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Esténtor Político
México, polarizado en el último diciembre de AMLO
AMLO se irá de Palacio Nacional, sin comprender que su “popularidad” se debió a las entregas monetarias en efectivo con las que brindó estabilidad política a la oligarquía comercial, industrial y financiera de México.


Terminamos la última semana del último diciembre de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) como Presidente de México y en el inicio de esta recta final, no hay ningún viso de que pare las mentiras desde Palacio Nacional y de agravar los problemas nacionales. En cinco años de administración federal morenista, 46.8 millones de mexicanos pobres han vivido sin la certeza de recibir ingresos por la falta de empleos; sin dinero para comprar la canasta básica; sin atención a sus problemas de salud y sin la seguridad pública que evite asesinatos, extorsiones y desplazamientos forzados.

Veamos algunas cifras que dan sustento a lo anterior. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) aplicó una encuesta de la que se desprende que en el tercer trimestre de 2023 aumentó en 680 mil el número de personas en la informalidad respecto al mismo periodo de 2022; que en septiembre pasado había 32.6 millones de mexicanos con tal estatus laboral –cifra equivalente al 55.1 por ciento de la Población Económicamente Activa (PEA)– y que las tasas más altas de informalidad se ubicaron en Oaxaca, con 81.5 por ciento; Guerrero, con 77.4 por ciento; y Chiapas, con 75.4 por ciento.

En cuanto al número de pobres en el país, el estudio Medición de Pobreza 2022, del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) reveló que, al final de ese año, en el país había 46.8 millones de personas en esa situación, que el 37.7 por ciento se hallaba en pobreza moderada y 9.1 millones en pobreza extrema, a pesar de que el gobierno morenista alardea que ha reducido tal flagelo. Sin embargo, información fidedigna asegura que la proporción de las familias en esta situación que recibían alguna ayuda gubernamental se redujo del 23 por ciento en 2018 al nueve por ciento en 2022; es decir, que los programas sociales del gobierno de la supuesta “Cuarta Transformación” (4T) están llegando a menos mexicanos en miseria extrema que en el sexenio anterior.

AMLO se montó en el poder con el compromiso de que en su proyecto de cambio estarían “primero los pobres”. Pero después de cinco años de gestión, además de no enseñar a los pobres a pescar, se ha dedicado a lanzarles al aire charales y a desentenderse de los instrumentos con capacidad real para sacar a la gente de la pobreza: empleos bien remunerados, mejor educación y atención sanitaria de calidad. Los apoyos monetarios del gobierno morenista son paliativos que únicamente ayudan a solventar algunos gastos y no atacan seriamente la pobreza.

Otro de los grandes problemas de la 4T es la inseguridad pública; la violencia delictiva –provocada por el crimen organizado y por delincuentes menores– se ha incrementado y tiene bajo amenaza constante de robo, extorsión y muerte a millones de mexicanos. Pero desde “el circo” de Palacio Nacional se plantea lo contrario y se defiende la estrategia de “abrazos, no balazos”. Hasta el 13 de diciembre, según un reporte de TResearch, en el país se habían registrado 28 mil 654 homicidios (monto cercano al umbral de los 30 mil asesinatos por año) y en lo que va del sexenio se han contabilizado más de 174 mil homicidios, cifra que define a esta administración federal como la más sangrienta en la historia reciente del país.

El obradorismo ha acumulado más errores que aciertos; entre los primeros destaca la propensión del Presidente a polarizar al país, actitud con la que sólo ha logrado generar terribles crisis y evitado la solución pronta y oportuna de problemas económicos, sociales y políticos. Además, su obsesión por desarrollar a como dé lugar “obras faraónicas” como el Tren Maya, y buscar el control político de los otros poderes del Estado, del empresariado y los medios de comunicación, le han merecido la denominación de autócrata aprendiz, torpe y fallido.

Desde que en 2018 asumió la Presidencia, AMLO evidenció los síntomas de una enfermedad política grave: la “ambición de concentrar todo el poder”. Y aunque este padecimiento personal es crónico y quizás no contagie a mucha gente en el futuro próximo (dependerá de Claudia o Xóchitl), sus daños y secuelas negativas en el tejido social, la economía nacional y la infraestructura física del Estado perdurarán algún tiempo, para mal de muchos mexicanos, especialmente para los más pobres.

A finales de este año, AMLO se irá de Palacio Nacional, sin comprender que su “popularidad” se debió a las entregas monetarias en efectivo con las que, además de comprar votos para su partido y brindar mínima satisfacción a muchos mexicanos marginados, brindó estabilidad política a la oligarquía comercial, industrial y financiera de México.

Para estas élites y los políticos de partido que tiene a su servicio, las ambiciones de poder absoluto de AMLO, su megalomanía, su demagogia ramplona y sus ocurrencias no existieron o fueron únicamente rasgos pintorescos; en contraste con la deuda que, más temprano que tarde, las clases pobres cobrarán a quien herede este legado de pesadilla política antidemocrática. Por el momento, querido lector, es todo.


Escrito por Miguel Ángel Casique

Columnista político y analista de medios de comunicación con Diplomado en Comunicación Social y Relaciones Públicas por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).


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