En pleno auge de la Guerra Fría, el filme soviético Aquí los crepúsculos son más apacibles (1972), del realizador Stanislav Rostotki, da un ejemplo del buen cine realizado en aquel país durante décadas.
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Cuando se aborda el tema de la Inteligencia artificial (IA), a diferencia de algunas décadas atrás en el tiempo, ya no se aborda como ciencia-ficción; ahora la IA es una realidad, con ésta se diseñan armas, se automatiza la producción, se dirigen drones en las guerras, se predicen acontecimientos o conductas y otras variadas actividades. Por tanto, el país que domina la IA tiene mucho poder frente a sus competidores en el terreno económico, político y militar. La IA aplicada a la robótica está permitiendo que los robots puedan realizar actividades que antes sólo hacían los seres humanos, tales como obtener aprendizaje de la experiencia; pueden –por los algoritmos que contienen– analizar su entorno, procesando los datos que asimilan sus sensores y por tanto pueden tomar decisiones “autónomas”. Todas estas capacidades ya desarrolladas en los robots, gracias en gran parte a la IA, les permiten a esas prodigiosas máquinas adaptarse a los cambios cuando interactúan con la realidad. Pero, ¿podrán los robots llegar a desarrollar sentimientos humanos, imitar a la psique humana? Esta situación ya ha sido planteada en el cine desde hace mucho tiempo.
En Blade Runner, cinta de Ridley Scott (1982), se narra la historia del policía Rick Deckart (Harrison Ford), quien busca a unos robots humanoides llamados “replicantes”, que se han rebelado contra el sistema. En su búsqueda de estos humanoides, Deckart se enamora de una replicante a la que le “implantaron” emociones humanas, al grado de que ella se cree humana. La cinta es Ex-máquina estrenada en 2014, dirigida por Alex Garland y en la que también hay robots en cuya fabricación han concurrido la implantación de emociones humanas. Caleb (Domhnall Gleeson) es un “codificador de motor de búsqueda” (especialista que logra que los robots se muevan con mucha precisión y realicen tareas complejas).
Aparentemente, Caleb gana un concurso para ser llevado a trabajar a un laboratorio ubicado en Alaska en el que el genio de la robótica, Nathan Bateman (Oscar Isaac), ha fabricado robots humanoides con una IA que sobrepasa los conocimientos y aptitudes de los robots “normales”, al grado de que estos robots llegan a tener sentimientos humanos. Nathan asigna a Caleb la tarea de interactuar con el robot femenino Ava (Alicia Vikander), que va conociendo la personalidad de Caleb. Un incidente favorece el acercamiento cuando en la habitación en la que se lleva a cabo el experimento se suspende la energía eléctrica y dejan de funcionar todos los dispositivos del laboratorio “inteligente”, incluidas las cámaras con las que Nathan monitorea todas las áreas del laboratorio y la habitación en donde se dan las conversaciones entre Caleb y Ava, ésta –aprovechando que Nathan no la puede ver y escuchar– le advierte a Caleb que Nathan es un hombre muy peligroso; a partir de ese momento se establece un vínculo de confianza entre el codificador y Ava. Caleb, impulsado por lo que le ha dicho Ava, comienza a investigar qué otros experimentos se realizan en el laboratorio Nathan.
Para lograr este cometido, Caleb se aprovecha del hecho de que Nathan se emborracha. Nathan quiere llegar a demostrar que una IA en un robot puede “convencer” o hasta engañar a un humano para que éste lo “libere”. Ava logra su cometido con Caleb. La reflexión a que nos impulsa esta cinta es cuestionarnos: ¿es posible que los robots con IA pueden llegar a tener ese grado de complejidad en su “mente”? En lo personal, creo que estas historias de ciencia-ficción eluden el análisis materialista dialéctico, el cual sostiene que en la materia hay distintas clases de movimiento, cualitativamente diferentes.
De lo simple a lo complejo hay movimiento: mecánico, físico, químico, biológico y social (dentro del cual está como esencial el pensamiento y la conciencia humana, producto de la evolución de millones de años). Cuando veo estas historias distópicas, creo que tratan de encubrir el hecho de que las máquinas no pueden llegar a convertirse en enemigas de los humanos; las máquinas se convierten en “enemigas” del hombre cuando sirven para explotar al hombre, esas máquinas funcionan en un sistema que está estructurado para la extracción de la plusvalía. La IA y la robótica podrán servir a la humanidad de manera muy eficaz en un orden social en el que no haya explotación.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA