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Parresía griega y libertad de expresión contemporánea
En la parresía, quien habla lo hace porque está convencido de que su palabra expresa la verdad sobre el punto que se discute.
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La libertad de expresión, el ser capaz de decir lo que se piensa sin temor a represalias, es una de las libertades más importantes que la sociedad humana ha construido. Vivir en sociedad requiere que las personas estén dispuestas a decir, escuchar y discutir constantemente las perspectivas propias y ajenas sobre las cuestiones más diversas de la vida humana. Esta necesidad de decir lo que se piensa, de preferencia sin preocuparse por represalias, pero haciéndolo a pesar de ellas, no es nueva; ha acompañado a las sociedades humanas por lo menos desde las democracias griegas.

Hubo ciudades-Estado griegas entre los siglos VI-IV a.C. que desarrollaron sistemas democráticos; ciertamente, éstos no eran como el nuestro, pues en ellos no se consideraba a todas las personas como ciudadanas, sino sólo a los hombres propietarios. Entre ellos sí había un principio de igualdad que permitía que cualquiera que fuera ciudadano varón, mayor de 20 años, pudiera tomar la palabra en las asambleas, ya sea para proponer un tema de discusión, dar su punto de vista o plantear soluciones a los problemas. Este intercambio constante de ideas era fundamental para los caminos que la ciudad recorrería, por lo que tomar la palabra era crucial para los ciudadanos. Dentro de estas discusiones podemos reconocer por lo menos dos formas del acto de hablar en la asamblea: la retórica y la parresía.

En la retórica, quien habla lo hace para convencer de que su idea es la mejor, pero la convicción buscada puede sustentarse en la forma en que se presenta el razonamiento e, incluso, en esconder partes incómodas que se desprenden de la propuesta sostenida. En la parresía, quien habla lo hace porque está convencido de que su palabra expresa la verdad sobre el punto que se discute, y está obligado, por tanto, a demostrar que lo que dice es la verdad; el convencimiento de la asamblea se logra no por la “bonita” forma del discurso o la “correcta” moderación de la voz, sino porque el discurso presentado, incluso si es incómodo o en perjuicio de quien habla, dice la verdad. En este sentido, la parresía implica cierta valentía de quien habla, pues sus palabras pueden ir en contra de personas con poder político o económico. Hay quienes dicen que lo que Sócrates hacía entre la población ateniense era, justamente, la parresía, pues sus conversaciones tenían siempre la intención de que su interlocutor cuestionara principios establecidos y llegara a la verdad surgida del razonamiento propio y colectivo. A Sócrates los poderosos de Atenas le exigieron su vida en pago por su labor reflexiva.

Lo ideal sería que hoy pudiera decirse, sin asomo de duda, que decir la verdad es un acto natural, que no requiere valentía, pues quien la dice no tiene nada que temer porque a todos nos interesa conocer la verdadera situación de las cosas en pro de su constante mejora. Sin embargo, hoy en día hablar con la verdad sí requiere de mucho valor, especialmente en México, donde la labor periodística (crucial en el estudio y difusión de las problemáticas sociales) es perseguida, llegando incluso a recibir amenazas contra la integridad de quienes hacen periodismo. Así como en la Atenas clásica la parresía ponía en riesgo a quien la ejercía, hoy en México la labor periodística, que debería ser un ejercicio de verdad en favor de la sociedad, enfrenta persecución y amenazas. 


Escrito por Jenny Acosta

Maestra en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana.


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