Reportaje
Programa Bracero: el infierno para los migrantes mexicanos
En la frontera se aplicaban a los braceros aquellos “baños” y fumigaciones con químicos, en lugares como El Paso, Texas, y Socorro, Nuevo México. Éstos son casos para concientizar a las futuras generaciones de que ningún ser humano merece ser tratado como una máquina desechable.
En la frontera se aplicaban a los braceros aquellos “baños” y fumigaciones con químicos, en lugares como El Paso, Texas, y Socorro, Nuevo México. Éstos son casos para concientizar a las futuras generaciones de que ningún ser humano merece ser tratado como una máquina desechable.
El primer caso para la historia: una de sus peores experiencias fue cuando trabajó en Pecos, Texas, y como no había agua para bañarse, ni regaderas, él y sus compañeros en las enormes barracas que albergaban entre 200 y 300 braceros, tenían que exponer al Sol un tanque de acero lleno de agua para que medio se entibiara y fuera así soportable bañarse a jicarazos.
Elías García Venzor nació en Gran Morelos, Chihuahua, en 1925. Sus padres murieron cuando él tenía apenas siete años de edad. En 1950 supo del Programa Bracero siendo ya hombre casado y con hijos. Le tocó trabajar en los campos de algodón de Texas, Nuevo México y Colorado.
García Venzor fue enviado a Rio Vista, un centro de procesamiento en Socorro, Texas, donde le hicieron un examen médico. Todos aquellos que estuvieran enfermos o que estuvieran físicamente impedidos, eran envidados de vuelta a México.
Elías estuvo como bracero unos 11 años, igual que sus cuatro hermanos, y su peor experiencia fue en Pecos, donde ganaba tan poquito dinero, y las condiciones de labor eran tan precarias, que al igual que un número incontable de sus compañeros estuvo a punto de dejar el trabajo, pero la misma falta de dinero le impidió irse a buscar otro lugar, porque no le alcanzaba ni para el autobús.
Nunca supieron que tuvieran derecho a servicios médicos; y si se enfermaban, entre ellos mismos intercambiaban remedios caseros y se cuidaban.
En contraste, su mejor experiencia como bracero fue en Colorado, donde ganó 500 dólares en un periodo de 45 días de trabajo.

La huelga de Andrés Héctor Quezada
Segundo caso de maltratos: nacido en Chihuahua, Chihuahua, en 1925, a Andrés Héctor Quezada Lara le dieron una beca para estudiar la secundaria en Durango, debido a su extraordinario desempeño como estudiante al terminar la primaria y a sus excelentes calificaciones. Sin embargo, como la pobreza y el hambre son malas consejeras, cuando Andrés, ya de 20 años, supo de las oportunidades de trabajo que traía el Programa Bracero, interrumpió lo que tal vez hubiera llegado a ser una carrera universitaria.
A él lo contactaron en Chihuahua, pero inexplicablemente fue enviado primero a Querétaro para firmar un contrato para laborar en el ferrocarril Chicago Milwaukee Pacific Union.
Su segundo trabajo fue en los campos agrícolas de Kansas, donde organizó un movimiento de protesta que culminó en un mitin multitudinario para exigir que les subieran el salario. Finalmente, el pago por hora les fue incrementado de 50 a 90 centavos.
En su tercer empleo en Estados Unidos sufrió un accidente mientras trabajaba en los campos maiceros de Missouri, y en seguida lo colocaron en una fábrica de procesamiento de alimentos. Cuando estuvo en Montana, él recuerda que en una ocasión cayó una fuerte nevada durante ocho días, los mismos que dejaron de pagarles su salario.

Desinfección y “despioje”
En el colmo de las vejaciones y la discriminación, Estados Unidos utilizó queroseno (que en Chihuahua llamamos petróleo) para despiojar y desinfectar a los braceros en las estaciones migratorias donde se les recibía en la frontera y donde eran distribuidos hacia sus lugares de trabajo designados.
Durante el Programa Bracero se bañaba a los trabajadores mexicanos con varias sustancias químicas y procesos de desinfección denigrantes en la frontera de Estados Unidos, que a menudo implicaban el uso de dicloro difenil tricloroetano (DDT) y, en décadas anteriores, incluso se rumoreaba el uso de queroseno para este fin.
Los “baños” y fumigaciones con químicos ocurrieron principalmente en los centros de inspección fronterizos en lugares como El Paso, Texas, desde principios del Siglo XX, intensificándose durante la Revolución Mexicana (alrededor de 1917) y continuando hasta la década de 1960. El Programa Bracero (1942-1964) coincidió con este periodo y los trabajadores que cruzaban la frontera también fueron sometidos a estos procesos.
Químicos utilizados: el principal químico utilizado fue el insecticida DDT, que se espolvoreaba sobre la ropa y el cuerpo de los migrantes, pero también se usaban otros pesticidas como el queroseno.
Protestas: Las condiciones de estos “baños” eran tan humillantes que provocaron protestas, como los memorables y ejemplares “disturbios de los Baños” de 1917, liderados por Carmelita Torres, una joven mexicana que se negó a someterse a este trato degradante.
Contexto histórico: las autoridades estadounidenses justificaron estas acciones como medidas sanitarias para prevenir la propagación de enfermedades como el tifus y los piojos, pero los historiadores señalan que también estaban motivadas por prejuicios raciales y xenofobia, considerando a los migrantes mexicanos como inherentemente “sucios” o portadores de enfermedades.

“Me sentía deshumanizado, como si fuera un animal”
A costa de su salud: encorvado hasta 10 horas entre los surcos de un campo de Nebraska, Fausto Ríos, de 17 años, podía recortar y separar 70 remolachas en un solo minuto con una pequeña azada. Pero por su trabajo tenía que pagar un precio muy alto.
Bajo el calor abrasador, el sudor bañaba todo su cuerpo y le cegaba en cuestión de minutos. Cuando sus piernas empezaban a flaquear y sentía como que lo apuñalaban en la parte baja de la espalda, el inmigrante mexicano tenía dos trucos para motivarse y evitar que sus jefes lo regañaran: tenía que mantenerse erguido mientras “caminaba” de rodillas, y pensaba en lo que iba a cobrar a fin de mes.
“Estar atado al suelo durante horas no es fácil, pero entonces era un joven con muchos sueños”, murmura Ríos mientras mira por la ventana de la sala de su casa en Colton, a una hora al este del centro de Los Ángeles. “Pero algunos sueños se convierten en pesadillas que deben formar parte de la historia para que no se repitan.
Durante décadas, este hombre de 82 años ha mantenido en secreto sus experiencias como trabajador agrícola migrante en el Programa Bracero, excepto para sus familiares más cercanos. El padre de cuatro hijos se sentía avergonzado de contar a sus hijos Fausto, Héctor Hugo, Dora Luz y Jesús Manuel las iniquidades y los abusos de jefes sin escrúpulos que soportó sin presentar nunca una queja. Sus hijos sólo sabían que su padre había sido trabajador agrícola.
Ahora, viudo, con la espalda dañada, las rodillas afectadas por la artritis y una cinta de correr como compañera constante, quiere desempeñar cualquier papel que pueda para exponer, y poner fin, a la larga historia de racismo, robo de salarios y maltrato que sufrieron muchos trabajadores agrícolas entre principios de los años 40 y mediados de los 60.
Él cree que compartir su historia dará voz a todos los inmigrantes que siguen atados a un sistema que, según él, los explota y paga sus sufrimientos con indiferencia.
“En mis últimos días, quiero compartir una ‘clase de historia del trabajador inmigrante’ en Estados Unidos para concientizar a las futuras generaciones de que ningún ser humano merece ser tratado como una máquina desechable”.
En 1957, este chihuahuense de 17 años se despidió de su madre con un abrazo y se unió a las filas de unos 4.6 millones de trabajadores mexicanos, la mayoría de ellos de zonas rurales, que fueron contratados a través del programa de braceros que duraría hasta 1964.
La política habitual era obligar a los solicitantes a desnudarse en público para ser revisados en busca de enfermedades venéreas y hemorroides, y a ser “desinfectados” rociándolos con DDT, un pesticida que fue prohibido por la Agencia de Protección Ambiental en 1972 por sus efectos nocivos.
“Les apretaban los brazos, las piernas. Veían si sus manos tenían callos. Les abrían la boca y entonces elegían al más fuerte, al más joven y al más sano, como hacían con los esclavos negros.
Ríos lo recuerda todo. “Me sentía deshumanizado, como si fuera un animal”.

Empalme, Sonora, estación de tránsito
Cuando bajó del tren, David Contreras no podía creer lo que estaba frente a él.
Cientos de hombres jóvenes esperaban bajo el Sol del desierto a que alguien desde el fondo de una bodega los llamara.
Muchos permanecían sentados, otros en el suelo, aturdidos por el intenso calor.
Ésa fue la escena que encontró David al llegar a Empalme, Sonora, en 1962. Tenía 17 años y, como todos los que se encontraban en el lugar, buscaba contratarse en alguna granja de Estados Unidos. En Empalme, que entonces era un pueblo de pescadores, funcionaba entonces el único centro de contratación en México para el Programa Bracero.
Lo que encontró David Contreras fue una pesadilla. “Éramos miles, miles, miles. Había muchos que no eran contratados porque venían enfermos o se enfermaban allí. No los podían aceptar de ninguna manera”.
“Ya no tenían con qué regresarse a sus tierras, andaban por las calles buscando qué comer. Hubo gente que se llegó a morir de hambre, de sed. No había quién hiciera algo por ellos”. No se sabe cuántas personas murieron mientras esperaban un contrato temporal de empleo.
La historia de lo que sucedió en esa época se ha recuperado a través de testimonios de los trabajadores. La Alianza de Exbraceros del Norte, una de las organizaciones que representan a los sobrevivientes, ha recabado varios de ellos. Rosa Zárate, una de sus representantes, dice que fueron inhumados en fosas comunes, porque nadie reclamó los cuerpos. Y es que la mayoría de quienes se concentraron en ese pueblo viajaron solos, con poco dinero que se agotó con rapidez. Pero no hay registro oficial de esas muertes, los documentos históricos se basan en entrevistas a extrabajadores de la época.
David Contreras, ahora de casi 80 años de edad, tiene una mezcla de sentimientos. “Fue algo muy fuerte para todos nosotros”.
El libro Me llamo Empalme, escrito por Carlos Mondaca Ochoa, cuenta que al inicio de 1956, en esa ciudad había mil 500 braceros, y en abril el número se había duplicado.
Al finalizar 1957, en el pueblo de pescadores habían sido contratados 167 mil trabajadores.
Tantas personas en un espacio pequeño provocaron serios problemas de abasto y hacinamiento, según documentaron investigadores como Pedro de Alba. En una serie de artículos publicados en diarios nacionales en 1954, señalaba que los centros de contratación de braceros “era uno de los panoramas más desoladores” que había visto.
Un panorama que parecía repetirse en Empalme “con la concentración masiva de braceros y la escasez crónica de servicios mínimos”, señala Jorge Durand, uno de los investigadores que más ha documentado la migración mexicana a Estados Unidos. Y es que la demanda de un espacio en los campos agrícolas de Estados Unidos era enorme, recuerdan los sobrevivientes.
Cuando se abrió el centro de contratación de Empalme, en 1956, Gabino Hernández fue de los primeros en llegar. Esperó cinco meses antes de tener una oportunidad. Todos los solicitantes debían permanecer en el patio junto a la bodega donde se realizaba el reclutamiento. Era un espacio amplio, pero no cabían todos, cuenta Hernández. Allí esperaban a que se llamara a los trabajadores de cada estado a una primera entrevista para mostrar los documentos que les permitirían salir del país.
Sólo había 50 lugares por cada llamado, recuerda, y nada más había una oportunidad. Y eran miles los que esperaban la convocatoria. Las peleas para ganar un lugar eran frecuentes. Si no alcanzaban un espacio debían esperar semanas o meses a que se les convocara de nuevo. Mientras, buscaban la forma de sobrevivir. “Comíamos una vez al día, cuando se podía”, recuerda.
“Se murió gente, había muchos con muchas necesidades. Si te contrataban tenías comida y servicio médico, pero mientras nada, era arreglártelas con el pueblo”, cuenta.
Pero la prueba de Empalme era el primer paso. Los elegidos viajaban en tren hasta Mexicali, en la frontera con Estados Unidos, donde cruzaban al pueblo de El Centro, California, donde todavía debían superar el último filtro.
Escrito por Froilán Meza
Colaborador