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Omar Carreón Abud
La democracia mexicana: tiempo de dudar
La democracia que vivimos se ha mostrado francamente incapaz de seleccionar para los más altos puestos de la nación a hombres eficaces


Si cualquier idea o proyecto ha de juzgarse por sus resultados, tanto más ha de ser con las formas de organización que los hombres escogen para mantenerse unidos y en progreso constante. No obstante que estas afirmaciones son, no solo elementales, sino que gozan de una aceptación generalizada, en los hechos diarios, con mucha frecuencia, se omite, se escamotea evaluar los resultados, las cosas se dejan sin reparación y volvemos a empezar, como si las plagas que padecemos fueran castigo divino ante el cual no hay nada qué hacer.

Nada hay qué inventar, todo está a la vista y podemos ocuparnos de analizar los resultados palpables de nuestra tan cacareada democracia. Casi nadie duda de que sea un gran logro, unos le llaman con orgullo transición democrática, otros, de plano, revolución democrática y hasta de nombre la escogieron para su partido. Pero ¿qué vemos?

Los imagenólogos han pasado a sustituir a los esenciólogos que se quebraban la cabeza diseñando un programa de gobierno, ideando soluciones macroeconómicas a los grandes problemas nacionales o a los más particulares de las regiones o sectores. La democracia que vivimos no le sirve al pueblo para reflexionar sobre los grandes problemas comunes y sus soluciones, sino para apartarlo de ellas. La diferencia de fondo entre las ideas y las propuestas de los precandidatos, ha tenido que ceder su lugar a la mimetización para ganar.

¿Qué más? Que dígase lo que se diga, nadie puede ser candidato si carece de dinero, es decir, el ejercicio de la política se ha elitizado más todavía. Los grandes planteamientos de los hombres que alguna vez –quizá– habrán de gobernarnos, giran en torno a denuncias de lo que gastan sus contrincantes, mientras ellos mismos se dedican a gastar lo mismo o más. Y, en este sentido, los grandes medios de comunicación se han convertido, guste o disguste, se acepte o se rechace, en los grandes juzgadores a quienes se les tiene que dar cuenta y satisfacción primero y más que a nadie para llegar a los puestos de poder.

La guerra electoral tiene como base el descubrimiento y la denuncia de corruptelas del adversario o, en su defecto, la invención o exageración de ellas para volverlo odioso ante el electorado. Ningún partido se escapa. Hay que tundir al oponente, hay que registrar en las cloacas para hacerse de materiales de combate, hay que decir, o mandar decir, lo peor. Nuestra democracia no sirve, pues, para educar a la población, para elevar su sensibilidad, sirve para acostumbrarla a los escándalos y a la exhibición de la vida privada, sirve para que los mexicanos nos denigremos.

La democracia que vivimos se ha mostrado francamente incapaz de seleccionar para los más altos puestos de la nación a hombres eficaces, cumplidores, sensibles y cultos, como lo demuestra palmariamente la última experiencia electoral por la que atravesamos todos los mexicanos. La población experimenta un desencanto generalizado, por decir lo menos, pues ninguna de las expectativas y ninguna de las promesas de campaña se cumplió y, en muchísimos aspectos, ahora estamos peor.

Pero, sobre todo, la democracia de la que tanto nos enorgullecemos ha fallado en procurar un mejor nivel de vida para los mexicanos. Ahora, por ejemplo, en todas las ciudades grandes sin excepción, hay más, muchísimos más vendedores ambulantes, lo cual es síntoma claro y evidente de que no se crean empleos formales en cantidad suficiente; ahora, también, la emigración al extranjero ha aumentado considerablemente, al grado de que es difícil encontrar una familia mexicana que no tenga un emigrado en Estados Unidos, lo cual, también, es síntoma evidente de la bancarrota de la generación de empleos en nuestro propio suelo. Y, no obstante el escape al comercio callejero y la huída a servir al extranjero, la pobreza en México ha aumentado impresionantemente, ahora hay más pobres y los pobres son más pobres.

Así de que si la democracia nos denigra, nos cuesta una fortuna, nos pone en manos de los dueños de los medios de comunicación, no ha garantizado, hasta ahora, que lleguen los mejores hombres y nada ha hecho por mejorar la suerte de los mexicanos que menos tienen, me pregunto ¿no es ya tiempo de dudar de ella y procurar una que sí responda a los intereses de quienes más lo necesitan? Nunca se me ocurriría, ni siquiera de broma, insinuar alguna modalidad de autoritarismo al cual, por lo demás, el pueblo ha vomitado varias veces. Antes bien, me inclino por que la gente tenga más participación, mucha más que dejar de vez en cuando un papelito en la urna y tenga, al mismo tiempo, muchas menos restricciones y obstáculos para hacer oír su voz y lograr que se tomen decisiones atendiendo a sus intereses. Una democracia así sería de celebrar, no la actual, cuyos resultados deberían hacernos cuestionar lo que hemos hecho. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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