Las diez consejerías que permanecen en el Consejo General acordaron su designación por consenso; estará al frente del organismo entre cinco y seis semanas, mientras la Cámara de Diputados define a la nueva titular.
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A partir de los resultados de la segunda jornada electoral celebrada en Brasil el 28 de octubre, los análisis de sociólogos y politólogos han comenzado a saturar los periódicos y las redes sociales. ¿Qué significa para la democracia el triunfo de un personaje con posiciones abiertamente antidemocráticas como Jair Bolsonaro? ¿Por qué la mayoría de los brasileños prefirió como presidente a este apologista de la dictadura? ¿Cuáles son los errores que llevaron al PT a perder la presidencia a pesar del éxito de sus gobiernos en la reducción de la pobreza? Estas preguntas roban el sueño a los científicos sociales. Y no es para menos, pues las fuerzas progresistas de América Latina deben extraer todas las lecciones posibles de este tropiezo de la izquierda brasileña. Al final, sí, la historia es la maestra de la vida.
Pero independientemente de las explicaciones que se le den al fenómeno, lo cierto es que con el ascenso de Bolsonaro se ha registrado un cambio en la geopolítica de América Latina. Atrás quedó aquella etapa del “giro a la izquierda en América Latina”, cuando la mayoría de los países de la región era gobernada por partidos progresistas. Con el triunfo de Macri en Argentina, de Piñera en Chile, de Lenín en Ecuador, y con el paulatino fortalecimiento de los partidos conservadores en gran parte de Nuestra América, los opinólogos dejaron de hablar del “giro a la izquierda” y comenzaron a escribir sobre la “restauración conservadora”. La nueva ola de gobiernos significaba que, tras su derrota, las fuerzas de la reacción latinoamericana se habían reorganizado y comenzaban a levantar la cabeza.
Brasil era un caso distinto. En el gigante sudamericano la derecha no había vencido en las urnas, sino que fue necesario un golpe de Estado para arrebatar a la izquierda el poder. Pero el gobierno de Michel Temer, que comenzó la cacería contra Lula, Dilma y los principales líderes del PT, fue la antesala de una nueva etapa en la geopolítica regional. Ahora, cuando los propios brasileños, la mayoría de los votantes, decidieron que un feroz anticomunista los gobernara, se inaugura una nueva época.
El hecho de que el país más grande de América Latina sea presidido por un nostálgico de la dictadura militar, ya ha comenzado a reconfigurar la geopolítica regional. No es fortuito que mientras presidentes como Correa o Cristina Kirchner son perseguidos por sicarios judiciales, Sebastián Piñera declare que “el socialismo del siglo XXI ha sido un desastre, y cuando la gente tiene oportunidad lo rechaza y elige una opción de más libertad, como es lo que ha pasado en Brasil”.
Así, pues, parece que América Latina ha dado un paso más a la derecha: pasamos de la restauración conservadora a la ultraderecha rampante. Tiempos duros para Venezuela, Cuba y Bolivia.
Las diez consejerías que permanecen en el Consejo General acordaron su designación por consenso; estará al frente del organismo entre cinco y seis semanas, mientras la Cámara de Diputados define a la nueva titular.
El alcalde de Querétaro fue designado coordinador estatal de la “Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad” y se perfila como la carta panista para 2027.
Lula ha conseguido un cuarto mandato a pesar de la presunta injerencia de EE. UU. y de las compañías tecnológicas en el proceso electoral brasileño.
Los republicanos tienen miedo y los demócratas ven la oportunidad y la esperanza de que en las elecciones del tres de noviembre tomen el control de la Cámara de Representantes o del Senado.
El partido gobernante registra 46% de intención de voto, frente a 8% del PAN, 6% del PRI y 5% de MC, según una encuesta nacional de El Financiero. El estudio también reporta 31% de personas sin una preferencia partidista definida y 52% de confianza en el INE.
No debe sorprendernos que los políticos salten de un partido a otro como chapulines. Cambian de siglas, de colores y de discursos, pero no de los intereses esenciales que representan.
Las formas para seleccionar candidatos cambiaron, pero el oportunismo, los cacicazgos y la disputa por posiciones todavía encuentran espacio para reproducirse.
Flávio Bolsonaro está respaldado por los sectores más conservadores y busca imponer una agenda de extrema derecha para eliminar el progresismo del gobierno de Lula.
Desde una izquierda recompuesta, Luiz Inácio Lula da Silva libró la batalla en defensa de los recursos y el multilateralismo de Nuestra América.
Lo que está en juego supera unas presidenciales ordinarias: no solo el modelo de desarrollo, sino el destino de Jair Bolsonaro y la composición del Supremo, que Flavio promete “limpiar de naranjas podridas”.
Senado aprueba reforma a los artículos 82, 116 y 122; Baja California, Oaxaca y Ciudad de México ya avalaron la minuta; se requieren al menos 17 congresos locales para completar el proceso constitucional.
El pueblo trabajador de Lugansk merece respeto al voto. El resultado de lo ocurrido estos días seguirá teniendo un impacto político para Rusia, el este europeo y Washington mismo.
La oferta de dinero a los votantes para que gane el Partido Republicano y el ataque discriminatorio del vicepresidente de EE. UU., son muestras palpables de la decadencia del imperio.
Si ganan en 2027, la forma de administrar será la misma: gobernar con tarjetitas y comprar las conciencias de los mexicanos.
Es un grave error que el PAN, pero sobre todo el PRI, prefieran coquetear con la ultraderecha internacional que ya gobierna en distintos países de América Latina.
Impuestos agravan pobreza en México, alerta especialista
Layda Sansores llama “cobardes” a estudiantes del Tecnológico de Campeche
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Escrito por Ehécatl Lázaro
Columnista de politica nacional