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Filosofía
El lector que no existe
Las librerías llevan años pidiendo mejores condiciones para poder sobrevivir, mientras compiten con grandes plataformas que pueden vender con ventajas que una librería pequeña difícilmente puede igualar.


Las librerías ya no ocupan el mismo lugar en la sociedad que hace algunas décadas; ahora podemos comprar libros por Internet. Por ello, parece indiscutible la frase de un comunicado reciente de Ediciones Era, cuando anunció que reduciría al mínimo sus operaciones: “el mercado del libro ha cambiado tanto que no nos permite vivir de las ventas de nuestros libros”. Todo parece indicar que la gente que lee simplemente cambió y que la industria editorial tuvo que seguirla.

Pero vale la pena detenernos a pensar al respecto. Hay librerías cerradas, puntos de venta desaparecidos y espacios culturales que durante décadas hicieron posible que un libro llegara a manos de alguien. ¿Cambiaron el mercado y el hábito de la lectura por sí solos o alguien decidió ignorarlos? La propia Era explicó que la red de librerías que garantizaba su subsistencia desapareció después de la pandemia, que sus ventas cayeron hasta representar apenas 25 por ciento de lo que eran antes y que las deudas siguieron creciendo.

La explicación cómoda es decir que el público migró a otros formatos y que las librerías ya no responden a los hábitos de lectura de la gente. Pero ocho de cada 10 personas que en México leen libros continúan haciéndolo en papel. Si el libro impreso sigue siendo la principal forma de lectura, el problema no puede atribuirse simplemente a una caída de la demanda: también desapareció parte de la infraestructura que permitía satisfacerla.

Desde 2008, la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro dice que el Estado debe apoyar a las librerías y ayudar a que los libros lleguen a todo el país. Pero en la práctica ese apoyo ha sido insuficiente. Las librerías llevan años pidiendo mejores condiciones para poder sobrevivir, mientras compiten con grandes plataformas que pueden vender con ventajas que una librería pequeña difícilmente puede igualar. Incluso el precio único del libro, pensado para evitar esas desigualdades, no ha logrado resolver el problema. Entonces, cuando se mira el panorama después, se dice: “Las ventas cayeron porque el mercado ya cambió”. Así, una consecuencia termina convertida en causa.

Por otro lado, decir que la lectura se volvió digital puede sonar evidente para quien tiene conexión estable, computadora, teléfono propio y dinero suficiente para pagar suscripciones, pero al menos uno de cada cinco hogares en México todavía no tiene Internet, principalmente por razones económicas. En una comunidad rural, el supuesto tránsito natural del papel a la pantalla tiene un significado muy distinto. En muchas zonas indígenas y rurales, incluso “conectarse” depende de una infraestructura que nunca llegó o que llegó de manera precaria.

El lector digital existe, por supuesto, pero no representa por sí mismo al país. Convertir su experiencia en medida universal permite imaginar que quien no siguió esa transformación simplemente se quedó atrás, cuando en realidad nunca recibió las mismas condiciones para realizarla. Así, una limitación material aparece como una preferencia: ya nadie compra libros, todos leen en línea, el mundo avanzó. ¿Toda la población? La realidad muestra otra cosa. Primero se debilitan las condiciones materiales que sostienen una práctica y después su deterioro se presenta como una evolución inevitable. Después se toma la experiencia de quienes sí pueden adaptarse y se la llama “la nueva realidad”.

Pero esto no empezó con Era, y no termina con su catálogo. Entre 2015 y 2024, la proporción de población alfabeta adulta en áreas urbanas que declaró leer algún material pasó de 84.2 a 69.6 por ciento. En 2024, apenas 7.8 por ciento había visitado una biblioteca en los tres meses anteriores. Durante años, los gobiernos han sido incapaces de sostener una política de lectura que garantice librerías, bibliotecas y espacios suficientes para acercar los libros a la población. El deterioro es resultado de decisiones, omisiones y prioridades públicas.

Por eso no basta con repetir que “el mercado cambió”. El gobierno tiene la responsabilidad concreta de crear las condiciones para que la gente pueda leer, y debe ser señalado cuando no lo hace. Eso no significa que debamos quedarnos esperando: podemos prestarnos libros, sostener las librerías de nuestras colonias y organizar espacios de lectura, pero esas acciones no sustituyen una obligación de las instituciones públicas. Si cada vez se lee menos y cada vez hay menos lugares donde encontrar libros, no puede responsabilizarse simplemente al lector. Una población lectora se crea en comunidad, y se sostiene en buena medida gracias a condiciones materiales adecuadas. 


Escrito por Betzy Bravo García

Investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales. Ganadora del Segundo Certamen Internacional de Ensayo Filosófico. Investiga la ontología marxista, la política educativa actual y el marxismo en el México contemporáneo.


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