamientos, ¿cuántos muertos por esta práctica homicida?

Las carreteras de paga son parte sustancial de la privatización de los servicios públicos que conforman el modelo económico que se denomina neoliberalismo. El neoliberalismo está vivo y cada vez más generalizado, negarlo es demagogia. Las rutas más directas están concesionadas, son monopolio de particulares, según se dice, hasta por treinta años, con preferencia para renovar. El pasado 15 de junio, Expansión publicó lo siguiente: “La seguridad de las personas que circulan por las carreteras de México no está garantizada. En el primer cuatrimestre de este año, ya han fallecido cinco mil 322 personas debido a accidentes de tránsito en estas vías, una cifra alarmante y la más alta registrada en el mismo periodo desde que el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) comenzó a recopilar datos en 2015”. Todo eso, sin contar ni asaltos ni secuestros que, ya se sabe también, son cosa de todos los días y las noches.

Muchas de las carreteras de cuota no aprobarían las normas de carreteras seguras que se exigen en otras partes del mundo. No me sorprendería si ninguna las aprobara. Tienen carriles muy estrechos, circulación en sentido contrario apenas dividida y a unos cuantos centímetros, acotamientos diminutos que no permiten el estacionamiento, ya no se diga de un vehículo grande de carga doble, sino ni siquiera de un auto pequeño sin invadir el carril de circulación. En los hechos, los límites de velocidad no existen, no es raro mirar un gran camión como misil a 130 kilómetros por hora y nadie dice nada. Hay casetas de cobro en donde conviene a la empresa cobradora, no importa que se encuentren el final de una larga pendiente y algunas ya llevan muchos accidentes fatales y nadie sabe, ni se aventura a asegurar, si algún día las van a reubicar.

¿Opera Profeco para las autopistas de paga? Pues, si opera, poca gente lo sabe y más poca puede presentar sus quejas, pues se trata de un servicio en el que el usuario siempre va de paso y detenerse a denunciar y a esperar un resultado favorable a su denuncia resulta poco menos que imposible. ¿Cuántos miles de millones de pesos en daños resultarán durante este periodo vacacional en accidentes pequeños y grandes por el mal servicio de los que puntualmente cobran cuota en las casetas? ¿Cuántos lisiados de por vida? ¿Cuántos heridos y cuánto tendrán que pagar para atenderse? ¿Cuántas familias ya no regresarán a casa o regresarán incompletas porque nadie vigila y garantiza la seguridad para circular en esos increíbles negocios que son las carreteras de cuota de nuestro país? Sólo de pensarlo, me estremezco. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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