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A medida que el capitalismo se desarrolló y expandió globalmente, los sistemas monetario y financiero fueron adquiriendo un rol cada vez más relevante en el funcionamiento del sistema capitalista. El desarrollo de estas esferas respondía a las propias exigencias de la acumulación capitalista, que requería mecanismos cada vez más eficaces para la valorización y administración del capital. En ese marco, los sistemas monetario y financiero no sólo facilitaron las transacciones económicas mediante la creación de un sofisticado sistema de pagos, sino que también hicieron posible la concentración y redistribución del capital en una escala cada vez mayor.
Sin embargo, dentro del propio desarrollo del sistema monetario y financiero, aquellas funciones que en un inicio estaban orientadas a facilitar el intercambio y canalizar el ahorro social mediante el crédito bancario fueron, paulatinamente, cediendo lugar al predominio de actividades netamente financieras. Ya no se trataba sólo de administrar el dinero y el crédito en función de la producción y la circulación de mercancías, sino de nuevas formas de valorización “ficticia”, independientes, en apariencia, de la actividad económica real, que generan una ganancia expedita de la mera compraventa de activos financieros.
Es a esto a lo que Marx denominó “capital ficticio”, es decir, capital que no se invierte en la producción real de mercancías, en la compra de fuerza de trabajo o de medios físicos de producción, sino que representa derechos de propiedad sobre ingresos futuros, como los que otorgan los bonos o las acciones. Estos derechos se compran y se venden en los mercados financieros; y como resultado de esas operaciones se obtiene una ganancia, creando la ilusión de que esos papeles producen valor por sí mismos. Esto sucede a través de un mecanismo que se conoce como “capitalización”, que consiste en asignar un precio de mercado a estas promesas de pago futuro. Este precio se calcula en función de cuánto habría que invertir hoy para obtener ese ingreso futuro, según la tasa de interés promedio vigente. Si un bono promete pagar 100 pesos anuales de manera indefinida, y la tasa de interés es del cinco por ciento, su precio en el mercado rondará los dos mil pesos, pues ésa es la suma de dinero que, invertida a una tasa del cinco por ciento, generaría el mismo ingreso anual.
No obstante, quien compra ese bono no necesariamente lo hace para conservarlo y gozar de su derecho a recibir un pago futuro por el tiempo especificado, sino para revenderlo cuando su precio suba. Por ejemplo, si la tasa de interés disminuye, el bono se vuelve más valioso porque ahora ofrece un rendimiento más alto que los bonos que se están emitiendo hoy a una tasa de interés menor. De este modo, la ganancia ya no proviene del ingreso que representa el bono, sino del cambio en su precio. Se trata, pues, de una forma de valorización especulativa, derivada de la compraventa de activos financieros, sin necesidad de atravesar los riesgos y plazos propios de la inversión productiva. En muchos casos, estas ganancias no sólo se obtienen con mayor rapidez, sino que superan ampliamente las que provienen de la actividad productiva.
De hecho, la expansión del capital ficticio está directamente vinculada a la caída de la tasa de ganancia en la producción real. Según el economista marxista británico Michael Roberts, este fenómeno se volvió más evidente desde las décadas de 1960 y 1970, cuando la rentabilidad del capital productivo comenzó a disminuir. Ante esta situación, una estrategia recurrente fue redirigir las inversiones hacia el sector financiero para sostener las ganancias, incluso a costa de una menor inversión en la producción de bienes. Aunque hubo una recuperación parcial en las décadas siguientes, la rentabilidad nunca volvió a los niveles previos, y desde fines de los años 90, la caída persistente de la tasa de ganancia ha provocado una desaceleración en las principales economías del mundo.
Para evitar una crisis abierta, la clase capitalista ha recurrido a una expansión masiva del crédito a escala global. Esta abundancia de dinero barato en los principales centros financieros del mundo, no obstante, no siempre se canaliza hacia la inversión productiva, sino que termina alimentando aún más la especulación financiera. Empresas, fondos de inversión y grandes capitalistas pueden endeudarse a muy bajo costo para comprar activos financieros como bonos o acciones, con la expectativa de que sus precios aumenten.
Esta contradicción no ha dejado de profundizarse. Incapaz de restaurar una rentabilidad sostenible en la esfera productiva, el capitalismo se hunde cada vez más en formas de valorización ficticia, sostenidas por la especulación y la expansión del crédito. Mientras el crecimiento económico y la producción avanzan con lentitud, los mercados financieros siguen batiendo récords.
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Escrito por Tania Rojas
Maestra en Economía por El Colegio de México. Estudia un doctorado en Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, en EE.UU.