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Hace poco visité a un familiar que hace años no veía. Lo primero que me dijo fue: “¡tienes los mismos ojos de tu mamá, pero la nariz de tu abuelo Martín (papá de mi mamá)!” Enseguida empezamos a discutir otros rasgos y cualidades que, para bien o para mal, compartía con mis padres y abuelos. Por un momento me detuve a pensar en lo arraigado que tenemos asumir que nuestras características vienen de nuestros predecesores. Es decir, sabemos que hay rasgos que se heredan de generación en generación. Y que, aunque algunos no los vemos en determinado individuo, podrán manifestarse en su descendencia. Este conocimiento, que ahora es popular, se lo debemos a uno de los científicos más influyentes de la Biología, Gregor Mendel.
La vida de Mendel es un ejemplo clásico de perseverancia. Nació en una familia de campesinos el 20 de julio de 1822 en la región de Moravia, que actualmente forma parte de la República Checa (¡Si, hace exactamente 200 años!). Durante su infancia y juventud, Mendel tuvo dificultades para acceder a la educación por los escasos recursos económicos con los que contaba su familia. A pesar de esta situación, Gregor se distinguió por ser un buen estudiante, con mucha disposición por aprender. Estudió matemáticas y física en el Instituto de Filosofía de la Universidad de Olomouc. Durante este periodo, Mendel dedicaba su tiempo libre a dar clases, ¡para llegar a fin de mes! Este momento de su vida fue particularmente complicado; sufrió una depresión que lo llevó a abandonar temporalmente sus estudios.
En 1843, Gregor decidió seguir su gusto por la ciencia desde un monasterio. En aquel entonces, el monasterio de Santo Tomás en Brno era un centro cultural importante que contaba con las facilidades necesarias para hacer investigación. Por lo tanto, aunque no lo tenía planeado, Mendel decidió convertirse en monje de la orden augustiana por recomendación de uno de sus profesores, quien pensó que sería un buen camino para continuar sus intereses científicos. Como monje, Gregor ingresó a la Universidad de Viena para estudiar ciencias. Estando allí descubrió su pasión por la enseñanza. No obstante, también tuvo tropiezos para iniciar una carrera como profesor, ya que no pasó el examen que lo certificaría como tal en dos intentos. Al concluir sus estudios en Viena, Gregor Mendel regresó al monasterio de Brno como maestro de secundaria. Durante este periodo empezó a hacer los experimentos de cruza entre plantas del género Fuchsia y chícharos, que más tarde lo harían famoso.
Por cerca de diez años, Mendel realizó cruzas de plantas de chícharo en el jardín de su monasterio con el objetivo de entender cómo se heredaban ciertos rasgos en las futuras generaciones. En sus estudios, Gregor fue muy meticuloso. Llevaba un registro sistemático y detallado de sus experimentos. Algo que lo diferenciaba de un agricultor o jardinero era que añadía métodos estadísticos para detectar patrones en las muestras que recolectaba. Gregor Mendel cultivó y analizó miles de plantas de chícharo que lo llevaron a establecer conceptos y leyes fundamentales en el estudio de la herencia. Por ejemplo, determinó que hay características que son dominantes porque tienen mayor presencia en la descendencia que cualquier otra versión del mismo rasgo. Por otro lado, acuñó el término recesivo para referirse a aquellas características que no se manifiestan pero que aparecen en generaciones futuras.
Aunque al principio las observaciones de Mendel no tuvieron relevancia para la comunidad científica, diferentes biólogos y botánicos llegaron a sus mismas conclusiones décadas después de su muerte. Hoy en día, Mendel es conocido como el Padre de la Genética Moderna por establecer los principios fundamentales de la herencia. Sus descubrimientos están presentes en todos los libros de Biología. No sé si más por el impacto de su trabajo o por su perseverancia en hacer ciencia a pesar de las adversidades. A 200 años de su natalicio, Gregor Mendel sigue vigente como modelo de científico revolucionario.
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Escrito por Neftaly Cruz Mireles
Columnista de ciencia