La Organización Meteorológica Mundial advirtió que existe un 91% de probabilidad de que al menos un año entre 2026 y 2030 rebase el límite de calentamiento establecido en el Acuerdo de París.
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Si pensamos en soluciones al cambio climático, lo primero que nos viene a la mente son paneles solares o coches eléctricos. Pero hay una tecnología milenaria, considerablemente eficaz y con mayores beneficios sociales y ecológicos: las Áreas Naturales Protegidas (ANPs). Se trata de territorios decretados por gobiernos de los tres niveles para conservar ecosistemas representativos, biodiversidad (flora y fauna), recursos naturales y servicios ambientales, como la recarga de acuíferos y disponibilidad de agua, suelo, aire limpio, etc. México cuenta con 232, administradas por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp).
Las ANPs son complejos escudos climáticos, esponjas de carbono y laboratorios de adaptación en funcionamiento. Así como un castillo medieval tenía murallas, fosos y escudos para defenderse de múltiples amenazas, las ANPs son nuestro sistema de defensa multifuncional contra el cambio climático: detienen tormentas y huracanes; capturan al enemigo invisible y principal agente del cambio climático (CO2 ), y en su interior guardan la sangre (biodiversidad) necesaria para sanar y regenerarse tras la batalla.
El Estado de México (Edomex) posee la mayor cantidad de estos espacios (90 ANPs entre estatales y federales), que cubren 44.45 por ciento de su territorio. Sin embargo, a pesar de los años transcurridos desde su decreto como tales, un estudio publicado por investigadores de la Universidad Autónoma del Estado de México en la revista Quivera en 2019 (Evaluación de la situación actual de las áreas naturales protegidas del Estado de México) revelaba una brecha preocupante en la implementación práctica de ANPs. En el Edomex, únicamente el 32.9 por ciento de las ANPs contaba con un instrumento fundamental: el plan de manejo.
Este documento es mucho más que un simple trámite administrativo: actúa como la hoja de ruta estratégica para cada territorio. En él se definen los objetivos de conservación a largo plazo, se establecen las políticas de uso y se planifican las acciones concretas para proteger la biodiversidad, gestionar los recursos naturales de forma sostenible y salvaguardar el patrimonio cultural asociado a estos ecosistemas.
La ausencia de este plan en casi dos tercios de las áreas significa, prácticamente, que gran parte de estos espacios carece de directrices claras o coordinadas para enfrentar amenazas como el cambio climático, la fragmentación del hábitat o la presión antropogénica, limitando severamente su efectividad real como refugios de biodiversidad y aliados en la mitigación climática. Ello sucede a pesar de que el Artículo 65° de la Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente (LGEEPA) establece que, una vez que el ANP recibe el decreto definitivo, el programa de manejo se debe formular en el plazo de un año a partir de la fecha decretada.
Tras una revisión de los programas de manejo de las cuatro ANPs más grandes y conocidas dentro de territorio mexiquense: Ixtaccíhuatl-Popocatépetl, el Nevado de Toluca, Reserva de la Mariposa Monarca y el de la Cuenca de los ríos Valle de Bravo, Malacatepec, Tilostoc y Temascaltepec, se aclara que la atención exigida por el cambio climático resulta muy escasa e insuficiente: básicamente se carece de estudios con proyecciones concretas de los impactos y escenarios del cambio climático en la diversidad, la distribución de especies, los procesos ecológicos fundamentales y en los servicios ambientales que brindan a nuestra sociedad, etc. Es decir, nos encontramos muy lejos de lo que implica una respuesta oportuna y acelerada no solamente para mitigar, sino para adaptar y crear resiliencia en nuestras ANPs ante el cambio climático. En pocas palabras, no responderemos a tiempo y nos rebasarán las consecuencias de éste.
Por tanto, resulta imperativo transformar radicalmente la gestión de las ANPs: sólo mediante el empleo de conocimiento científico robusto, la asignación de un presupuesto suficiente y continuo a la Conanp –en lugar de la asfixia financiera de los últimos años– y la implementación de un plan estratégico de acciones concretas podremos forjar defensas efectivas. Un escudo agrietado mantiene a nuestra sociedad expuesta y no nos ofrece protección alguna frente a la embestida del cambio climático.
La Organización Meteorológica Mundial advirtió que existe un 91% de probabilidad de que al menos un año entre 2026 y 2030 rebase el límite de calentamiento establecido en el Acuerdo de París.
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Escrito por Citlali Aguirre Salcedo
Maestra en Ciencias Biológicas por la UNAM. Doctora en Ecología por la Universidad de Umeå, Suecia.