El Partido Comunista de Venezuela rechazó el acuerdo que contempla desarrollar 17 campos petroleros con un potencial de 65 mil millones de barriles y cuestionó la participación de Estados Unidos en el negocio energético venezolano.
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Presento un fragmento de la nota del periódico La Jornada publicada el pasado martes 1º de octubre: “China, como República Popular, llega a su 75 aniversario siendo la segunda economía más grande del mundo. En los últimos 45 años su crecimiento económico ha promediado 9 por ciento anual y ha logrado el hito de sacar de la pobreza a casi 800 millones de personas, más de la mitad de su población”. Una hazaña que no tiene comparación en ninguna parte del mundo, menos aún en nuestro país, que inició su nuevo régimen en 1917.
En China, además, aproximadamente el 95 por ciento de la población, es decir, más de mil 300 millones de personas, cuenta con cobertura médica básica a través de varios sistemas de seguros de salud públicos. Aquí en nuestro país, el sexenio que acaba de concluir empezó con 16.2 por ciento de la población sin servicios de salud y ya en 2022, el porcentaje era de 39.1 por ciento, esto significa que la cantidad pasó de 20.1 a 50.4 millones de personas sin servicios de salud.
¿Cómo logró ese portentoso progreso el Partido Comunista Chino que es, para amigos y enemigos, el que indudablemete ha dirigido al pueblo chino todos estos años? ¿Entregando a la gente yuanes en efectivo cada dos meses? Ni soñando. Lo logró llevando a cabo un proceso firme, enérgico e ininterumpido de distribución más equitativa de la riqueza social estrechamente unido con el pueblo en acción. En México hay riqueza. Los últimos datos publicados ubican a nuestro país como la décima segunda economía del mundo, lo cual significa que en este ancho mundo sólo existen once países más ricos que el nuestro. ¿Cuál es entonces el problema de México, su enorme y principal problema? Que su inmensa riqueza se encuentra muy mal repartida, unos pocos tienen hasta el hartazgo, muchos, muchísimos, casi nada.
La pobreza vive y con ella la angustia y el sufrimiento. Nos azotan problemas ímtimamente relacionados con la pobreza. En nuestro país hay ignorancia y no porque nuestros niños y jóvenes no sean lo suficientemente inteligentes y laboriosos, hay ignorancia porque una cantidad inaceptable de menores en edad de estudiar no lo hacen por razones económicas y otros, que son muchos más, no lo hacen o no lo hacen con la suficiente dedicación, porque no tienen las condiciones económicas para hacerlo. A cambio, se invierte y gasta para extirparles el espíritu crítico y se les bombardea todo el día y todos los días con una arrasadora propaganda nefasta, tendiente a convertirlos en dóciles apoyadores, entusiastas servidores y consumidores obsesionados del sistema que los explota y oprime.
Como una escalofriante muestra de ello y de la política de connivencia y hasta de complicidad de las autoridades, en el estado de Sinaloa ya transcurre la tercera semana de un encarnizado enfrentamiento armado que ya cobra, por lo menos, según se ha dejado saber, 150 muertos. Cabe recordar ahora que una de las obligaciones elementales del Estado moderno es garantizar la paz y la vida tranquila de todos los ciudadanos y no olvidar que también existe una grave omisión al respecto en Chiapas, en donde se sufre por las mismas razones, también de allá se sabe que hay poblaciones que huyen, desplazadas a Guatemala y numerosos heridos y muertos.
Otra manifestación brutal y descarnada de la pobreza, de la drástica división social entre ricos poderosos y pobres que no son escuchados y, menos aún, atendidos, es la carencia absoluta de justicia por los crímenes de Conrado Hernández, su esposa Mercedes Martínez y Vladimir, el hijito de sólo seis años de ambos, quienes fueron brutalmente asesinados a golpes en la ciudad de Chilpancingo, sólo porque eran miembros del Movimiento Antorchista Nacional. A un año y medio de los hechos no hay ni siquiera un detenido por este crimen y sus familiares y compañeros han tenido entrevistas con las autoridades, gestiones, mitines, marchas y plantones y nada, absolutamente nada se hace. Es legítimo preguntarse ahora, ¿andarían así, exigiendo inútilmente justicia, si las víctimas hubieran sido miembros de familias ricas e influyentes?
Y ahí está la nueva edición de la tragedia en Acapulco. ¿Necesitaban los trabajadores de la gran ciudad turística unos cuantos enseres domésticos y unos cuántos pesos de ayuda para calmar momentáneamente su inquietud, requerían solamente analgésicos? Ahora ha hablado la realidad, la insobornable, la que no entiende de demagogias y actúa y enseña con rigor. Acapulco necesitaba y necesita una transformación completa, una nueva planeación de la ciudad, de la ubicación y los movimientos de sus habitantes, de los servicios básicos indispensables para una vida digna, de las viviendas, de la redes de agua, de drenaje, de la electricidad y mucho más. Eso cuesta una fortuna. Claro que sí. Pero ya vimos que en nuestro querido país hay una gran riqueza y que está muy mal distribuida.
Ante tanta desgracia de las mayorías, todavía hay quienes se atreven a presumir que los pobres disminuyeron en cantidad. Eso sólo se demuestra con burdas manipulaciones estadísticas. La realidad no lo resiste. ¿Cuántos de los que han recibido ayudas “para el bienestar” durante seis años han dejado de recibirlas porque ya no las necesitan?, ¿cuántos ya salieron de la pobreza y entraron en la clase media? Ninguno, absolutamente ninguno. Antes bien, se ha considerado urgente incorporar a más, ahora a mujeres de 60 a 64 años. No señor, no se ha reducido la pobreza, más bien ha aumentado la inconformidad y la irritación social, por eso precisamente ha habido que incrementar la cantidad de personas que reciben las ayudas “para el bienestar”.
El llamado Ramo 23 fue abolido de un plumazo. Tiene seis años que no se destinan recursos para obras y servicios de pueblos y colonias pobres y todo mundo se da cuenta que su mantenimiento y la aplicación de nuevas inversiones es extremadamente urgente. Ya hay muchos sitios que no aguantan la destrucción y deterioro de lo que alguna vez tuvieron y otros más que necesitan lo indispensable porque nunca lo han tenido. ¿Ha sido suficiente y hasta sobrado el mentado programa “la escuela es nuestra”? ¿Ya no requiere la población pobre, no sólo Escuelas de Tiempo Completo, sino internados limpios, modernos y eficientes para sus hijos?
La riqueza está muy mal distribuida. Apenas en abril pasado, La Jornada publicó que “La concentración del poder económico en México se ha vuelto una herencia familiar y una puerta giratoria hacia el poder político. No hay economía en América Latina y el Caribe, ni de la OCDE, donde tantas grandes empresas están en manos de tan pocos clanes familiares como la mexicana… Cerca del 95 por ciento de las 50 empresas privadas más grandes de México están en poder de las familias más ricas del país y tienen ingresos que equivalen a una cuarta parte del Producto Interno Bruto (PIB)”.
Urge, pues, una distribución más justa de la riqueza social. Y no se necesita de ninguna asonada, ni siquiera de cambios constitucionales, sólo se impone usar la ley vigente para que paguen más impuestos los que ganan más. Debe rechazarse, por tanto, como una nueva agresión, cualquier intento de llevar a cabo una reforma fiscal que grave más a los que menos tienen, una reforma de esas que se esconden bajo el nombre de “miscelánea fiscal” o algún otro eufemismo, para hacer más cobros a los que ya no tienen casi nada, tales como aumentos al predial, a las actas de nacimiento y a su vigencia, la instrumentación de nuevos emplacamientos de los vehículos, impuestos a los refrescos, a los cigarros, etc., etc. Reforma fiscal progresiva, que paguen más los que ganan más, es lo que se necesita urgentemente, sin engaños ni disfraces. La lucha sigue.
El Partido Comunista de Venezuela rechazó el acuerdo que contempla desarrollar 17 campos petroleros con un potencial de 65 mil millones de barriles y cuestionó la participación de Estados Unidos en el negocio energético venezolano.
La mandataria destinó sólo 3 minutos a enlistar los resultados en materia de seguridad, el resto fueron sólo agradecimientos.
Los índices de pobreza y marginación se concentran precisamente en la población indígena.
La consigna era esperanzadora: “arte para todos”.
Nuestro país es de los más ricos del mundo, pero con un pueblo sumido en la pobreza, y un reflejo de esto es la situación del campo.
La salida de una comunidad significa también dejar las actividades de las que dependía el ingreso familiar. Quienes vivían de la agricultura, la ganadería o trabajos realizados en sus localidades, deben buscar nuevas fuentes de sustento en las ciudades.
Más de una centena de presidentes municipales en Puebla se encuentran ya distraídos con la reelección rumbo a 2027.
Fuera de las zonas hoteleras, la realidad es muy distinta; en las colonias populares y las comunidades humildes, miles de familias enfrentan diariamente la pobreza.
La expoliación de la clase trabajadora, sometida de mil y una formas al dominio de las grandes corporaciones, es lo que verdaderamente representa el imperialismo.
Donald Trump quiere arrojar del territorio de EE. UU. a la parte más vulnerable de la clase obrera que ha enriquecido internamente a los poderosos capitalistas norteamericanos.
La justicia social no significa pasar de año a los estudiantes o regalarles calificaciones, sino otorgar igualdad de condiciones para que nadie se quede sin preparación de calidad.
De estas comparaciones se deduce que México no tiene una política deportiva acertada, que es poco el dinero destinado por el gobierno para el deporte y que estos recursos se pierden por la corrupción.
Desde la perspectiva de los floricultores, el apoyo que presumen tanto la gobernadora mexiquense como la Presidenta de la República son pura propaganda, no existen.
Michoacán, durante décadas, ha expulsado población joven.
La mitad de los 12.4 millones de niños de 0 a 5 años vive en pobreza y 50% carece de servicios de cuidado.
Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".