La consigna era esperanzadora: “arte para todos”.
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Es un poeta, dramaturgo y novelista nacido en Marsden, West Yorkshire, Reino Unido, el 26 de mayo de 1963. Fue nombrado “poeta laureado” del Reino Unido en 2019. Fue profesor de escritura creativa en la Universidad de Leeds, la Universidad de Iowa y en la Universidad Metropolitana de Mánchester. En febrero de 2011 tomó el puesto de catedrático de Poesía en la Universidad de Sheffield. Entre sus libros de poemas destacan Book of Matches (1993) y The Dead Sea Poems (1995). Ha escrito dos novelas: Little Green Man (2001) y The White Stuff (2004), así como All Points North (1998), una colección de ensayos sobre el norte de Inglaterra. Armitage también escribe para la radio, televisión, cine y teatro. En el programa televisivo Saturday Night escribió y narró un comentario de poesía de 50 minutos para un documental sobre la vida nocturna en Leeds. En 2004 fue nombrado Miembro de la Royal Society de Literatura. Actualmente vive en West Yorkshire.
traducción de joaquín di lorenzi y alejandro bajarlia.
¡Zoom!
Comienza como una casa, la última de unos adosados
en este caso.
Pero no se queda ahí. Pronto es una
avenida
que dobla arrogante pasando el Instituto de Mecánicos,
gira a la izquierda
en la calle principal sin mirar siquiera
y rápidamente es
un pueblo con los principales cuatro bancos comerciales,
un periódico diario
y un equipo de futbol luchando por el ascenso
y continúa, ajena a las leyes de planificación,
a los Green Belts,
y antes de que nos demos cuenta está fuera de nuestras manos:
ciudad, nación
hemisferio, universo, expandiéndose en todas direcciones
hasta que de pronto,
piadosamente, es liberada por el centro de
un agujero negro
y disparada hasta una galaxia vecina, emergiendo
más pequeña y más suave
que una bola de billar, pero más pesada que Saturno.
La gente me para en la calle, me acosa
en la fila de la caja
y me pregunta “¿Qué es esto, que es tan pequeño
y tan suave
pero cuya masa es superior a la del planeta anillado?
Son sólo palabras
les aseguro. Pero no se lo tragan.
El grito
Salimos
al patio de la escuela juntos, yo y el niño
cuyo nombre y cara
no recuerdo. Estábamos probando el alcance
de la voz humana:
él tenía que gritar con todo su ser,
yo tenía que alzar el brazo
desde el otro lado de la línea divisoria para indicar
que el sonido había llegado.
Él llamó desde el parque –yo alcé el brazo.
Fuera del límite,
él gritó desde el borde del camino,
desde el pie de la colina,
desde más allá del mirador de la granja de Fretwell
yo alzaba el brazo.
Él salió del pueblo, se fue a cumplir veinte años muerto
por un disparo que le perforó
el paladar, al oeste de Australia.
Niño del nombre y la cara que no recuerdo,
ya puedes dejar de gritar, aún te escucho.
Me molesta mucho
Me molesta mucho pensar
en las cosas malas que he hecho en mi vida.
Sobre todo aquella vez en el laboratorio de química,
cuando tomé unas tijeras por las cuchillas
y puse los anillos
en la llama violácea del quemador Bunsen;
luego dije tu nombre y te las pasé.
Oh, el incomparable hedor de la piel herrada
cuando metiste el pulgar y el dedo medio
y no te pudiste sacudir los ardientes anillos. Marcada,
dijo el médico, para la eternidad.
Por favor, no me creas si digo
que, a mis trece años, era la torpe manera
de pedirte que te casaras conmigo.
Una visión
El futuro fue un lugar hermoso, alguna vez.
Recuerda el próspero pueblo de madera de balsa
que se exhibía al público en la Sala Cívica.
Las maquetas enmarcadas, impresiones de artistas,
planos de cristal ahumado y acero tubular,
suburbios de juego de mesa, medios de transporte
como atracciones de feria o juguetes ejecutivos.
Ciudades como sueños, sostenidos por la luz.
Y gente como nosotros en contenedores de vidrio
junto a la ruta para ciclistas o paseando perros
sobre cuidadas franjas de césped mullido,
o conductores modelo que manejan a casa en
autos eléctricos, o paseando por el bulevar
después del show nocturno. Ésos eran los planes,
todos aprobados por la pulcra mano izquierda
de los arquitectos: una letra genuina y legible.
Extraigo ese futuro del viento boreal
en el basurero, sellado con la fecha de hoy,
viajando en el aire con otros futuros semejantes,
ninguno de ellos vivido, ahora totalmente extintos.
Un estudio sobre la naturaleza
y causas de la riqueza de las naciones
Compilar esta emblemática antología
de poesía en inglés
sobre perros e instrumentos musicales
es como nadar a través de ladrillos.
Hasta ahora, sólo tengo “de la muerte
del doguillo de Mrs. McTuesday,
asesinado por un piano que cayó”,
una elección un poco obvia.
Es cierto, un arpa eólica susurra seductora
en el fondo de un soneto anónimo,
“el sabueso del cazador”
pero más allá de eso –silencio.
Debería soportar este trabajo pesado
y degradante en favor de mi propia escritura,
donde seguramente la alegría yace.
Pero A. Smith mira engreído desde
el reverso de un billete de veinte libras,
y cuando mi gerente de banco ríe,
pequeñas partículas de saliva chorrean
como una lluvia de meteoros
a través del infinito espacio oscuro
entre su mundo y el mío.
La consigna era esperanzadora: “arte para todos”.
Además de La Ciudad Indecible es autora de los poemarios Un Modo de Cantar, Viaje en la Arena, En la Orilla del Vuelo, Al Oído del Viento, Grabados y Poemas y Mi Patria Tiene Fomia de Esperanza.
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Escrito por Redacción