La risa roja es la mueca sangrienta y burlona de la muerte y la guerra es su expresión más grande y contundente.
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Nació el 31 de mayo de 1819 en West Hills, Estados Unidos. Fue el segundo de nueve hermanos y pasó una infancia marcada por las dificultades económicas. Cuando tuvo la edad suficiente se fue de casa para labrarse un futuro y comenzó trabajando como ayudante en una imprenta. Poco a poco pulió su oficio hasta convertirse en director de un pequeño diario, Brooklyn Eagle (1846); a la par, comenzó a publicar sus primeros poemas y a involucrarse en la lucha social. Permaneció en el cargo sólo dos años debido a su disconformidad con la línea abiertamente proesclavista defendida por el periódico. Durante la Guerra Civil, se unió al cuerpo de enfermeros para asistir a los soldados heridos y de aquella experiencia datan algunos de sus poemas más impactantes.
Trabajó brevemente en el diario Nueva Orleans Crescent y poco después, en 1848, emprendió un viaje hacia al Sur. Tuvo la oportunidad de contemplar una realidad cotidiana de las provincias para él totalmente desconocida y que sería decisiva para su carrera futura. Por todo este conjunto de experiencias, cuando regresó a Nueva York, unos meses después, abandonó el periodismo y se entregó por completo a la literatura.
La primera edición de su obra, Hojas de hierba, sin embargo, no vio la luz hasta 1855. Esta obra constaba de doce poemas sin título y fue el propio autor quien se encargó de editarla y llevarla a la imprenta. De los mil ejemplares de la tirada, vendió pocos y regaló la mayoría. Al año siguiente apareció la segunda edición y cuatro años más tarde, la tercera, que amplió con un poema de presentación y otro de despedida.
Tras el fin de la Guerra Civil se estableció en Washington y trabajó para la administración nacional, allí publicó varios ensayos de contenido político en los cuales defendía los ideales liberales y la democracia. Aquejado de varias enfermedades, en 1873 abandonó Washington y se trasladó a Camden, en Nueva Jersey, donde permaneció hasta su muerte. Dedicó los últimos años de su vida a revisar su obra poética y a escribir nuevos poemas que fue incluyendo en las sucesivas ediciones de Hojas de hierba. Fue el primer poeta que experimentó las posibilidades del verso libre, sirviéndose para ello de un lenguaje sencillo y cercano a la prosa que a la vez creaba una nueva mitología para la joven nación estadounidense, según los postulados del americanismo emergente.
Traducción de Eduardo Moga
Una hoja de hierba
Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas
y que una hormiga es perfecta
y un grano de arena,
y el huevo del régulo
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra
digna de los señalados
y que la zarzamora podría adornar
los salones del paraíso
y que la articulación más pequeña de mi mano
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas
y que un ratón es milagro suficiente
como para hacer dudar
a seis trillones de infieles.
Descubro que en mí
se incorporaron el gneiss y el carbón,
el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
Que estoy estucado totalmente
con los cuadrúpedos y los pájaros,
que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos
y que puedo hacerlo volver atrás
y hacia mí, cuando quiera.
Es vano acelerar la vergüenza,
es vano que las plutónicas rocas
me envíen su calor al acercarme,
es vano que el mastodonte se retrase
y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
es vano que se alejen los objetos muchas leguas
y asuman formas multitudinales,
es vano que el océano esculpa calaveras
y se oculten en ellas los monstruos marinos,
es vano que el aguilucho
use de morada el cielo,
es vano que la serpiente se deslice
entre lianas y troncos,
es vano que el reno huya
refugiándose en lo recóndito del bosque,
es vano que las morsas se dirijan al norte,
al Labrador.
Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido
en la fisura del peñasco.
El fuego no arde ni consume
El fuego no arde ni consume,
ni las olas del mar van y vienen con prisas,
ni el aire delicioso y seco, el aire del verano maduro,
empuja suavemente copos blancos
[de innumerables semillas
que flotan, moviéndose con gracia,
para caer donde pueden.
Nada de esto, nada de esto supera
a mi propio fuego abrasador
que arde por el amor de quien amo,
ni nada va y viene con más prisas que yo.
¿Se apresura la marea buscando algo
[sin renunciar nunca?
Yo también.
Ni los copos ni los perfumes ni las altas nubes
cargadas de lluvia surcan el aire libre
como surca mi alma el aire libre flotando
en todas direcciones, amor, en busca de amistad, de ti.
Canto el yo
Canto el yo, una simple persona, un individuo;
sin embargo, pronuncio la palabra Democrática,
la palabra En Masse.
Canto la fisiología, de la cabeza a los pies;
ni la fisiognomía por sí sola,
ni el cerebro por sí solo, son dignos
de la Musa: yo sostengo que la Forma completa es mucho
más digna y canto por igual a la Hembra y al Varón.
Con una inmensa pasión por la Vida, con nervio y energía,
jubiloso y –concebido bajo las leyes divinas– libérrimo,
al Hombre Moderno canto.
Para ti, vieja causa
¡Para ti, vieja causa!, tú, causa justa, apasionada, sinpar,
idea firme, implacable, dulce,
imperecedera en el tiempo, las razas y los países,
tras una guerra, extraña y funesta,
una magna guerra librada por ti
(creo que todas las guerras de la historia se han librado,
en realidad, y seguirán librándose siempre, por ti),
te dedico estos cantos, para acompañar tu marcha eterna.
(Una guerra, ¡oh, soldados!,
que no se agotaba en sí misma:
mucho, mucho más estaba a la espera,
en silencio, a retaguardia,
y ahora avanza en este libro).
Con estrépitos de músicas vengo
Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.
Mis marchas no suenan sólo para los victoriosos,
sino para los derrotados y los muertos también.
Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.
Pues yo digo que es tan glorioso perderla.
¡Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan!
¡Hurra por los muertos!
Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.
¡Hurra por los que cayeron,
por los barcos que se hundieron en la mar,
y por los que perecieron ahogados!
¡Hurra por los generales que perdieron el combate
y por todos los héroes vencidos!
Los infinitos héroes desconocidos valen
tanto como los héroes más
grandes de la Historia.
Mira hacia abajo, hermosa luna
Mira hacia abajo, hermosa Luna y baña esta escena:
vierte dulcemente los torrentes del halo de la noche
sobre los rostros lúgubres, hinchados, amoratados;
sobre los muertos, que yacen de espaldas, con sus brazos
[abiertos,
vierte tu halo generoso, Luna sagrada.
Cuando leí el libro
Cuando leí el libro, la célebre biografía,
entonces –dije yo–, ¿es esto lo que el autor
llama la vida de un hombre?
¿Escribirá alguien así mi vida, una vez muerto yo?
(Como si algún hombre conociera realmente algo de mi vida;
cuando hasta yo mismo pienso a menudo que poco
o nada sé de mi verdadera vida.
Sólo vagas nociones, débiles pistas y difusas imágenes,
que persigo para mí mismo, para poder exponerlas aquí).
La risa roja es la mueca sangrienta y burlona de la muerte y la guerra es su expresión más grande y contundente.
Fue una figura central en la poesía moderna estadounidense y pionero del movimiento imagista.
El mandatario presumió como otro logro de la organización el “Teatro Aquiles Córdova Morán”, sede del evento.
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El movimiento resulta fundamental para todos los seres vivos; está presente en el movimiento de rotación y traslación de la Tierra.
Nació en Reading, Estados Unidos, el dos de octubre de 1879. Fue un poeta estadounidense adscrito a la corriente vanguardista en lengua inglesa.
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Escrito por Redacción