Los gobiernos municipales concentran el 62 por ciento de los casos.
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Estamos viviendo una nueva crisis del capitalismo, detonada por el Covid-19, como motivo, no como causa profunda. La epidemia sola causaría menos daños si estuviéramos en otras condiciones; las actuales ya estaban, no las creó el Covid-19. La burbuja capitalista, con su exceso de producción; la exageración de ganancias, la profunda desigualdad social, la desproporción creciente entre el sector de las finanzas y el productivo, fuente de la especulación y causa de crisis, y el desfase entre producción y capacidad de consumo a causa de la pobreza. Las economías del mundo capitalista acusaban ya claros síntomas de agotamiento, con un bajísimo crecimiento, incapaces de responder al estímulo de tasas de interés casi cero de los bancos centrales. El Covid-19 ha exhibido una realidad que hoy se agrava: la brutal división en clases, la desatención de la infraestructura social en aras de la acumulación y el descuido gubernamental de los servicios públicos.
El neoliberalismo nos ha legado una sociedad con cientos de miles de indigentes viviendo en las calles de grandes urbes. La pandemia nos encuentra con más de 60 por ciento de los ocupados en el sector informal, viviendo al día, sin seguridad social, y también con millones de seres humanos en países pobres, hacinados en el trabajo y la vivienda, privados hasta del espacio vital más indispensable. Enfrentamos la pandemia con una economía que ha debilitado la capacidad de consumo y el mercado interno, orientándose “hacia el exterior”, desmesuradamente dependiente de las exportaciones, vulnerable y atada a las cadenas de suministro globales, hoy en crisis. Y se hace más evidente la debilidad de depender exageradamente de las remesas de los emigrados como “solución” a nuestras pobrezas, en lugar de crear empleos.
Nos encuentra la pandemia en un mundo donde se amasan fabulosas fortunas en países ricos, saqueando y endeudando a otros, dejando una secuela de miseria, y a gobiernos sin recursos suficientes. El endeudamiento de los países eufemísticamente llamados “en desarrollo” es riqueza llevada a las metrópolis. El virus nos encuentra saqueados por las trasnacionales, y víctimas de la “liberalización financiera”, que permite “desinvertir” y sacar capitales en cosa de minutos: desde que inició la pandemia, más de 100 mil millones de dólares han salido de países pobres. Pero el imperialismo no puede ser autocrítico y admitir su responsabilidad, y busca chivos expiatorios, en el virus, o... en China, país modelo en el combate a la pandemia.
Se evidencia el carácter criminal de la hegemonía norteamericana, rezagada frente a China, como dijo Jimmy Carter, por ocupar sus recursos en las armas para imponer al mundo su modelo económico, legal e ideológico. El año pasado, el presupuesto militar fue de 716 mil millones (casi 3.4 por ciento del PIB), y Trump propuso ya 4.8 billones de dólares para 2021. No obstante, y precisamente por ello, el “liderazgo” de Estados Unidos (EE. UU.) se muestra no solo ineficaz, sino dañino; el mundo no necesita un matarife a la cabeza, sino coordinación entre naciones, en un plano de cooperación y entendimiento.
Mas no solo es lo hecho antes. Al enfrentar la pandemia, sigue primando el interés del capital. Ahí están algunos gobernantes y grandes empresarios que han minimizado la gravedad de la situación, llamando a la gente a seguir haciendo “vida normal”. Para ellos importa más la plusvalía que la vida humana; el tiempo de trabajo creador de valor. Y si se quedan “en casa”, como proletarios que son, carentes de todo, entonces, arréglenselas como Dios les dé a entender. En la cúpula del imperio, ante la crisis bursátil, EE. UU. instrumentó el mayor plan de rescate empresarial de la historia: dos billones de dólares, con impuestos del pueblo. Estabilizaron las bolsas, pero al persistir el problema estructural, es previsible que la medida tenga efectos limitados. En entrevista con CNBC, dice Chamath Palihapitiya, fundador de la compañía de inversiones Social Capital: “La Reserva Federal de EE. UU. (Fed) debe abstenerse de la financiación a multimillonarios y fondos de cobertura (...) y dejar que sean eliminados en medio de la pandemia (...) lo que hemos hecho es desproporcionadamente apoyar y proteger a los directores ejecutivos, compañías y juntas con malos resultados (...) sería mejor para la Fed dar medio millón (de dólares) a cada hombre, mujer y niño en Estados Unidos.... ” (Rusia Today, Reuters, 11 de abril). En entrevista concedida a Jared Rodríguez (Thruthout, 10 de abril), Robert Pollin (profesor de Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst), dice que los beneficiados son los mismos que recibieron el programa de 2008 de Obama: gente de los grandes corporativos y de Wall Street; se aplica, además, una virtual nacionalización de las grandes aerolíneas. Pero más allá de la diferencia cuantitativa, el hecho es que el capitalismo necesita muletas. Aunque reniegue de ello.
Los neoliberales repudian la intervención del Estado en la economía, pues “es corrupto e ineficiente”, y más que corregir empeora las cosas. Apelando al liberalismo clásico dicen que ésta puede recuperarse sola. Pero hoy, sin inmutarse, transgreden su dogma y, una vez más, interviene el Estado, asumiendo las pérdidas de los corporativos, pagando los platos rotos. Hoy sí se justifica, viva Keynes, pero en tiempos de vacas gordas, no a la intervención. El Covid-19 muestra también cómo el mercado, dejado absolutamente libre y con todo el poder, es incapaz de resolver las necesidades humanas, hoy la pandemia, y ése sí las agrava.
El virus muestra una economía diseñada para beneficio individual, donde impera la ley de la competencia, el triunfo de unos a costa de la desgracia de otros; donde la humanidad no está preparada para defenderse organizadamente. Se criminalizó la organización de masas, política y sindical, aislando a los individuos para someterlos mejor, dejando así indefensa a la sociedad. Nos recuerda también el papel subordinado de la ciencia al capital, ocupada en aportar conocimiento que genere ganancia; buscando cómo matar con más eficacia, a miles de kilómetros, para someter a pueblos indefensos, mas no para resolver problemas de salud o ambientales que amenazan la vida. Investigar cómo mejorar el bienestar social no deja plusvalía; la merma.
Imaginemos (Imagine, cantó John Lennon) cómo sería hoy el mundo si la ingente riqueza creada estuviera dedicada al bienestar común. Buena parte de las grandes fortunas, que en plena pandemia siguen creciendo, estaría empleada en muchos y buenos hospitales; tendríamos pueblos bien alimentados, todos con agua y drenaje en las viviendas. Cuánto dolor se habría evitado. El sistema fiscal progresivo funcionaría como protección social; limitar los excesos del capital y distribuir la riqueza es socialmente necesario, vital. Pero la realidad es cruel, y mientras el pueblo carece de ingresos y de alimentos para quedarse en casa, y el personal médico, inerme, enfrenta el peligro, los Midas modernos se refugian en paraísos naturales, en lo seguro, y rodeados de lujos. Todo, en fin, debe, y puede cambiar, a condición de que la mayoría afectada cobre conciencia de su realidad. Pero no basta saber e imaginar, hay que actuar.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.