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Opinión
Costosos e innecesarios campos de golf
Este tipo de espacios abonan a la alta desigualdad espacial que se vive en todas las ciudades.


México tiene poco más de doscientos campos de golf; esta cantidad lo coloca como el segundo país con más campos de golf de América Latina, sólo por debajo de Argentina. Una tercera parte se localiza en zonas costeras, con turismo de Sol y playa y cerca de la cuarta parte está en zonas industriales y centrales. La mayoría de ellos mide entre cuatro mil 500 y seis mil 500 metros de longitud que en área da al menos media hectárea. Todo este espacio destinado al deporte debe tener los 365 días del año césped verde y cortado perfectamente; por tanto, su mantenimiento resulta muy costoso ambiental y socialmente.

Los campos de golf son terminales destinadas al ocio y al descanso de la clase opulenta internacional. En ellos se crean dinámicas a partir de la desconexión con respecto a su entorno territorial inmediato y, a la vez, a su reconexión con una red de espacios internacionales que ofrecen servicios similares en otras ciudades. La emergencia de estos espacios se da en un contexto de crecientes procesos globales de la acumulación de capital, pues para la gente que viene de otros países a hacer negocios a México es más cómodo sentirse como en su lugar de origen con las mismas amenidades, que su privilegio les ofrece allá.

Este tipo de espacios abonan a la alta desigualdad espacial que se vive en todas las ciudades. Los defensores de los campos de golf señalan que es un espacio que provee belleza escénica y una oportunidad para la recreación de las personas, que cuando los usan tiene consecuencias sobre la salud. Sin embargo, la distribución y acceso a estos espacios no es homogéneo, pues se ubican en las zonas donde se han autosegregado las clases más ricas de México, lo que no es una particularidad del país sino de todas las ciudades del mundo con altos niveles de desigualdad.

En el país no hay campos de golf públicos, el deporte se practica únicamente en clubes privados. El costo promedio de una membresía en México es de 35 mil dólares, por tanto, estos lugares están fuera del alcance de un gran porcentaje de la población. La exclusión de gente que no puede pagar estos precios no se queda en los clubes, sino que, además, alrededor de ellos, el precio de la vivienda para residencia o alquiler son parte de procesos de especulación, que posibilitan que solamente las personas más ricas tengan acceso a estos espacios.

A pesar de la desconexión territorial que crean, usan y abusan de los recursos de los territorios en los que se anclan. Un problema ambiental recurrente al hablar de los campos de golf es el gran volumen de agua que se necesita para mantener las condiciones idóneas para el juego, pues las sequías son cada vez más frecuentes en México. Aunque la normatividad señala que el agua que se utilice en los campos de golf debe ser agua tratada o de lluvia, la realidad es que la mayoría de ellos no tiene plantas tratadoras de agua, por lo que lo más probable es que su fuente principal sea el agua municipal. Un estudio de 2019 sobre trece campos de golf en Los Cabos, Baja California Sur señaló que éstos consumen más volumen de agua que la que utiliza toda la agricultura de la zona.

El golf es una actividad turística y deportiva de élite, orientada a las personas con mucho capital económico. La población local sólo se beneficia de estas actividades mediante la generación de empleo, ya que la mejora de la infraestructura urbana que ocasiona y la recaudación de recursos fiscales no se logra reflejar en las colonias más pobres de los municipios en lo que se encuentran estos centros. A pesar de los escasos beneficios para la gente y los recursos hídricos, territoriales y humanos que consume, éstos se han logrado instalar en varias zonas mexicanas por la baja participación organizada en la planeación de las ciudades. Esta última se ha hecho por agentes del Estado, empresarios y diseñadores de campos de golf pagados por ellos mismos para crear espacios donde su exclusividad no esté en riesgo.


Escrito por Samira Hernández

Colaboradora


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