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La vorágine de colores partidistas en las elecciones ha sido de vértigo: amarillos, blanquiazules, tricolores, guindas, verdes, naranjas, etc. Entran en el juego también personajes que se autopromueven como personificación del cambio: solo es cuestión de votar por ellos y todo queda arreglado en un santiamén. Aparecen también en el escenario blogueros “famosos”, figuras de la farándula, deportistas con “arrastre”, actores, payasos y camaleónicos saltimbanquis de la política, que brincan de un partido a otro, faltos de todo principio que inspire confianza, y de quienes no se sabe a punto fijo qué son o qué piensan. Y así vemos candidatos haciendo circo para adquirir fama, aunque sea a lo Eróstrato, para ocultar la pobreza o ausencia de ideas, de propuestas, obras y realizaciones que les acrediten. Todo es un vistoso carnaval que distrae pero no soluciona. El poder se viste de “colores” nuevos; cambios cosméticos, nuevos rostros, nuevas esperanzas, más precisamente, nuevas ilusiones.
Son movimientos en la superestructura política que, ciertamente, merecen ser estudiados, sin olvidar que son lo fenoménico, lo variable y “novedoso”, que oculta lo fundamental, por ejemplo, a qué intereses (confesos o inconfesables), sirve cada político; para qué clase social o sector trabaja; qué hará con el poder en caso de obtenerlo. Y mientras este triste espectáculo transcurre, sigue ignorada la problemática estructural, el sustrato económico, como la distribución del ingreso, el acceso a la propiedad y la apropiación de la riqueza. ¿Alguien ha escuchado de algún candidato decir que modificará el régimen distributivo y fiscal para que paguen más quienes más ganan? Nadie. Son temas tabú, pues el solo mencionarlos enajena la voluntad y el apoyo de los poderosos.
Bueno sería que la sociedad tuviera memoria de cuántas veces le han ofrecido salvadores, estrellas y superhéroes, como candidatos a gobernadores que parecían la gran solución, y que con “imagen” y “marketing político” se las arreglaban para generar grandes expectativas, pero a la postre, al final de sus mandatos quedaba solo el amargo sabor de boca. Cada sexenio nacen esperanzas, y mueren al final en una historia sin fin. Mientras tanto, los de abajo siguen olvidados y sufren cada día más carencias. Ejemplo de esta política es el actual Presidente, presentado como mesías en 2018 y que despertó grandes esperanzas; a decir verdad, esperanza inútil. Su gobierno llega ya a la segunda mitad. Luego de tres años de vender promesas e insistir en que “no son iguales”, alguien puede decir a ciencia cierta, ¿qué ha cambiado para el progreso del país? ¿Cuáles son las grandes transformaciones? Es más, ¿en qué consiste la “Cuarta Transformación”? Y así concluirá el sexenio y los grandes problemas seguirán ahí (como dijo Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), esperando solución, y vendrá otro vendedor de ilusiones, otro flautista de Hamelin a encantar al electorado. Muchos lo advertimos desde antes de 2018, y la realidad nos ha dado la razón: no ocurrirá el cambio milagroso. El pueblo es víctima de un discurso “pegador” de un partido y un gobernante con fuertes vínculos y compromisos con las élites económicas, al menos con algunos sectores.
Con este telón de fondo, debemos reflexionar sobre los resultados de las elecciones de este seis de junio (algo que abordaré con más detalle en posterior ocasión). Por lo pronto, vale plantearnos la interrogante de quién saldrá ganando y quién no con el triunfo de uno u otro candidato. Lo seguro es que no serán los más pobres. A raíz de los resultados electorales, ¿ahora sí se brindarán apoyos efectivos y suficientes a los campesinos y productores medios? ¿El transporte público, será cómodo y seguro? Los hospitales de pobres, ¿tendrán por fin personal y equipamiento suficientes para que los enfermos no esperen durante meses una consulta o una cirugía? ¿Habrá camas y medicinas suficientes? ¿México ya no será ejemplo de desigualdad? ¿La educación pública mejorará, y las escuelas tendrán infraestructura, equipamiento y calidad educativa de alto nivel? ¿Dejaremos de estar en manos de las trasnacionales que repatrian miles de millones de dólares a sus países de origen? ¿Se revertirá por fin la destrucción de recursos naturales y medio ambiente? ¿Terminará, o al menos se atenuará la pobreza? ¿La alimentación de los mexicanos será nutritiva y balanceada? Habrá que esperar el veredicto del tiempo, implacable juez que dirá la última palabra, para que advirtamos que íbamos tras de una moda, pasajera como todas. Por lo pronto, basados en la historia podemos decir que nada de esto ocurrirá, así haya ganado un gobernante de un color u otro, así haya ocurrido una y otra vez la “alternancia partidista”.
Llama mi atención al respecto que en su columna Bitácora del director de hoy miércoles en Excelsior, el periodista Pascal Beltrán del Río ofrece una interesante y minuciosa estadística. Dice: “…de las últimas cuatro elecciones presidenciales, la mayoría de los votantes sólo ha optado por el partido gobernante en una ocasión, y lo hizo por apenas 243 mil votos o 0.58 puntos porcentuales. Si nos vamos al nivel estatal, ha sucedido algo parecido: de las 140 elecciones para gobernador (o jefe de Gobierno) que se han realizado en el país de 1998 a la fecha, 62 (44%) han dado por resultado una alternancia de partido en el poder. En esos 23 años, incluyendo las elecciones del domingo pasado, solo quedan cuatro estados del país que no han experimentado el cambio político en la gubernatura (…) Y hay once estados que han tenido tres o más alternancias en el Ejecutivo local durante ese periodo (…) El domingo, de los 15 estados que tuvieron elección de gobernador, tres (…) no votaron mayoritariamente por un cambio de partido (…) Antes de 1998 (…) las alternancias eran escasas”.
Ciertamente, la decisión del electorado en busca de soluciones se mueve en forma pendular, de un partido que queda mal a otro que, se espera, quede bien, y cuando éste también falla, viene el retorno al primero, esperando haya corregido, y luego a otro, y así hasta la náusea, sin encontrar solución definitiva a los problemas torales del país, o al menos sentar las bases para ello. Ha sido dejar de votar por lo mismo para ir a buscar… más de lo mismo, en un infinito círculo vicioso, eterno reciclaje de partidos, personajes y “colores”, pero con los mismos compromisos y vínculos de clase. Y los más desprotegidos… a la espera, mientras pobreza y desigualdad crecen y crecen.
El verdadero cambio que impulse el desarrollo vendrá solo cuando los afectados, los sectores de bajos ingresos en alianza con las clases medias y la intelectualidad comprometida con el pueblo, despierten y decidan tomar el poder directamente; cuando dejen de ser solo un “elector” en la “fiesta de la democracia”, reducidos en el transcurso del sexenio, o trienio, a espectadores pasivos de lo que olímpicamente deciden los gobernantes que encumbraron con su voto; cuando la exigencia y la vigilancia popular logren que el gobierno deje de intervenir en las elecciones (como descaradamente ocurre) para favorecer a sus candidatos, y permita que la voluntad popular se exprese libremente, sin chantajes ni presiones de ningún tipo. Solo eso pondrá fin a este carrusel político que gira y gira vertiginosamente frente a una población que deslumbrada lo ve pasar. El futuro de México necesita, sí, el juego democrático, pero no reducido a simples recambios de partido, de personajes y “celebridades”, sino para lograr un verdadero giro en el compromiso de los gobernantes en favor del pueblo, mediante cambios reales, y económicamente viables.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.