Sobre la falsedad del origen “natural” de los fenómenos sociales, la historia nos ilustra
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“Ella salía del edificio, caminaría unas 10 cuadras hasta el café dónde la esperaban sus amigas y se iría a dormir temprano. Apenas se alejó unos metros de la puerta cuando vio a un hombre caminar con un cabestrillo en el brazo derecho y siete libros en el izquierdo, notó que llevaba su carga con dificultad. Unos pasos adelante, él dejó caer los libros, se veía consternado, inseguro y un poco torpe. Con su inocente amabilidad, la chica de unos 20 años, corrió en su ayuda y levantó los libros, mientras él le agradeció con su enigmática sonrisa y unos hermosos ojos azules que le dieron confianza. Ella se ofreció a ayudarle y cargó aquello hasta su coche, él aceptó apenado, asegurándole que su auto estaba a unas calles de ahí, un vocho 68, color crema, un poco destartalado. Platicaron, él era tímido, pero encantador; llegaron al coche, ella comentó que iría por un café y él le propuso llevarla en agradecimiento; él era gentil y ella tenía prisa, así que aceptó. Incluso pensó que esto podría ser el destino, ¿por qué no?
Sus amigas la esperaron por horas…”
¿Te picaste? ¿Quieres saber qué le pasó a la chica? ¿Sabes quién era el guapo ojiazul del Volskwagen color crema?
Probablemente tu respuesta fue sí, ya que según el Dr. Scott Bonn, profesor de Sociología y Criminología, a los seres humanos nos gusta saber de asesinatos y criminales con la misma fascinación que nos detenemos a ver un accidente automovilístico en la carretera, incapaces de apartar la mirada. Según Bonn, el misterio y la violencia que envuelven a los asesinos en serie, nos hipnotiza, debido a que, en primer lugar, nos sorprende y nos aterra al mismo tiempo que alguien sea capaz de hacer algo así; la curiosidad por saber cómo llegan a realizar actos inhumanos, nos obliga a seguir investigando, así como la necesidad de entender las razones que llevan al asesino a ejecutar a sus víctimas.
Consumimos series, documentales, películas, libros, reportajes y podcasts de asesinos seriales, porque según la psicóloga y criminalista Julia Shaw, buscamos motivos, queremos respuestas y tratamos de entender los propósitos del asesino con el fin de “humanizar al villano” (Shaw, Hacer el mal, 2019). Según la doctora, no solamente lo hacemos por curiosidad y miedo, sino hasta con un poco de admiración, ya que reconocemos la sagacidad, astucia e inteligencia del criminal, pero como no nos podemos permitir admirar a un villano, necesitamos humanizarlo para poder empatizar con él sin la culpa. Esto explicaría fácilmente los éxitos de películas como Joker o Cruella y de personajes ficticios como Heisenberg (Breaking Bad, Netflix) o Saul (Better Call Saul, Netflix) hasta criminales reales como Pablo Escobar o El Chapo. Sin embargo, también vemos estos programas, porque, al final, el caso se resuelve, lo “agarran” y acaba en la cárcel, lo que nos da seguridad y la sensación de que, a pesar de ser muy listo, no es infalible, y nos da la ilusión de control. Es decir, al asesino, en el fondo, le admiramos un poquito, le tememos un montón y nos intriga demasiado, pero no lo queremos cerca.
¿Las mujeres ven documentales de asesinos seriales para relajarse?
Lo anterior explicaría la fascinación colectiva por este tipo de personajes, pero ¿es verdad que las mujeres vemos más contenido de este tipo que los hombres? A todos nos intrigan, pero ¿nos gusta más a las mujeres?
Esta pregunta surge a raíz de un estudio publicado por Social Psychological and Personality Science en 2010, en el cual, basado en las críticas en Amazon a libros sobre crímenes reales, se reveló que las mujeres consumimos el 70 por ciento de este contenido y luego, en 2017, otro estudio sobre preferencias enpodcast sacó a la luz que, pese a que las personas que los consumen en general son varones (56 por ciento), en la categoría de “Crímenes Reales” podemos encontrar hasta un 80 por ciento de público femenino.
¿Por qué? ¡Calma! Si eres mujer y esto te gusta, ¡no estás mal! Aparentemente, es común y hasta normal. Este gusto no tiene mucho que ver con las patologías conocidas por la atracción a los asesinos, como la enclitofilia o síndrome de personalidad frágil, que consiste en sentirse bien como una víctima perfecta, débil, desprotegida y en peligro. Tampoco se atribuye este gusto femenino por estos contenidos a la hibristofilia o síndrome de Bonnie & Clyde, una parafilia consistente en la atracción sexual por personas peligrosas.
A muchas mujeres nos gusta consumir estos temas por algo mucho más grande. Dado que en la mayoría de los casos las víctimas de estos criminales son mujeres y por las estadísticas mundiales de violencia de género, se cree que consumimos este contenido porque tenemos un miedo real y sustentado de que nos suceda y sentimos, de manera consciente o inconsciente, que mientras más información tengamos, más seguras y preparadas estaremos en caso de enfrentarnos a una situación o persona de ese tipo. A esto se le llama acolchonamiento emocional.
Según la presidenta del Departamento de Psicología de la Universidad Wesleyana de Illinois, la Dra. Amanda Vicary, “parece que las cosas que atraen a las mujeres sobre el crimen real es que hay detalles que podrían hacer que ellas mismas no sean víctimas de un crimen violento, como evitar ser secuestradas o aprender qué hacer si lo fueran” (2019). Según Vicary, esto se debe a que vemos una situación potencialmente real desde un escenario hipotético en la seguridad de nuestra casa.
Las mujeres nos sentimos amenazadas por estos personajes y leer, escuchar, ver y saber sus movimientos, motivos, ataques y técnicas desde la distancia, nos da la sensación de que sabríamos qué hacer o cómo identificar el peligro en la realidad; incluso nos gusta tratar de predecir qué va a suceder, en un intento por estar un paso adelante. Según Vicary, esto nos da la ilusión de que sabríamos cómo reaccionar e identificar los focos rojos en una situación real, lo que evitaría que le ayudáramos al tipo de ojos azules con sus libros y que no le aceptáramos la invitación por muy encantador que parezca.
Por cierto, la chica nunca llegó al café con sus amigas. Su nombre era Roberta Parks, se le vio por última vez el 17 de mayo de 1974 hablando con un tipo atractivo con un cabestrillo. El hombre del vocho color crema era Ted Bundy.
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Escrito por Andrea Morán Rosales
@AndreaM32687121