Internacional
Fracasa EE. UU. en su revolución de color contra Irán
El imperialismo estadounidense pretendía destruir al gobierno de la Revolución Islámica en Irán con la fórmula protestas + mercenarios = cambio de régimen.
El imperialismo estadounidense pretendía destruir al gobierno de la Revolución Islámica en Irán con la fórmula protestas + mercenarios = cambio de régimen; sin embargo, el fracaso colocó a Donald Trump ante una comprometedora situación: recurrir al terrorismo para arrasar la región, pero esto frustraría su reelección.
En la febril puja que libra para impedir que la República Popular China (RPCh) acceda a bienes básicos y espacios estratégicos, el magnate-presidente de Estados Unidos (EE. UU.) trastocó el orden mundial de la segunda posguerra. De ese embate imperial, México tiene una peligrosa muestra para normalizar los conflictos de alta intensidad en esta región: la “nueva” Estrategia de Seguridad Nacional activada hace un año.
Tal amenaza contra Irán, que incluye agresividad militar y comercial, tiene el objetivo de reconfigurar el equilibrio de poderes en el Medio Oriente para imponer una nueva realidad en el sector energético global (crudo, gas).
La República Islámica de Irán vive bajo presión externa para que abandone su forma de gobierno desde 1979 y sea impuesto otro que propicie el saqueo neocolonial de sus recursos, tal como lo permitió el sha Mohamed Reza Pahlevi.
El imperialismo estadounidense no quiere un Estado fuerte, soberano y antihegemónico en el Oriente Medio; por ello, desde hace 47 años y en complicidad con la Unión Europea (UE) y otros socios, impuso a Irán una guerra híbrida que combina tres mil sanciones económicas, acciones militares y una campaña denigrante que busca minar la fortaleza de una nación con 90 millones de personas.
Más de cuatro décadas de restricciones han impedido a este coloso energético ser un Estado próspero. La oligarquía trasnacional gringa pretende vender su petróleo y gas en los mercados internacionales; pero el aspecto trágico de este hecho consiste en que la Casa Blanca supone contar con la alianza de los vecinos de Irán: Arabia Saudita, Bahrein o Emiratos Árabes Unidos (EAU).
Ninguna economía puede resistir esa presión durante un lapso de ese tamaño. En diciembre pasado, los iraníes protestaron por el alza de precios en los bienes, uno de los devastadores efectos ocasionados por miles de sanciones de las naciones de Occidente y sus socios.
El bloqueo comercial incluye la prohibición de comprar medicamentos, alimentos, refacciones y tecnología para el sector energético, industrial y agrícola, créditos y los intercambios académicos y artísticos. Cerró cuentas de empresas iraníes en el exterior y sancionó a sus funcionarios para impedir que adquieran bienes para este país.
Las incursiones bélicas, sabotajes y campañas de desprestigio durante casi medio siglo también han contribuido a que los 90 millones de iraníes se encuentren frente a este escenario de escasez y penuria.
En junio de 2025, EE. UU. e Israel atacaron la infraestructura clave iraní con misiles y el gobierno tuvo que responder. Y aunque Irán salió airoso de estas agresiones, su economía y los consumidores las resintieron sobremanera.
De ahí la decisión de devaluar el rial, la moneda iraní; por lo que su paridad escaló de un dólar a 1.4 millones de riales. Esta depreciación se concretó en un alza de precios de los bienes básicos (el pan aumentó 113 por ciento) y la indeseada inflación provocó que muchos comerciantes cerraran en espera de certidumbre.

Terrorismo en acción
El descontento social es el resultado de muchos años de privaciones impuestas por EE. UU. y sus aliados. Ningún “analista” occidental ha asociado esta crisis con las sanciones comerciales, aunque Washington las ha impuesto para montar una revolución de color y sustituir el régimen iraní.
En este plan de desestabilización terrorista actúan disidentes iraníes subversivos, mercenarios y agentes de inteligencia infiltrados en instituciones, empresas y barrios que se dedican a enardecer a la población para que se rebele contra el gobierno.
La violencia debe ser extrema para que intervenga la fuerza pública y cause víctimas letales, pues así se desprestigia a la Revolución Islámica y da a EE. UU. El pretexto para intervenir, según confirmó una investigación efectuada sobre lo ocurrido entre el 28 de diciembre de 2025 y el 10 de enero de 2026.
Inicialmente, las protestas fueron pacíficas y se escenificaron en asociaciones y mercados públicos. Funcionarios del gobierno acudieron a dialogar con los inconformes y explicaron sus motivos, inclusive incluyeron ajustes económicos en su agenda.
La naturaleza del conflicto cambió del 1° al siete de enero. Ya no se aceptó el diálogo con el gobierno, comenzaron los cierres en las calles y los actos de violencia, por lo que intervinieron las fuerzas del orden, como en todo el mundo, para preservar la seguridad de la población.
Del ocho al 10 de enero, la crisis llegó a una fase terrorista. Sujetos armados en las manifestaciones y provocadores cometían actos bárbaros con la notoria y entrenada intención de trocar las protestas en revueltas turbulentas.
En acción concertada, los infiltrados dispararon contra la población civil y agentes de la policía que refrenaba la violencia y defendía a los ciudadanos. Las células subversivas cercaron a guardias y bomberos que atendían a los heridos e incendios en edificios públicos; saquearon tiendas y autos, y bloquearon zonas habitacionales, escuelas y hospitales.
Pretendían aumentar la cifra de víctimas lo más posible para llamar la atención deseada por sus patrocinadores (gobiernos extranjeros, particularmente el estadounidense) y para así justificar la intervención de la Casa Blanca en Irán. El saldo de la sangrienta gesta intervencionista de Occidente fue la muerte de muchas mujeres y hombres; en todo el país resultaron embestidas 53 mezquitas; en Teherán, la capital, fueron incendiados 26 bancos y 25 mezquitas; y en tres días fueron violentadas 180 ambulancias y 53 vehículos de bomberos, ocho de los cuales resultaron destruidos.
Algunos terroristas se ofrecieron a llevar heridos a hospitales, pero sólo para ejecutarlos con disparos de gracia. Once personas perdieron la vida de este modo; y hoy se sabe que otros criminales recibieron dinero extranjero por atacar un centro policial y por incendiar un vehículo gubernamental.
El gobierno tiene las evidencias de esos pagos, así como videos en los que los terroristas distribuían armas. Después de su detención, se les confiscaron más de mil 300 armas. Su comportamiento siguió el patrón de actuación del Estado Islámico, caracterizado por la brutalidad extrema, el terror y la intimidación. Por ello, el gobierno sostiene que esa dramática acción es continuación de la Guerra de los Doce Días
Durante una de las operaciones decisivas se capturó a un numeroso grupo de terroristas y el Fiscal General de Irán ofreció publicar sus confesiones para que la población conozca quiénes los patrocinaron y comparezcan en los tribunales de justicia locales o en instancias internacionales.
Lejos del dolor iraní, en otro lado del mundo, el gobierno de Irán fue acusado de provocar la violencia. La Casa Blanca denominó “legítima defensa” a los ataques terroristas contra civiles y decapitación de policías y llamó “represión” y “homicidios masivos” a las medidas impuestas por el orden gubernamental.
La agencia informativa Reuters difundió la cifra roja de dos mil 400 muertos y más de 10 mil detenidos, información que reconoció haber sido reportada por una “fuente oficial” iraní y reproducida sin confirmar sobre los medios afines de Occidente. De esta versión se valió Donald Trump para evaluar sus opciones militares “muy contundentes” contra ese país.
Entretanto, Michael Pompeo, exdirector de la Central de Inteligencia Americana (CIA) en 2016-2017 y exsecretario de Estado de Trump (2018-2021), alardeó que agentes de la Mossad “están junto a los manifestantes”; aunque antes, la prensa sionista ya había admitido la infiltración de agentes judíos “que hablan persa”.
A partir del 10 de enero se controló la situación de violencia. Ya entonces, más del 80 por ciento de los iraníes exigía el fin de los disturbios y una acción firme contra los provocadores. Sondeos posteriores revelaron que sólo el 30 por ciento de la población atribuye los disturbios a la economía; en cambio, el 70 por ciento los adjudica a intereses externos.
Recuperada la tranquilidad, Irán decretó duelo nacional por las víctimas de los terroristas y la población se lanzó a las calles en emotiva manifestación de resistencia y apoyo al presidente Pezeshkian y al líder Ali Jamenei.
Atacar, la obsesión
El binomio EE. UU.-Israel no cesa en su afán de atacar nuevamente al gobierno iraní; sin embargo, aún pesa en ambos su fracaso durante la Guerra de los Doce Días que, paradójicamente, alentó el optimismo antihegemónico en la región.
Israel y la Mossad (Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales) han perpetrado asesinatos selectivos en Irán e intentado destruir sus centros estratégicos y a la Guardia Revolucionaria Islámica (Sepahi Pasdarán e Enqhelab e Islami, o CGRI); además de que trabajan para que deserten tropas del ejército (artesh).
Sin embargo, la consigna de Trump de “Dar duro y donde más duele” generó el efecto boomerang, expresado en la indeseable inestabilidad del precio del petróleo. El magnate no puede interrumpir la producción y exportación de crudo iraní, pues sería fatal para el mercado petrolero. Y aunque aseguró que estudia todas las opciones, incluido un bloqueo naval, ya se retractó, pues provocaría una “pesadilla”.
Sobre Trump pesa la presión de las élites estadounidenses, a las que azuza el hijo del depuesto sha, Reza Ciro Pahlavi, para que lo ponga al frente de Irán. Por eso, el junior ofrece reconocer al Estado de Israel y acabar el programa nuclear de Irán.
Pero muchos ciudadanos de la Unión Americana se distancian de la opción agresiva de Trump. China y Rusia rechazaron una acción armada contra Irán y urgieron a EE. UU. bajar la tensión y advirtieron que el mundo no será más seguro con el Medio Oriente sumido en inestabilidad.
Los países anglosajones no desean otro conflicto. El premier británico, Keir Starmer, criticó la operación en Venezuela y el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pactó con China la reducción de aranceles.
Por ello, el 12 de enero, Trump pasó de la invasión militar a Irán a intimidar a sus socios con aranceles de 25 por ciento si negocian con la antigua Persia. Ello sería devastador en el ya precario intercambio entre México e Irán.
Ante la amenaza de invasión, el presidente Masoud Pezeshkian manifestó: “Si hay dificultades y penurias en la vida del querido pueblo iraní, un factor es la hostilidad de EE. UU. y sus sanciones. Consideraremos cualquier ataque contra nuestro Líder Supremo como una guerra en toda regla contra nuestra nación”.
A su vez, el presidente del Parlamento alertó que si EE. UU. emprendía actos violentos contra su país, Israel y las bases estadounidenses en la región serían considerados objetivos legítimos.
Garras sobre la presa
En el ajedrez global, Irán es una pieza central porque cuenta con la segunda reserva mundial de gas natural y es el cuarto productor de petróleo en el mundo. Desde 1990, cuando se descubrió el mega yacimiento gasífero South Pars, la ambición imperialista escaló. Atrapar en sus garras al país poseedor de esos bienes estratégicos ha sido la añeja obsesión de Occidente.
Además, el Estado islámico es “el pivote” entre Asia, Medio Oriente y Europa, y cobra importancia, bajo la lente de la talaso-política (geopolítica de los océanos) por su posición en el Golfo Pérsico con la costa más extensa (45 por ciento) y el estratégico Estrecho de Ormuz, donde transitan unos 20 millones de barriles de crudo y el 35 por ciento de mercancías del mundo diariamente.
Piratas, el Estado Islámico y otros actores capturaban a los buques en la parte más angosta de Ormuz (33 kilómetros). Por ello, la Marina y la Fuerza Quds, del Cuerpo de la Revolución Islámica (CGRI), asumieron la custodia de esa región, con la anuencia de sus vecinos Irak, Kuwait, Arabia Saudita, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Omán.
El éxito de la misión antiterrorista del general iraní Qassem Soleimaní le otorgó prestigio regional. Sin embargo, éste fue asesinado el tres de enero de 2020, en la primera presidencia de Trump, durante un operativo en el que participó el gobierno de Israel.
Ese crimen buscó dejar las manos libres al terrorismo local para hacerse del poder en Irán. Por ello se dio la más reciente revolución de color para derrocar al presidente Masoud Pezeshkian y el liderazgo del ayatolá Alí Jamenei.

Petroleras desean paz
En la Guerra de Doce Días, el agresivo bombardeo de Israel y EE. UU. sobre instalaciones nucleares de Irán evitó dañar infraestructura petrolífera iraní: los yacimientos de Juzestán, la refinería de Abadán, las terminales de buques cisterna y los depósitos en la isla Kharg.
Sin embargo, las amenazas de Trump, entre el tres y 16 de enero, elevaron la tensión regional; pues se interpretaron como su decisión de evitar las exportaciones de crudo iraní a China. No obstante, un ataque interrumpiría la producción y las exportaciones de petróleo iraníes, alerta el analista Matein Khalid.
Por eso cayeron las acciones de Exxon Mobil Corp., Occidental Petroleum Corp. y Berkshire Hathaway entre el 2.08 y el 2.37 por ciento; las de Chevron Corp y Shell disminuyeron 1.94 por ciento. Después de las protestas, el crudo Brent cayó de 75 dólares en 2024 abajo de 60 dólares en 2025.
Por ello, algunos analistas estiman que un cambio de régimen o un nuevo ataque de EE. UU.-Israel a Irán sacudirá los mercados de energía y amenazará la producción y exportación de crudo iraní.
De ahí, la “cautela” del magnate para no lanzar una ofensiva bélica con la que se ingresaría hacia una onda expansiva que elevaría los precios de la gasolina en EE. UU., agudizaría la inflación y provocaría el efecto boomerang contra los republicanos este año de elecciones intermedias.
El petróleo es actualmente el bien geopolítico más apreciado. Irán lo posee y tiene derecho a vivir de sus beneficios. El Occidente y sus socios deben entenderlo.
Judío-iraníes
Irán es el país con mayor población de judíos en el mundo después de Israel. La mayoría reside en Teherán y Shiraz, cuyas sinagogas comparten paisaje con las fascinantes mezquitas; sus tiendas preparan alimentos kosher, acuden a sus baños rituales en los mikvahs y en las calles se encuentran librerías judías y hasta un periódico en hebreo. Esa comunidad tiene un escaño en el Parlamento desde 2020 y la representa Homayoun Sameh.
En 1948, antes de que se creara el Estado de Israel, había unos 150 mil judíos en Irán; su arraigo se remonta a miles de años, cuando el rey Asuero de Persia decretó salvar de la muerte a sus súbditos judíos. Hoy suman entre 20 mil y 30 mil personas; todos practican su religión, lo que muestra el pragmatismo iraní que ejerce el islam chiita.
Son libres de salir del país, aunque por la hostilidad de Israel hacia Irán, su pasaporte ostenta el aviso: “El titular no está autorizado para viajar a la Palestina ocupada”, muchos lo hacen a través de otros países sin represalias.
Después de los ataques israelí-estadounidenses de junio, la Asociación y Comunidad de Judíos en Isfahán declaró: “La brutalidad sionista está lejos de la moral humana y ha causado el martirio de numerosos amados compatriotas, incluidos niños inocentes, por los que sufre nuestro corazón”.

Los infiltrados
Hace años, EE. UU., la UE e Israel infiltraron en Irán a sus mercenarios y agentes de inteligencia para ejecutar todo tipo de delitos. En el pasado reciente, esa infiltración alcanzó niveles sin precedentes, como el asesinato del dirigente de Hamás, Ismail Haniya (2024) en Teherán y la Guerra de los Doce Días, que aniquiló a la cúpula militar e infraestructura defensiva.
Agentes sionistas y estadounidenses rastrearon la ubicación de altos funcionarios de la Fuerza Quds y los asesinaron. Funcionarios de ambos países alardean en entrevistas sobre esos ataques; la exdirectora de investigación del Mossad, Sima Shine, confesó a la agencia AP que esos ataques culminaron su trabajo contra el programa nuclear iraní.
Es factible que operen en Irán entre 30 y 40 células de la inteligencia israelí, mayoritariamente en colaboración con contrabandistas de armas que cometen atentados y realizan actividades de espionaje, explica el experto Hamze Attar.
Actualmente vigilan, infiltran y sabotean toda defensa iraní con armas a control remoto, con el virus informático Stuxnet, que infecta instalaciones críticas, explica el asesor gubernamental Alí Larijani.

Escrito por Nydia Egremy
Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.