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Cuando la anarquía de la producción alcanza al Estado
La voz interior que dice al burgués “adelante, adelante” lo lleva a una vorágine productora que satura al mercado con mercancías, sin que le importe saber si éstas son necesarias, porque lo único en que piensa es en vender y acrecentar sus ganancias.
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La voz interior que dice al burgués “adelante, adelante” lo lleva a una vorágine productora que satura al mercado con mercancías, sin que le importe saber si éstas son necesarias, porque lo único en que piensa es en vender y acrecentar sus ganancias. Pero todos los demás han actuado igual y la competencia se vuelve cruda y violenta, prevaleciendo la anarquía total. Cada burgués ve en sus colegas enemigos acérrimos a los que debe vencer para defender su mercado o conquistar nuevos, pues de ello depende que sus mercancías puedan venderse sin obstáculos. Entre más grande sea el capital del burgués, con mayor facilidad desplazará a sus rivales. Logra este objetivo modernizando, tecnificando y organizando mejor el trabajo, así como pagando salarios más bajos a fin de disminuir sus costos de producción y ser más competitivo en precios. Sin embargo, esta batalla se vuelve interminable, porque siempre se retorna al mismo punto de partida.

Por ello, los burgueses requieren de un Estado con un gobierno afín a sus intereses, para reproducir y acrecentar sus riquezas (aun cuando los defensores del modelo económico actual lo nieguen). Para esto se manejan con cautela, hacen alianzas momentáneas y promueven gobiernos que garanticen escenarios idóneos a sus negocios. La “mano invisible”, en sentido estricto, los ayuda a justificar y a otorgar el derecho a usufructuar todo aquello que por sus atributos constituya una oportunidad de negocio, pues sin un Estado a modo no podría explicarse cómo 16 oligarcas mexicanos han logrado acrecentar su riqueza en un 21 por ciento, mientras la pobreza alcanza hoy a más del 80 por ciento de la población de México.

El Estado favorece, a través de sus instituciones, la continuación del modelo de libre mercado y la concentración excesiva de riqueza en unos cuantos. En estos años han logrado con mucho celo garantizar la estabilidad y la tranquilidad necesarias para que los negocios florezcan; y en los momentos de crisis más graves, el Estado ha metido las manos para rescatar el modelo económico, como ocurrió durante la depresión de 1930 y 2008 en Estados Unidos (EE. UU.) o, en el caso mexicano, en 1994, siempre a favor de los grandes capitales. Pero las crisis son cada vez más recurrentes y prolongadas y las masas empobrecidas, también siempre más numerosas, comienzan a sentirse incómodas. Los ánimos de éstas han empezado a calentarse más y, por tanto, estudian milimétricamente nuevos y viejos mecanismos de control, entre los que destaca el hacer creer a los ciudadanos que gozan de libertad para elegir democráticamente a sus gobernantes, aunque tal recurso solo sea utilizado para legitimar a sus verdugos.

La democracia es bienvenida solo cuando la misma clase gobernante continúe ostentando el poder económico y político. Pero se convierte en un problema cuando el poder político favorece solo a un sector de la burguesía, porque entonces sucede que la competencia por el mercado y la anarquía que éste produce se traslada a la esfera política. Lo que ocurre hoy en EE. UU. evidencia de manera muy marcada tal situación; dos de sus sectores se atacan de forma brutal a través de los poderosos medios de comunicación.

En México comienza a reflejarse un panorama similar. Los medios de comunicación mexicanos han empezado a dividirse en dos grandes bloques, uno en torno a los oligarcas tradicionales y el otro al lado de los grandes empresarios que serán favorecidos por el próximo gobierno. Aunque esta lucha entre burgueses no es nueva, es claro que la competencia encarnizada por controlar el mercado y las facilidades para seguir haciendo negocios está en juego. Pero el juego es incierto porque el próximo gobierno, con su actuación al vapor y el uso de formas y argumentos políticos simplistas para utilizar a su conveniencia el apoyo popular, está creando confusión en ambos bandos y aumentando la anarquía. Estos desatinos se observaron en la reciente aplicación de la consulta popular para decidir la cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México y dar paso al proyecto del aeropuerto de Santa Lucía, hecho en el que se mostró con claridad cómo en el entorno inmediato del Gobierno Federal entrante se ha agrupado un sector de la burguesía que va a beneficiarse con una nueva versión del “capitalismo de amigos”.

La “cuarta transformación” es la consecuencia de un modelo económico que ha envejecido y va sembrando anarquía en todos lados. A las masas populares no les queda más remedio que permanecer unidas para no caer en la trampa de las consultas ciudadanas, que solo buscan legitimar a un nuevo sector de favorecidos con la creencia de que los ciudadanos son tomados en cuenta. Para lograr salir de este peligroso impase, que apenas comienza, urge acelerar la organización y la educación de las masas; porque lo que viene no pinta nada bien.


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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