El problema no es sólo cuantitativo, es decir, la bajísima creación de empleos. Es también cualitativo, y esto se refiere a la precarización del empleo.
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La historia es pasado y presente, recuerdos, memoria, verdad, ideología, maestra de vida y ciencia. Sabemos que la humanidad recurrió a la historia desde su génesis; por ello, la historia es parte consustancial y necesaria de nuestra existencia. La historia le ha servido a la humanidad de todas las formas antes mencionadas, como memoria, maestra de vida y como ciencia o ideología. Ha habido incluso quienes han querido despojarla de una u otra.
No hace mucho tiempo hubo historiadores que negaban y se rehusaban a considerar que la historia podía ser esa maestra de la vida como sí lo era para los antiguos griegos. Ellos consideraban que la utilidad del conocimiento histórico radicaba, precisamente, en enseñar el pasado para aprender de éste y no cometer los mismos errores o, para engrandecer las hazañas de sus héroes y replicarlas. Esta función pedagógica de la historia se resume en el viejo adagio: “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”.
Para los historiadores del Siglo XIX, en cambio, la historia era una ciencia al nivel de las ciencias puras o exactas como las matemáticas o la biología y, por tanto, la historia era neutral, debía ser neutral. De otro modo, para esos historiadores, la historia terminaba siendo una ideología seguida por consignas subjetivas. No obstante, en los últimos años se ha demostrado que tal objetividad en la historia es una falacia. Es imposible que exista tal modo de hacer historia.
Por ello podemos afirmar que la historia se define no sólo por lo que es, sino por lo que pretende ser, es decir, por la función social de la que se le dote. Visto así, históricamente, la historia cumplió, ha cumplido y cumple con diferentes funciones. Particularmente en México, la historia oficial ha sido utilizada por los diferentes gobiernos (es preciso decirlo) como una herramienta ideológica. En nuestros días, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha recurrido a la historia de una manera acientífica y moralista con el objetivo de incluirse en el relato histórico como un héroe.
Más allá de eso, la enseñanza de la historia en este sexenio se ha menospreciado. De acuerdo con el análisis de Enrique Krauze y Javier Lara Bayón en “El abandono de la historia” publicado en Letras Libres en los sexenios anteriores, los libros de texto de nivel primaria dedicaban a la enseñanza de la historia alrededor de 100 y 150 páginas; en los nuevos libros de texto impulsados por la Nueva Escuela Mexicana, las páginas que se ocupan de eventos históricos a lo mucho, alcanzan las diez.
Es evidente que, durante este sexenio, la educación en general no ha sido una prioridad, y mucho menos lo ha sido la enseñanza de la historia. Por ello, y dado que la historia desempeña un papel vital para la humanidad, independientemente de la función que se le quiera otorgar, resulta pertinente combatir por ella, tal como lo expresó el historiador Lucien Febvre. Es necesario combatir por la historia para rescatarla del abandono y el olvido al que este sexenio la ha sometido; combatir por la historia se convierte, por ello, en una forma de resistencia.
El problema no es sólo cuantitativo, es decir, la bajísima creación de empleos. Es también cualitativo, y esto se refiere a la precarización del empleo.
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Escrito por Victoria Herrera
Maestra en Historia por la UNAM y la Universidad Autónoma de Barcelona, en España.