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Brújula
La penosa continuidad
Interesante será ver cómo la presidenta electa enfrentará la maldita y gravísima herencia que su mentor le dejará por el descenso económico.


Terminó la elección, habemus Presidenta. No hay sorpresas, Morena se lleva el carro completo. Sus huestes están de manteles largos porque “el pueblo bueno y sabio decidió”, aunque en el fondo saben que esto no es cierto porque el resultado de las elecciones se definió con la compra del voto con dinero del erario distribuido mediante los programas asistencialistas y un ejército de brigadistas denominados Servidores de la Nación que coaccionaron a los electores con la amenaza “si votas por la oposición, perderás los apoyos”; porque las bandas del narcotráfico actuaron como operadores políticos de los candidatos Morena; y, sobre todo, porque el pueblo de México ya no le cree a los partidos tradicionales.

Vaya que resultó buena la estrategia de los pillos morenistas; pues por un lado compraron la conciencia de muchos electores y los acarrearon con cuantiosos recursos del Estado; y por otro encontraron en el narcotráfico aliados muy poderosos que, además de habilitarlos con más dinero, impusieron el miedo a los habitantes de varias regiones del país. No hay duda: fue una elección de Estado o, para decirlo mejor, una elección de “narcoestado”. La estrategia morenista incluyó una táctica que hasta ahora les ha funcionado bien: aparecer como un partido nuevo cuando realmente sus principales actores conforman la clase política de siempre, con lo que más temprano que tarde provocarán que el pueblo despierte y opine lo mismo que descubrió el personaje del famoso cuento de Augusto Monterroso: “… y cuando desperté, el dinosaurio todavía seguía ahí”.

El viejo Partido Revolucionario Institucional (PRI), al que tanto detesta la población, únicamente se pintó de guinda como camaleón. Brillante “transformación” que, sin embargo, jamás habría funcionado en un escenario distinto, con una oposición activa y con un pueblo políticamente educado. Pero como éste no fue el caso, hoy el pueblo de México se verá frente a otros seis tortuosos años, ocurrencias y engaños en espera de que los golpes de la realidad lo despierten. Pero ¿puede ocurrir esto a pesar de tanta demagogia y mentira? Sí, por supuesto, porque no será la primera ni la última vez que, dentro del más oscuro panorama, la escasa luz que se cuela ilumine la conciencia de las personas. Es cuestión de tiempo, aun cuando Morena presuma que sus variables socioeconómicas (fallidas y reprobadas) seguirán embaucando a buena parte de la población mexicana.

Interesante será ver cómo la presidenta electa enfrentará la maldita y gravísima herencia que su mentor le dejará por el descenso económico, desempleo, inseguridad pública, delincuencia organizada, migración, salud, educación, corrupción y falta de infraestructura urbana básica. Cabe preguntar: ahora que el gobierno morenista se gastó las reservas que dejaron las administraciones anteriores, ¿de dónde saldrán los recursos para complacer a su clientela electoral? ¿Recurrirá el gobierno morenista al narcotráfico para proveer de dinero a los programas asistencialistas y no perder el favor de la gente? ¿El nuevo gobierno morenista colombianizará la economía mexicana?

Pero algo quedó bien claro del pasado dos de junio: la oposición real y efectiva surgirá del mismo pueblo, no de los decadentes partidos políticos opositores. Éstos tuvieron la oportunidad histórica de luchar democráticamente junto a la sociedad y sólo generaron una rebatinga de posiciones electorales al postular a los mismos personajes siniestros de siempre frente a los candidatos de Morena, con lo que se convirtieron en sus burdos paleros. De ahí el vergonzoso resultado. ¿Quieren que las cosas cambien? Entreguen la democracia al pueblo para que éste ya no sea un ente pasivo que solamente vota y se convierta en semillero de líderes democráticos, honestos y progresistas. Por ello es necesario que el pueblo se organice y se eduque para acabar con la pesadilla autodenominada “Cuarta Transformación”. 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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