El funcionario reportó ingresos netos por 3.4 millones de pesos
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En el documento fílmico de Leonid Varlamov e Ilya Kopalin aparece el líder supremo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), José Stalin. Pero el Stalin que la cinta muestra no es el “sanguinario dictador” que la propaganda imperialista nos ha querido presentar. Stalin aparece dando un discurso donde, en tono apacible, indica al pueblo ruso que todos los hombres y mujeres de la URSS deben continuar la tradición heroica que les legaron los grandes próceres de Rusia, tales como Alexander Nevsky, Dimitri Danskoy, Alexander Suvorov y Mikhail Kutuzov. Pero a pesar de que Stalin desempeñó un papel fundamental en la conducción del ejército soviético durante la defensa contra las fuerzas hitlerianas, el filme pone énfasis en resaltar el papel de las masas en esa crucial batalla para la historia de Rusia y la humanidad.
Sería un grave error considerar que los grandes líderes no desempeñan un papel trascendente en el avance, estancamiento o retroceso de las sociedades. La concepción materialista de la historia sostiene que hay una relación dialéctica entre las grandes masas y sus dirigentes. Las masas son la fuerza motriz y ellas son las que logran las grandes transformaciones de la historia, pero deben ser conducidas por grandes hombres, cuya impronta queda en los cambios que sufre la sociedad humana. En otras palabras, los grandes hombres y mujeres no serían “grandes” ni trascenderían en la historia sin la acción de las masas; pero las masas requieren del valor, la inteligencia y las altas cualidades humanas de los líderes. Ambos factores son dos aspectos dialécticos del proceso de la historia.
En la narración fílmica de Moscú contraataca, los soldados soviéticos cavan trincheras, construyen fortificaciones, dotan de camuflaje a cañones, tanques y todo tipo de artillería. Los nazis embisten con más de 80 divisiones a lo largo de 600 kilómetros. Las escenas del documental muestran cómo el ejército soviético está decidido a alzarse con la victoria; los rostros de los combatientes son más elocuentes que cualquier descripción. En ellos hay una determinación aguerrida, la convicción profunda de que, al costo que sea necesario, evitarán que la barbarie nazi se apodere de su patria; no permitirán que el pueblo –como había ya proyectado la élite del poder germano– sea aniquilado o esclavizado. Por eso los rostros enérgicos y llenos de bravura se contrastan con los de las mujeres, los ancianos y los niños cuando se obtiene la victoria. Son rostros de una alegría inconmensurable; son el rostro de una sociedad basada en un humanismo profundo, que saborea la victoria, no como la saborean los invasores, organizando una orgía de carniceros.
El documental cuenta cómo los nazis, en la medida que son barridos de la faz de la tierra rusa, dejan una horrible estela de destrucción y muerte (quemando los campos, incendiando los graneros y las fábricas, violando a las mujeres, asesinando a los partisanos, etc.).
El pasado nueve de mayo de 2020 se conmemoró el 75 aniversario del Día de la Victoria (en 1945 triunfó totalmente la URSS sobre el fascismo alemán, cuando el ejército soviético tomó completamente la ciudad de Berlín). El gobierno ruso tenía proyectada una gran celebración que no pudo realizarse debido a la pandemia que azota al mundo. Sin embargo, la humanidad entera debe recordar esa fecha como el más grande hito en la historia de la humanidad. Hoy, recordando esa gran gesta, los seres humanos que estamos viviendo la guerra provocada por el nuevo coronavirus, debemos estar conscientes de que también es una guerra que está afectando a miles de millones de seres humanos, los cuales son víctimas no solo de la pandemia, sino del neoliberalismo, que ha potenciado los efectos asesinos de la enfermedad. Lo que ocurrió en la URSS durante la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo de cómo, cuando un pueblo está unido y bien guiado por grandes humanistas, puede vencer los grandes y graves problemas. Por eso mi homenaje al Día de la Victoria.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA