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“El trabajo es la fuente de toda riqueza”, afirman los especialistas en economía política. Y lo es, en efecto, a la par que la naturaleza, proveedora de los materiales que convierte en riqueza. Pero el trabajo significa muchísimo más que eso. Es la condición básica de la vida humana. “Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre”. Federico Engels escribió esta frase en su famoso artículo El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. No por nada la obra principal de Adam Smith se llama La riqueza de las naciones; este autor fue uno de los primeros en destacar el papel del trabajo como medida del valor. David Ricardo, a su vez, escribió un libro, Principios de economía política y tributación donde también plantea que la riqueza procede del trabajo. Pero tanto Smith como Ricardo, en su calidad de defensores del capitalismo manufacturero e industrial, respectivamente, no podían llegar a la conclusión de que el sistema social que defendían tendría fin y que la solución a la injusta distribución de la riqueza, derivada del trabajo humano, podría estar en manos de los trabajadores y no en la de los dueños de las empresas y los banqueros.
Fue en ese contexto cuando nació la Contribución a la crítica de la economía política, obra escrita por un alemán de gran penetración y capacidad de análisis, un genio en toda la extensión de la palabra, que habría de convertirse en defensor de las causas de los trabajadores, en el creador de la teoría que sirve de guía al proletariado mundial y que revolucionó la realidad porque, como escribió Mario Benedetti en un poema: puso “el acento en el hombre”. A diferencia de sus antecesores, Carlos Marx y Engels advirtieron que el sistema de producción capitalista no es eterno, como no lo fue el esclavismo ni el feudalismo; que solo es un modo de producción o una etapa dentro del desarrollo de la sociedad humana y que los trabajadores, quienes son los productores de la riqueza, deberán tomar las riendas de ésta para crear un mundo mejor. Sin embargo, para alcanzar una mejor sociedad, es necesario reconocer el papel del trabajo en la producción humana, quitarle su halo místico y poner el acento en el hombre, pero, como se mencionó, en el hombre en concreto.
En su obra cumbre, El capital, Marx afirma que el trabajo del hombre en el modo de producción capitalista tiene un doble carácter, igual que las mercancías que produce: el valor de uso y el valor de cambio. El trabajo que le da vida al valor de uso es el trabajo concreto; pero el trabajo que crea el valor es el trabajo abstracto. Dos modalidades de una misma actividad pueden entenderse bajo el uso de la lógica dialéctica. El trabajo concreto es el que moldea, con los elementos materiales que se necesitan para trabajar, la mercancía, que le da cuerpo. El trabajo del carpintero, del herrero, del talabartero, etc.; sin embargo, el trabajo creador de valor es aquel que resulta indistinto a los diversos trabajos concretos de la sociedad y que Marx denominó “trabajo abstracto”, pues hay que hacer abstracción de los trabajos concretos y quedarse con el desgaste de músculos, cerebro, nervios, etc., que es común a todas las actividades humanas productivas y que configuran el valor de las mercancías y que opera simultáneamente con la fabricación de la mercancía en concreto.
Ahora bien, la fuente de la explotación del hombre en el modo capitalista de producción procede del hecho de que el trabajador, como lo descubrió Marx, no vende su trabajo al patrón, sino su fuerza de trabajo, es decir, su capacidad para trabajar. El obrero no vende su trabajo, pues cuando está frente al patrón, antes de iniciar sus labores, ofrece su capacidad para trabajar; es decir, su fuerza de trabajo y acuerdan un precio determinado por ella: el salario.
Como toda mercancía, la fuerza de trabajo tiene un doble carácter, es decir, tiene valor de uso y valor. El valor de la fuerza de trabajo es lo que el obrero cuesta, por término medio, para producir su vida y reproducirse; es decir, para reponer energías y que al día siguiente esté para trabajar y tener descendientes que lo suplan en su puesto de trabajo cuando muera. Ahora bien, el valor de uso de la fuerza de trabajo consiste en poner a trabajar al obrero, y aquí está el secreto de la producción de riqueza de la sociedad capitalista: el obrero, a la hora de trabajar, crea más valor de lo que costó su fuerza de trabajo, pero a él solamente le pagan lo que cuesta su fuerza de trabajo; por tanto todo el tiempo de trabajo que supera el valor de su propia fuerza, que Marx denominó Tiempo de Trabajo Excedente, generará la plusvalía; es decir, mayor valor que el valor de la fuerza de trabajo y que, una vez vendida la mercancía en el mercado, genera la ganancia, que no es otra cosa sino la expresión monetaria de la plusvalía.
Pues bien, ésta es la esencia de la explotación, de tal suerte que la forma material concreta de mejorar la suerte del obrero es que haya una mejor distribución de la riqueza material producida por él con su trabajo; es decir, que haya una mejor distribución de la plusvalía creada por el propio obrero pero que, dadas las condiciones de producción capitalista, es acaparada por unos cuantos. Por ello, plantear la creación de un “índice subjetivo de la riqueza” o un “índice de la felicidad o del bienestar”, como lo planteó Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en una de sus mañaneras, es un despropósito y un distractor; frases eufemísticas que pretenden esconder la realidad; pues para que exista paz espiritual y tranquilidad, antes hay que comer, vivir, vestir, dormir, etc. Ya lo escribió Marx: “el modo de producción de la vida material determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia”. En su novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes también escribió “que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas”. En otras palabras, que la felicidad no se puede medir si la gente no tiene resueltas sus necesidades básicas y que, por tanto, querer medir el bienestar considerando la subjetividad es, repito, un despropósito y el pueblo debe descubrir la mentira.
Para que el pueblo sea feliz, debe tener trabajo bien remunerado, buena vivienda, salud, educación para sus hijos, transporte de calidad, acceso a la cultura, etc.; y no vemos que el camino propuesto por la “Cuarta Transformación” lleve a ello. No es el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) la esperanza de México, ni la medida subjetiva del bienestar lo que mejorarán la suerte del pueblo mexicano.
Son innegables los cambios en la esfera política del país.
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Escrito por Brasil Acosta Peña
Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.