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La biología define a los parásitos como animales, vegetales o fungis (hongos) que viven a expensas de otros seres vivos de diferentes especies; esta misma ciencia utiliza el concepto simbiosis para describir a algunas especies animales o vegetales que, de manera temporal o permanente, se apoyan mutuamente para coexistir. Tales son los casos, por ejemplo, de ciertas aves que viven de comer garrapatas u otros bichos que habitan en la piel de algunos mamíferos. Pero esta fórmula de sobrevivencia natural no es exclusivo de esos animales. En la sociedad humana, el parasitismo es también una práctica común, cuyas raíces históricas se hallan en la existencia de la propiedad privada y las clases sociales que, a su vez, derivan de la explotación de un amplio número de trabajadores que ganan poco y carecen prácticamente de todo –alimentación adecuada, viviendas, servicios de salud, educación, etc.– por cuenta de un reducido sector social que vive en la abundancia, el lujo, el despilfarro y que, por lo mismo, puede definirse como parásito. Este enfoque no obedece a un objetivo moralista, sino a un análisis estrictamente social y económico.
La cinta surcoreana Parásitos (2019), del director Bong Joon Ho –nominada este año en varias categorías al premio Oscar– es una historia en la que se pretende retratar el parasitismo en la sociedad de Corea del Sur. Aunque el parasitismo que Bong Joon denuncia no se centra en las clases pudientes, sino en un segmento del proletariado coreano más bajo –es decir, el integrado por los “perdedores” y no por los “triunfadores” dentro del orden burgués–, su resultado es doblemente equívoco. En su filme, Bong Joon-Ho cuenta la historia de Yi Taek (Song Kang-Ho) un desempleado de Seúl cuya familia vive en un pequeño e insalubre departamento, donde se alimenta con comida chatarra. La oportunidad de salir de esta miseria se le ofrece cuando su hijo, Yi Woo (Chai Woo Shik) encuentra trabajo como maestro de inglés de la hija del empresario Park (Lee Sung Gyun). Para obtener este trabajo, Yi Woo falsificó su título profesional y, una vez que obtuvo el empleo, se dedicó a conseguirle trabajo al resto de su familia. Primero, mediante engaños, colocó como psicoterapeuta a su hermana; luego, a través de una maniobra urdida por su familia, logró el despedido del chofer de los Park para que Yi Taek ocupara esa plaza y, por último, también por vía de otras intrigas, la madre de los dos jóvenes advenedizos se convirtió en la nueva criada de los Park, cuya casa finalmente fue “parasitada” por la familia Taek.
Todo este andamiaje de mentiras y maniobras para colocar una familia “parásita” en el hogar de una familia de mediana fortuna, termina en tragedia: las muertes de la hermana de Yi Woo y la de Park. El realizador Joon-Ho logra un equilibrio constante en el relato fílmico de su historia, con base en un ritmo sobrio y sostenido, un encuadre adecuado de las escenas y las destacadas actuaciones de los actores. Sin embargo, y pese a la obtención de La Palma de Oro en el Festival de Cannes, Parásitos no logra ubicar su crítica hacia los auténticos parásitos del orden social, ni dar la clave para entender por qué seres humanos, como los integrantes de la familia de Yi Taek, se ven compelidos a salir de su marasmo socioeconómico y buscar su ascenso social mediante el uso de formas fraudulentas. Lo que finalmente queda bien reflejado en Parásitos es que Corea del Sur, con el lugar número 13 de las economías del orbe y uno de los países más desarrollados de Asia, tiene una sociedad con inmensas diferencias sociales y se ofrece como un claro ejemplo del capitalismo salvaje.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA