Hoy compartimos dos poemas de la argentina María Meleck Vivanco (1921-2010) en los que se expresa su militancia antibélica y su profunda preocupación por la realidad convulsa de su tiempo.
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Nació en Manama, Bahréin, en 1975. Es poeta, ensayista y periodista. A los 14 años empezó a escribir poesía, motivado por un pensamiento crítico hacia las condiciones de vida en su país, lo que lo condujo a la prisión en un par de ocasiones, a los 17 y a los 20 años. También fue torturado. Actualmente vive en el destierro en Alemania.
Dirige un centro de investigación dedicado a escribir sobre las minorías de Bahréin y las comunidades marginales de su país. Ha participado en festivales poéticos en Gran Bretaña, Siria, Kuwait, Jordania, Yemen, Sudán, Bahréin y Nicaragua. Afirma que: “en los países donde el régimen oprime al pueblo y la sociedad y la religión oprimen a los individuos, hay círculos de opresión. Soy un reflejo de mi realidad y mi medio ambiente. Por tanto, encuentras en mis textos una rebelión contra el poder del tabú y el poder de lo prohibido en la política”.
Crecí rápido como una canción que no fue cantada.
Como una flauta vieja que pone sus dedos sobre los huecos de la palabra;
arrastra hacia su pecho el viento,
abre hoyuelos,
y los anuda con un hilo sensitivo.
Como una flauta vieja que
añade música a la copa de vino
y reúne a sus nietos a su alrededor…
Tal una flauta
acantilará la nieve del sosiego de su puerta
y luego olvida:
se calentará tu cabeza dondequiera que dirijas tu corazón.
Crecí rápido,
le digo a mi madre y sonríe:
“hijo, eso es la blancura de los candiles en el corazón,
como tu abuelo (Jaafar),
y esas lágrimas rápidas como la despedida
son de tu madre (Nardjes),
pero tu tristeza se concentró como su café
ya que para mí eres como su café, concentrado, pero con azúcar”.
Le contesto:
“ya me lo bebo sin azúcar”.
Y me dice: “resígnate con el que tienes”.
¡Oh, crecí!
Ahora visito al médico,
ordeno mi biblioteca y los horarios de mi corazón por la mañana.
Aprendí algo de baile
pero sin querer.
Rompí todos los dedos de mi corazón
y me sanó con timidez el silencio.
Crecí en todas las paradas
como un viejo tren
que regresará a casa cuando muera.
Crecí
como una canción que no fue cantada.
Como una flauta vieja que pone sus dedos sobre los huecos de la palabra,
intenta
cazar dos memorias de un tiro.
Cada vez que aniquilan un poeta
Dios crea una luz.
Cada una según su propia creencia
se sumerge en el canto
y abandona su cadáver
como fermento del poema
o cosecha de estilo.
Mi corazón...
como una paloma,
habita en tus palmas,
bebe de la vasija de tu pecho y los labios,
abraza tus senos en sus dedos
cual rosa cálida,
vuelve como niño
y dice a su juguete: te castigará Dios.
Vuelve, loco,
y sigue en pie.
Como dos pájaros
se pelean por un grano de trigo
caído de sus manos.
Como dos granadas
nacen de su ropa.
Teme el escándalo de su luz.
Dijo:
no tengo aquí –señalando a su bolsillo– más que mi lengua.
Corre y se huye la senda de sus pies.
El mar desmorona en sus manos.
Sus piernas se enclavan en una estrella.
El clavel llora su fracaso.
Se levanta y contempla,
se rompen las carcajadas
y se atreve a probar el azúcar de Dios.
El niño aquel
roba las semillas de su cabello
y lo esconde en sus letras.
El otero abandona el bosque
sin que se cierre el grifo del río en la pared
y se ahoga en el desesperado color.
A nadie dijo:
las rosas mueren de sed
y los caminos llevan sus pasos hacia el infinito.
O como
cuando el sueño se inclina ante el adarve,
juega contando sin parar.
Los pasos, los caminos y los árboles de su vecina.
Como dos higueras
…y como las palomas
donde anidan sobre la cuerda de sus pensamientos
huye Dios de su pecho.
Sus piernas duermen en el lecho de su astro
y despierta la ciudad.
Abre la ventana del café
y llega el ponto; pone su mano
[sobre el hombro del enrejado,
fuma las colillas que apagan los viandantes
y se sienta sonriente.
Y yo…
abro una ventana en mi tristeza y camino.
De noche, el portero cierra los ojos de las puertas
y devuelve el hijo del mar a sus hermanos;
arrastró una nube pasajera y los arrebujó.
El mar más chico agarró el vestido de su hermano;
el vigilante dio la vuelta,
el más chico dice: “la luz está por allí”.
Señaló una Luna en el agua –ojo de Dios–,
el vigilante terminó indeciso su turno
y podó su estupor.
Durmió el mar y sus hermanos
y en el vigilante se despertaron los instintos de la duda.
El molde está ya roto.
Reposas sobre un delantal sucio
con las manos cubiertas de barro.
Das la vuelta a las vasijas de tu creación.
Pero, ¿quién ha de limpiar el sudor sagrado
del rostro de Dios?
Gotea y ablanda la arcilla.
Gotea y la ablanda.
Moldea y le da forma:
deviene la mujer.
Y dijo Dios:
“dadme todas las alabanzas”.
Dijeron:
hemos oído a un joven de Dilmun
que regala sus sueños.
Cuando surge del breve límite
de la poesía
se sumerge en el reino de la contradicción.
Es joven.
Cada vez que siente la necesidad de dar a luz
se desliza bajo el manto de Dios
ardiente de oraciones.
Entra
en el secreto camino del poema
o en su paz.
Todo lo que no es dicho
es poesía.
Hoy compartimos dos poemas de la argentina María Meleck Vivanco (1921-2010) en los que se expresa su militancia antibélica y su profunda preocupación por la realidad convulsa de su tiempo.
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Escrito por Redacción