A casi un mes de guerra, Estados Unidos (EE. UU.) no ha logrado derrocar al gobierno de Irán ni adueñarse de sus riquezas; tampoco ha podido tomar el control del golfo Pérsico y del estratégico estrecho de Ormuz.
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Las recientes acciones intervencionistas del imperialismo estadounidense en Venezuela, que llevaron al secuestro del presidente Nicolás Maduro, han sido interpretadas según el interés político y socioeconómico de quienes las analizan. En México, muchos especialistas se han apresurado a aplaudir la medida y, por tal motivo, a respaldar las implicaciones de una acción de naturaleza violenta que vulnera el derecho internacional y que hace posible una intervención militar en territorio nacional. Me refiero a la derecha mexicana, que no recuerda lo que el gobierno de Estados Unidos (EE. UU.) efectuó en Chile en 1973: usó a Augusto Pinochet para establecer una dictadura militar; pero cuando les pareció incómodo, lo arrestaron en su domicilio y lo desecharon como un trapo que se usa y tira.
Otras reacciones más sensatas, en mi opinión, condenaron con energía la violación al derecho internacional, pues Nicolás Maduro fue electo presidente conforme a los principios constitucionales de Venezuela y, por este motivo, el gobierno de EE. UU. no puede convertirse en juez de la democracia y menos mientras apoya, con su política exterior y armamento, al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quien está cometiendo un genocidio en Gaza.
Es esperanzadora la movilización del pueblo venezolano para protestar y exigir que se les devuelva a su presidente, imputado falsamente de ser la cabeza del llamado Cártel de los Soles, a pesar de que la fiscal general, Pam Bondi, quien imputa a Maduro, presentó una “acusación revisada” en la que ya no se plantea al Cártel de los Soles como una organización criminal dedicada a comerciar drogas, sino como un “sistema de clientelismo y una cultura de corrupción entre militares y élites venezolanos” (www.eltiempo.com, siete de enero de 2026).
El exmandatario Hugo Chávez advirtió lo que hoy está ocurriendo en su país: EE. UU. “es la nación más agresora de la humanidad: se atrevieron a lanzar bombas atómicas sobre ciudades indefensas, ahí están Hiroshima y Nagasaki; han invadido Panamá, bombardearon y mataron a miles, quemaron un barrio entero para llevarse a Noriega, acusándolo de narcotraficante y allá está preso el que era presidente de Panamá… hay una operación diseñada en el pentágono que viene aproximándose, de varios años, alguien me lo dijo hace varios años: te van a terminar acusando a ti de narcotraficante, a ti directamente, a ti Chávez… te van a tratar de aplicar la fórmula Noriega… están buscando la manera de que se asocie a Chávez directamente con el narcotráfico y luego cualquier cosa es válida contra un narcotraficante que es presidente, ¿no es así?”.
Esta previsión es una clara muestra de los intereses pragmáticos detrás de las actitudes bélicas del imperio. No es la primera vez que se evidencian. Los mexicanos no podemos olvidar que en 1848 nos quitaron más de la mitad de nuestro territorio. Hoy, ese mismo imperio –que, como decía Fidel Castro, “no tiene amigos, sólo intereses”– nos amenaza por boca de Trump, quien abiertamente expresa no estar contento con lo que sucede en nuestro país porque aquí gobierna el narco, no Claudia Sheinbaum. Estas palabras representan la antesala de una intervención en México que fortalezca la posición imperial de EE. UU. frente a su derrota económica y política gradual y el fortalecimiento del Grupo de los BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.
Es por todo esto que no parece conveniente andarle echando vivas al secuestro ilegal de Maduro con la creencia de que con éste se abre paso la “democracia”. ¡Cuidado! Querer quedar bien con los estadounidenses para conseguir poder o algo parecido es muy peligroso, porque ¡lo que hoy le hacen a Maduro, se lo pueden a hacer a cualquiera! Y, además, porque es demasiado indigno actuar como un títere del imperialismo yanqui. La solución a los problemas de México no puede depender, de ninguna manera, de la intervención militar de EE. UU. Si los imperialistas gringos pretenden entrar a México, como se han metido en Venezuela, es para recomponer su condición geopolítica en el plano mundial, pues han perdido mucho terreno. Además, en la tierra de Simón Bolívar aún falta ver si el pueblo venezolano admitirá sin más la acción de Trump o dará una lucha permanente en defensa del chavismo y la Revolución Bolivariana.
En principio, la respuesta del presidente Maduro fue contundente cuando le preguntaron si era el ciudadano Nicolás Maduro: “Soy el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela y soy un prisionero de guerra”. En términos legales, asimismo, la defensa de Maduro buscará llevar el caso a la Corte Suprema de EE. UU. invocando el principio de la “inmunidad soberana” que brinda protección a un jefe de Estado, pues el gobierno estadounidense no tiene jurisdicción para juzgar a un mandatario capturado en el extranjero.
Los pueblos del mundo no deben equivocarse: no pueden estar de acuerdo con el secuestro del presidente Maduro ni permitir que otra nación se haga cargo de los problemas que no son de su incumbencia. Y, finalmente, sobre la base de la Doctrina Estrada, exigir el estricto apego al principio del derecho internacional de no intervención. Por ello fue ejemplar su voto cuando los gobiernos-títeres de EE. UU en otras naciones latinoamericanas sacaron a Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA). El único voto contra esa resolución fue el de México.
En el contexto geoeconómico, el control del petróleo de Venezuela sería una tablita de salvación para EE. UU., que sólo tiene reservas de crudo para los próximos seis años; y como los BRICS ya no usan dólar para intercambiar mercancías, entre ellas el petróleo, la debilidad del imperio queda más expuesta. Es por ello que Washington está efectuando acciones desesperadas, que únicamente el 33 por ciento de los estadounidenses aprueba porque presume o intuye que no tendrán un final feliz.
Estamos ante la sombra del imperialismo de EE. UU., que ha entrado en su fase de decadencia y nada de lo que realice detendrá su caída. Éste es el momento de los pueblos del mundo para construir una sociedad más justa y mejor para todos que no se base en el interés egoísta y el enriquecimiento de unos cuantos a costa de millones de seres. Se trata de edificar una sociedad en la que todos produzcan, pero en la que, al mismo tiempo, todos puedan disfrutar de la riqueza producida. Esa sociedad es la única esperanza que tiene la humanidad antes de que la oligarquía estadounidense, en su desesperación por ya no controlar gran parte del mundo, lance sus bombas atómicas y extermine a los pueblos inocentes que buscan el progreso de la humanidad sin tener que humillarse y someterse a los designios del imperio.
A casi un mes de guerra, Estados Unidos (EE. UU.) no ha logrado derrocar al gobierno de Irán ni adueñarse de sus riquezas; tampoco ha podido tomar el control del golfo Pérsico y del estratégico estrecho de Ormuz.
Aunque en nuestro país y en el mundo la historia sigue y hay graves problemas, ante los acontecimientos en el Medio Oriente que pueden decidir el destino de la humanidad entera es muy difícil mirar hacia otra parte y hacer comentarios.
Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana” Engels.
Para entender qué quiere China en el mundo no basta conocer su política exterior, pues ésta se amolda a las coyunturas del sistema internacional conforme éstas cambian. Es necesario conocer la Gran Estrategia del país.
Va a iniciar la quinta semana de ataques de Estados Unidos (EE. UU.) y su socio Israel a la República Islámica de Irán y el conflicto está empedernido.
El pueblo de Quicayán, perteneciente al municipio de Tecomatlán, es un enclave pequeño en los márgenes de los ríos Acateco y Mixteco.
En este momento no suena exagerado decir que en el curso de su historia la humanidad presencia una ruptura estructural que desde hace al menos cinco décadas se anunciaba.
La economía mexicana no crece. O más exactamente, “crece” de manera insignificante y preocupante.
En su obra Dialéctica de lo concreto, Karel Kosík revela que el mundo puede construirse a partir del pensamiento común, la práctica utilitaria y la “fijidez” de las formas.
Las guerras no sólo se libran con misiles o tanques; también se libran en el plano económico y a costa del bolsillo de los más pobres del mundo.
La ideología dominante promueve la falsa creencia de que las guerras obedecen a causas subjetivas: ideológicas, religiosas o a desarreglos mentales de sus promotores.
“La espantosa guerra actual (sería) sólo el anuncio de nuevos conflictos internacionales todavía más mortíferos y (conduciría) en todos los países a nuevos triunfos de los señores de la espada, de la tierra y del capital”.
La XXII Espartaqueada Deportiva Nacional, celebrada en Tecomatlán, Puebla, no ha sido una simple competencia atlética de alto rendimiento, sino un auténtico derroche de energía, buena disposición, espíritu competitivo, euforia y convocatoria de las juventudes antorchistas.
Recientemente fue aprobada una iniciativa que modifica el Artículo 123 constitucional, relacionado con los derechos laborales, impulsada por el gobierno en turno con el respaldo de representantes sindicales, patronales y de grupos de la sociedad, según reportes periodísticos.
Entre los numerosos textos del siglo XIX que seconcibieron como instrumentos para la emancipación del proletariado, ninguno alcanzó un grado de legitimidad comparable al de la obra de Karl Marx.
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Escrito por Brasil Acosta Peña
Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.